Entre las varias vertientes que depara el ajedrez, los problemas se encuentran entre una de las formas más asequibles para acercarse, entrenarse y entretenerse en este juego. Quizá, incluso, tienen un lugar más privilegiado en la esencia de este juego que las mismas soluciones.

En el caso del ajedrez, los problemas que pueden plantearse guardan cierta semejanza con esos experimentos mentales que nos hacen imaginar, por ejemplo, qué haríamos si naufragásemos en una isla desierta, o qué decisiones tomaríamos si mañana descubriéramos que la especie humana se ha extinguido con excepción de uno de nosotros. Para el jugador de ajedrez los problemas son escenarios así, in media res, a veces incluso improbables. Por esta razón no parece casual que artistas e intelectuales hayan desarrollado el gusto por el ajedrez y sus problemas. Como es sabido, de éstos uno de los más destacados fue Vladimir Nabokov, el gran escritor ruso que durante casi toda su vida combinó su vida literaria con este juego. Además de una novela al respecto, La defensa, Nabokov publicó también un libro dedicado casi exclusivamente a problemas de ajedrez ideados por él mismo.

La obra lleva por título Poems and Problems, y apareció originalmente en 1969. Además de 53 composiciones poéticas (39 poemas escritos en ruso y traducidos por Nabokov al inglés, y 14 escritos ya en este último idioma), incluyó también 18 enigmas ajedrecísticos que además del desafío intelectual, tienen como característica distintiva cierto aire estético que, por cierto, los vuelve piezas únicas.

Para muestra, este planteamiento, el último de los publicados:

 1

El tablero es atractivo ya desde la disposición de las piezas, la cual está marcada por la simetría y, cabe decir, la elegancia. Por la solución ofrecida (que compartimos al final de la nota), el problema es también una especie de relato breve, una ficción que no por instantánea es menos efectiva al momento de situarnos en la pequeña historia que cuenta.

En el mundo del ajedrez las posibilidades son casi infinitas, por lo que un escenario como el planteado, aunque improbable, es factible. Pasa a veces, como en el mundo, que la estética asalta nuestras acciones cotidianas, y de pronto lo rutinario es algo artístico. Por eso también el ajedrez es tan atractivo, porque en cierta forma es un territorio propicio para esas sorpresas.

Nabokov, que siempre fue una especie de augur de lo bello y lo sublime, también encontró esto en la combinatoria impredecible del ajedrez:

Los problemas de ajedrez demandan de su artífice las mismas virtudes que caracterizan todo el arte que vale la pena: originalidad, invención, concisión, armonía, complejidad y una espléndida falta de sinceridad.

La solución de Nabokov al problema planteado:

El peón blanco de d7 había capturado un caballo negro en c8, promocionando a torre. Ahora las blancas retiran esa jugada y capturan la torre negra de e8, promocionando a caballo, que da mate.

Hay algo suavemente mágico en la transformación retrospectiva de la torre blanca en un caballo negro y de la torre negra en un caballo blanco, conservando sin embargo la simetría (y el dominio de la casilla c7 por parte de las blancas).

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Entre las varias vertientes que depara el ajedrez, los problemas se encuentran entre una de las formas más asequibles para acercarse, entrenarse y entretenerse en este juego. Quizá, incluso, tienen un lugar más privilegiado en la esencia de este juego que las mismas soluciones.

En el caso del ajedrez, los problemas que pueden plantearse guardan cierta semejanza con esos experimentos mentales que nos hacen imaginar, por ejemplo, qué haríamos si naufragásemos en una isla desierta, o qué decisiones tomaríamos si mañana descubriéramos que la especie humana se ha extinguido con excepción de uno de nosotros. Para el jugador de ajedrez los problemas son escenarios así, in media res, a veces incluso improbables. Por esta razón no parece casual que artistas e intelectuales hayan desarrollado el gusto por el ajedrez y sus problemas. Como es sabido, de éstos uno de los más destacados fue Vladimir Nabokov, el gran escritor ruso que durante casi toda su vida combinó su vida literaria con este juego. Además de una novela al respecto, La defensa, Nabokov publicó también un libro dedicado casi exclusivamente a problemas de ajedrez ideados por él mismo.

La obra lleva por título Poems and Problems, y apareció originalmente en 1969. Además de 53 composiciones poéticas (39 poemas escritos en ruso y traducidos por Nabokov al inglés, y 14 escritos ya en este último idioma), incluyó también 18 enigmas ajedrecísticos que además del desafío intelectual, tienen como característica distintiva cierto aire estético que, por cierto, los vuelve piezas únicas.

Para muestra, este planteamiento, el último de los publicados:

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El tablero es atractivo ya desde la disposición de las piezas, la cual está marcada por la simetría y, cabe decir, la elegancia. Por la solución ofrecida (que compartimos al final de la nota), el problema es también una especie de relato breve, una ficción que no por instantánea es menos efectiva al momento de situarnos en la pequeña historia que cuenta.

En el mundo del ajedrez las posibilidades son casi infinitas, por lo que un escenario como el planteado, aunque improbable, es factible. Pasa a veces, como en el mundo, que la estética asalta nuestras acciones cotidianas, y de pronto lo rutinario es algo artístico. Por eso también el ajedrez es tan atractivo, porque en cierta forma es un territorio propicio para esas sorpresas.

Nabokov, que siempre fue una especie de augur de lo bello y lo sublime, también encontró esto en la combinatoria impredecible del ajedrez:

Los problemas de ajedrez demandan de su artífice las mismas virtudes que caracterizan todo el arte que vale la pena: originalidad, invención, concisión, armonía, complejidad y una espléndida falta de sinceridad.

La solución de Nabokov al problema planteado:

El peón blanco de d7 había capturado un caballo negro en c8, promocionando a torre. Ahora las blancas retiran esa jugada y capturan la torre negra de e8, promocionando a caballo, que da mate.

Hay algo suavemente mágico en la transformación retrospectiva de la torre blanca en un caballo negro y de la torre negra en un caballo blanco, conservando sin embargo la simetría (y el dominio de la casilla c7 por parte de las blancas).

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