Desde épocas remotas, el paganismo y la filosofía esotérica han sostenido la existencia de seres elementales que coexisten con nosotros en planos astrales o en una superposición dimensional, que sólo son perceptibles para ciertas personas, generalmente niños, chamanes o iniciados.

Paracelso, el gran alquimista suizo, uno de los padres de la medicina moderna, clasificó a estos seres según cada elemento de la Tierra (el cuatro parece ser el patrón estructural del orden natural): los nomos (tierra), las ondinas (agua), las salamandras (fuego) y la sílfides (aire). El número del hombre es el 5, y en el interviene ya el quinto elemento que generalmente se asigna al éter (como sustancia psíquica que extiende la evolución telúrica y material).

Esta clasificación de seres elementales para algunos puede tomarse literalmente, en el sentido de que abundan las leyendas de encuentros con seres elementales que suelen tener una relación intrínseca con la Madre Tierra o la Diosa Madre, casi como guardianes o depositarios de sus secretos. Así estos encuentros, en tradiciones como la celta, son generalmente vistos como auspiciosos, aunque pueden llegar a tener desenlaces tortuosos en la medida en la que interviene la ambición. Paralelamente nos sugieren una cartografía simbólica de los procesos y energías de la naturaleza que establecen un orden o una armonía en las relaciones entre los diferentes elementos y los diferentes reinos –un poco de la misma forma que la astrología puede entenderse más que como un mapa del destino, como un mapa simbólico de los arquetipos fundacionales o de los patrones rectores.

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En su libro “Mermaids, Sylphs, Gnomes & Salamanders: Dialogs with the Kings and Queens of Nature”, William R. Mistele nos introduce a estos míticos seres contextualizando su simbología, para establecer un esquema de relaciones psicoconductuales.

Los nomos, los seres más estrechamente vinculados con la tierra, encarnan el deseo de trabajar la materia física, transformando el mundo para que las cosas tengan un valor duradero. Son los bastiones, el ahínco, el sostén, el calor de la casa. Por momentos toscos en su fidelidad, pero siempre valientes.

Las sirenas –u ondinas–, los espíritus del agua, incrementan la capacidad de sentir y acceder al amor –el agua es el medio por excelencia para transmitir y amplificar. Son seres de una refinada sensualidad, conectados con los sueños y con un aspecto lúdico de la naturaleza (la seducción, la alegría erótica, el ocultamiento).

Las sílfides, los seres o espíritus del aire, son altivas expresiones de la palabra, de la energía ascendente; sublimes, invisibles, livianas. Son seres de gran belleza y armonía, física e intelectual, generalmente dominando las artes. La claridad, la transparencia, el desapego son algunas de sus cualidades.

Las salamandras, manifestaciones del fuego, son la expresión de la voluntad, el poder, la intensidad, el ardor (espiritual y erótico). Su naturaleza incendiaria las puede hacer volátiles y peligrosas para quien interactúa con ellas—si no tiene un aspecto de tierra.

Ya sea que veamos a estos seres solamente como símbolos de la estructura de la naturaleza o como seres sutiles con los cuales podemos formar relaciones puntuales, de cualquier forma esta clasificación nos permite estructurar las diferentes energías y patrones de la naturaleza. Cada cosa es el resultado del concurso de estos elementos –en equilibrio o desequilibrio, la danza de los complementos—y en cada cosa y en cada relación podemos obtener un poco de fuego, agua, tierra, aire, según nos falte. Este entendimiento nos acerca a una visión de la naturaleza como una compleja entidad que se expresa en múltiples formas, pero que mantiene un orden y un lenguaje secreto –que, de acceder a él, promete entregarnos un tesoro (las joyas que guardan los seres elementales).

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Desde épocas remotas, el paganismo y la filosofía esotérica han sostenido la existencia de seres elementales que coexisten con nosotros en planos astrales o en una superposición dimensional, que sólo son perceptibles para ciertas personas, generalmente niños, chamanes o iniciados.

Paracelso, el gran alquimista suizo, uno de los padres de la medicina moderna, clasificó a estos seres según cada elemento de la Tierra (el cuatro parece ser el patrón estructural del orden natural): los nomos (tierra), las ondinas (agua), las salamandras (fuego) y la sílfides (aire). El número del hombre es el 5, y en el interviene ya el quinto elemento que generalmente se asigna al éter (como sustancia psíquica que extiende la evolución telúrica y material).

Esta clasificación de seres elementales para algunos puede tomarse literalmente, en el sentido de que abundan las leyendas de encuentros con seres elementales que suelen tener una relación intrínseca con la Madre Tierra o la Diosa Madre, casi como guardianes o depositarios de sus secretos. Así estos encuentros, en tradiciones como la celta, son generalmente vistos como auspiciosos, aunque pueden llegar a tener desenlaces tortuosos en la medida en la que interviene la ambición. Paralelamente nos sugieren una cartografía simbólica de los procesos y energías de la naturaleza que establecen un orden o una armonía en las relaciones entre los diferentes elementos y los diferentes reinos –un poco de la misma forma que la astrología puede entenderse más que como un mapa del destino, como un mapa simbólico de los arquetipos fundacionales o de los patrones rectores.

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En su libro “Mermaids, Sylphs, Gnomes & Salamanders: Dialogs with the Kings and Queens of Nature”, William R. Mistele nos introduce a estos míticos seres contextualizando su simbología, para establecer un esquema de relaciones psicoconductuales.

Los nomos, los seres más estrechamente vinculados con la tierra, encarnan el deseo de trabajar la materia física, transformando el mundo para que las cosas tengan un valor duradero. Son los bastiones, el ahínco, el sostén, el calor de la casa. Por momentos toscos en su fidelidad, pero siempre valientes.

Las sirenas –u ondinas–, los espíritus del agua, incrementan la capacidad de sentir y acceder al amor –el agua es el medio por excelencia para transmitir y amplificar. Son seres de una refinada sensualidad, conectados con los sueños y con un aspecto lúdico de la naturaleza (la seducción, la alegría erótica, el ocultamiento).

Las sílfides, los seres o espíritus del aire, son altivas expresiones de la palabra, de la energía ascendente; sublimes, invisibles, livianas. Son seres de gran belleza y armonía, física e intelectual, generalmente dominando las artes. La claridad, la transparencia, el desapego son algunas de sus cualidades.

Las salamandras, manifestaciones del fuego, son la expresión de la voluntad, el poder, la intensidad, el ardor (espiritual y erótico). Su naturaleza incendiaria las puede hacer volátiles y peligrosas para quien interactúa con ellas—si no tiene un aspecto de tierra.

Ya sea que veamos a estos seres solamente como símbolos de la estructura de la naturaleza o como seres sutiles con los cuales podemos formar relaciones puntuales, de cualquier forma esta clasificación nos permite estructurar las diferentes energías y patrones de la naturaleza. Cada cosa es el resultado del concurso de estos elementos –en equilibrio o desequilibrio, la danza de los complementos—y en cada cosa y en cada relación podemos obtener un poco de fuego, agua, tierra, aire, según nos falte. Este entendimiento nos acerca a una visión de la naturaleza como una compleja entidad que se expresa en múltiples formas, pero que mantiene un orden y un lenguaje secreto –que, de acceder a él, promete entregarnos un tesoro (las joyas que guardan los seres elementales).

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