A través de la disciplina, se alcanza la libertad.

— Aristóteles

Muchos grandes escritores, en algún punto, dedicaron algunas palabras al acto de escribir (Faulkner, Poe, Hemingway y Nietzsche se encuentran entre ellos). En 1932, mientras escribía Trópico de cáncer (la novela que se considera su obra cúspide), Henry Miller planeó y registró una rutina creativa que dividía las actividades de su día en horarios, además de plasmar algunas de sus reglas al momento de escribir una obra de ficción literaria.

En ambas listas, es posible encontrarse con algo que Miller llamó  el “Programa”, término que hace referencia justamente a esto: una planeación previa de qué capítulos o secciones del libro se escribirían en qué momento, algo que refleja un profundo orden en la cabeza del escritor y que, de manera implícita, recomienda esa organización al momento de escribir una obra larga como lo es una novela. Ese orden no solamente se plantea como una calendarización estricta de trabajo (de hecho, Miller se muestra flexible al respecto), sino que también lleva implícita un orden mental al momento en que, por ejemplo, recomienda dedicarse a un solo libro a la vez hasta que esté terminado, o invita a dejar a un lado los libros que quieres escribir, para dedicarse exclusivamente a aquel que se está escribiendo.

Además, lo mandamientos de Miller —que pueden encontrarse en la fabulosa antología de sus textos de sobre la escritura Henry Miller on Writing (1964)— rinden un tributo a una de las características más importantes que debiera tener un escritor (según él y muchos otros dedicados a la escritura), la disciplina. El mero acto de escribir todos los días, aun cuando las musas no han visitado al creador, es un acto que incita la inspiración y ejercita las capacidades expresivas de la palabra al máximo.

Es curioso que esta breve guía surgió de manera paralela al desarrollo de lo que sería la obra más reconocida de Miller, y el hecho habla de que sus recomendaciones nacieron de un conocimiento profundo y cotidiano de la vida de un novelista. “Escribir, como la vida misma, es un viaje de descubrimiento. Es una aventura metafísica: una forma de acercarse a la vida de forma indirecta, de adquirir una mirada total en vez de parcial del universo. El escritor vive entre las palabras más altas y más bajas: toma el camino con el objetivo de convertirse en el camino mismo”, escribió Miller y su camino, que por cierto estuvo lleno de aciertos creativos, puede intuirse a través de estas dos simples listas:

  1. Trabaja cada vez en un solo proyecto, hasta que lo termines.
  2. No empieces más libros, ni añadas nuevo material a los trabajos que ya hayas finalizado.
  3. No te pongas nervioso. Trabaja con calma, feliz, despreocupadamente en el proyecto que tengas entre tus manos.
  4. Trabaja guiándote por un Programa y no por tu estado de ánimo. ¡Deja de escribir a la hora a la que hayas planeado dejar de hacerlo!
  5. Cuando no puedes crear, aún puedes trabajar.
  6. Cementa un poco cada día, en lugar de echar más fertilizante.
  7. ¡Sigue siendo humano! Queda con gente, ve a sitios, tómate una copa si te apetece.
  8. No te limites a ser un caballo de carga. Trabaja por placer.
  9. Sáltate el Programa cuando necesites hacerlo, pero vuelve a él el día siguiente sin falta.
  10. Olvídate de los libros que quieres escribir. Piensa sólo en el libro que estás escribiendo en este momento.
  11. Que lo primero sea la escritura. Dibujar, la música, los amigos, el cine… dedícate a todo eso sólo después de haber escrito.

En una sección titulada “Programa diario”, Miller apuntó los elementos de su rutina diaria:

MAÑANAS:

Si te sientes dudoso, haz notas y dales un lugar dentro del texto, a manera de estímulo.

Si estás en buenas condiciones, escribe.

TARDES:

Trabaja en la sección planeada, siguiendo tu plan de secciones escrupulosamente. Sin intromisiones, sin distracciones. Escribe para terminar una sección a la vez, de una vez por todas.

NOCHES:

Ver amigos. Leer en los cafés.

Explora lugares que no te son familiares — a pie si el suelo está mojado, en bicicleta si estás seco.

Escribe, si estás de humor, pero sólo en el Programa menor.

Pinta si te sientes vacío o cansado.

Haz notas. Haz gráficas, planos. Haz correcciones.

Nota: Destina tiempo de tu día, cuando aún el sol está fuera, para hacer visitas a museos, dibujos o viajes en bicicleta ocasionales. Dibuja en los cafés, los trenes y las calles. ¡No vayas tanto al cine! Visita la biblioteca para buscar referencias una vez a la semana.

 

 

 

Imagen: Library of Congress

A través de la disciplina, se alcanza la libertad.

— Aristóteles

Muchos grandes escritores, en algún punto, dedicaron algunas palabras al acto de escribir (Faulkner, Poe, Hemingway y Nietzsche se encuentran entre ellos). En 1932, mientras escribía Trópico de cáncer (la novela que se considera su obra cúspide), Henry Miller planeó y registró una rutina creativa que dividía las actividades de su día en horarios, además de plasmar algunas de sus reglas al momento de escribir una obra de ficción literaria.

En ambas listas, es posible encontrarse con algo que Miller llamó  el “Programa”, término que hace referencia justamente a esto: una planeación previa de qué capítulos o secciones del libro se escribirían en qué momento, algo que refleja un profundo orden en la cabeza del escritor y que, de manera implícita, recomienda esa organización al momento de escribir una obra larga como lo es una novela. Ese orden no solamente se plantea como una calendarización estricta de trabajo (de hecho, Miller se muestra flexible al respecto), sino que también lleva implícita un orden mental al momento en que, por ejemplo, recomienda dedicarse a un solo libro a la vez hasta que esté terminado, o invita a dejar a un lado los libros que quieres escribir, para dedicarse exclusivamente a aquel que se está escribiendo.

Además, lo mandamientos de Miller —que pueden encontrarse en la fabulosa antología de sus textos de sobre la escritura Henry Miller on Writing (1964)— rinden un tributo a una de las características más importantes que debiera tener un escritor (según él y muchos otros dedicados a la escritura), la disciplina. El mero acto de escribir todos los días, aun cuando las musas no han visitado al creador, es un acto que incita la inspiración y ejercita las capacidades expresivas de la palabra al máximo.

Es curioso que esta breve guía surgió de manera paralela al desarrollo de lo que sería la obra más reconocida de Miller, y el hecho habla de que sus recomendaciones nacieron de un conocimiento profundo y cotidiano de la vida de un novelista. “Escribir, como la vida misma, es un viaje de descubrimiento. Es una aventura metafísica: una forma de acercarse a la vida de forma indirecta, de adquirir una mirada total en vez de parcial del universo. El escritor vive entre las palabras más altas y más bajas: toma el camino con el objetivo de convertirse en el camino mismo”, escribió Miller y su camino, que por cierto estuvo lleno de aciertos creativos, puede intuirse a través de estas dos simples listas:

  1. Trabaja cada vez en un solo proyecto, hasta que lo termines.
  2. No empieces más libros, ni añadas nuevo material a los trabajos que ya hayas finalizado.
  3. No te pongas nervioso. Trabaja con calma, feliz, despreocupadamente en el proyecto que tengas entre tus manos.
  4. Trabaja guiándote por un Programa y no por tu estado de ánimo. ¡Deja de escribir a la hora a la que hayas planeado dejar de hacerlo!
  5. Cuando no puedes crear, aún puedes trabajar.
  6. Cementa un poco cada día, en lugar de echar más fertilizante.
  7. ¡Sigue siendo humano! Queda con gente, ve a sitios, tómate una copa si te apetece.
  8. No te limites a ser un caballo de carga. Trabaja por placer.
  9. Sáltate el Programa cuando necesites hacerlo, pero vuelve a él el día siguiente sin falta.
  10. Olvídate de los libros que quieres escribir. Piensa sólo en el libro que estás escribiendo en este momento.
  11. Que lo primero sea la escritura. Dibujar, la música, los amigos, el cine… dedícate a todo eso sólo después de haber escrito.

En una sección titulada “Programa diario”, Miller apuntó los elementos de su rutina diaria:

MAÑANAS:

Si te sientes dudoso, haz notas y dales un lugar dentro del texto, a manera de estímulo.

Si estás en buenas condiciones, escribe.

TARDES:

Trabaja en la sección planeada, siguiendo tu plan de secciones escrupulosamente. Sin intromisiones, sin distracciones. Escribe para terminar una sección a la vez, de una vez por todas.

NOCHES:

Ver amigos. Leer en los cafés.

Explora lugares que no te son familiares — a pie si el suelo está mojado, en bicicleta si estás seco.

Escribe, si estás de humor, pero sólo en el Programa menor.

Pinta si te sientes vacío o cansado.

Haz notas. Haz gráficas, planos. Haz correcciones.

Nota: Destina tiempo de tu día, cuando aún el sol está fuera, para hacer visitas a museos, dibujos o viajes en bicicleta ocasionales. Dibuja en los cafés, los trenes y las calles. ¡No vayas tanto al cine! Visita la biblioteca para buscar referencias una vez a la semana.

 

 

 

Imagen: Library of Congress