Es muy común que el instinto nos conduzca a prácticas que más tarde la ciencia confirma como beneficiosas para la salud. Los parques, en las ciudades, se llenan cada mañana de hombres y mujeres que ocupan el espacio verde con actividades físicas de diversa índole. Aunque sea solo para pasear, el entorno natural nos provee inmediatamente de una cierta calma que decididamente no encontramos en el entorno urbano. Calzamos suelas de goma, transitamos suelos de asfalto y cemento y dormimos sobre colchones de espuma o látex. El paseo en el parque, recurrente en toda persona liberada temporalmente de sus ocupaciones laborales, obedece a una instintiva búsqueda de esa parte faltante en nuestras vidas, es decir, el contacto directo con los elementos naturales. Pero el bienestar experimentado al apoyarse contra un árbol o al tenderse sobre la hierba no solo es un hecho comprobado por todos nosotros, sino que además posee una explicación científica precisa.

Livio Vinardi, científico y profesor universitario, fue el creador de la teoría de la Biopsicoenergética. Influenciado por la teoría del Cuarto Camino del ruso Georges Gurdjieff, que propugnaba la existencia en el hombre de tres centros fundamentales: el físico, el emocional y el intelectual (a los cuales se debe dotar de equilibrio si se quiere conseguir una salud estable), Vinardi desarrolló su propia teoría.

Tras treinta años ejerciendo la docencia en su país natal, Argentina, Vinardi se trasladó a los Estados Unidos en 1980 para dirigir, en la Universidad Estatal de San Francisco (California), el Proyecto de Medición del Potencial Bioplásmico. ¿Y de qué se trataba? Pues de medir y evaluar lo que comúnmente y bajo un halo de misticismo conocemos como aura. Mediante equipos electromagnéticos diseñados por el mismo, constató que, efectivamente, el cuerpo o soma, estaba penetrado por otro cuerpo energético al que se llamó campo bioplásmico. Sí, se puede decir que Vinardi había constatado científicamente la realidad del aura.

En base a diferentes experimentos realizados con voluntarios, Vinardi pudo dedicarse al estudio del bioplasma o campo de energía para medir y registrar los cambios experimentados en éste de acuerdo a alteraciones en las condiciones del sujeto. Una de las mayores sorpresas para el equipo fue comprobar que en la estructura del bioplasma se encontraban determinados focos energéticos que una vez estudiados revelaron una similitud extraordinaria con los chakras propuestos por el hinduismo. Mediante diferentes experimentos se logró obtener una imagen topográfica del campo energético y hasta se identificó la forma de esos focos de energía, también llamados plexos o vórtices, que según los resultados obedecen a una forma cónica y registran una continua rotación (lo cual también encaja con la definición hindú de chakra, del sánscrito “rueda”)

De este modo, siguiendo el método científico y registrando cada uno de sus experimentos, Vinardi pudo sistematizar su teoría acerca del intercambio energético entre el hombre y su entorno. El cuerpo bioplásmico del hombre – o cuerpo sutil- realiza constantemente un intercambio con su medio, alimentándose de diversas fuentes energéticas que determinan la calidad de su propia energía.

Al igual que poseemos un aparato digestivo y un aparato respiratorio, nuestros plexos energéticos procesan la energía proveniente del exterior para facilitar nuestra vida. Pero también al igual que la nutrición y la respiración, la radiación asimilada a través de los plexos genera un residuo que debe ser eliminado, y el retener estos remanentes energéticos provoca malestares, dando lugar a lo que Vinardi denominó bloqueos.

¿Cómo deshacer estos bloqueos? Pues bien, nada más sencillo que tomar contacto con el entorno natural. Los árboles y plantas poseen la extraordinaria capacidad de servir, por decirlo de alguna manera, como contenedor de nuestros excesos energéticos. En contacto con una planta encontramos la vía necesaria para deshacerse de esos excesos que los obstruyen.

Claro está que si vivimos en un entorno urbano y, como decíamos al principio, desarrollamos nuestra vida en completo aislamiento del entorno natural, difícilmente se producirá ese intercambio energético necesario para que nuestro cuerpo físico y nuestro cuerpo bioplásmico funcionen en equilibrio. Vinardi es claro: contacto con árboles y plantas facilita que esos residuos acumulados se descarguen, permitiendo la asimilación de una energía limpia –y por lo tanto sanadora–.

Ahora, cada vez que vayamos a un parque, entenderemos que en nuestra conducta subyace algo más que la necesidad de mero esparcimiento, y quizás ya no nos parezca tan extraño ese llamado nato a abrazarnos a un árbol o  tumbarnos en la hierba a torso desnudo. Por otro lado, rodearnos de plantas en casa o en la oficina puede ser una buena manera de favorecer la Biopsicoenergética.

Es muy común que el instinto nos conduzca a prácticas que más tarde la ciencia confirma como beneficiosas para la salud. Los parques, en las ciudades, se llenan cada mañana de hombres y mujeres que ocupan el espacio verde con actividades físicas de diversa índole. Aunque sea solo para pasear, el entorno natural nos provee inmediatamente de una cierta calma que decididamente no encontramos en el entorno urbano. Calzamos suelas de goma, transitamos suelos de asfalto y cemento y dormimos sobre colchones de espuma o látex. El paseo en el parque, recurrente en toda persona liberada temporalmente de sus ocupaciones laborales, obedece a una instintiva búsqueda de esa parte faltante en nuestras vidas, es decir, el contacto directo con los elementos naturales. Pero el bienestar experimentado al apoyarse contra un árbol o al tenderse sobre la hierba no solo es un hecho comprobado por todos nosotros, sino que además posee una explicación científica precisa.

Livio Vinardi, científico y profesor universitario, fue el creador de la teoría de la Biopsicoenergética. Influenciado por la teoría del Cuarto Camino del ruso Georges Gurdjieff, que propugnaba la existencia en el hombre de tres centros fundamentales: el físico, el emocional y el intelectual (a los cuales se debe dotar de equilibrio si se quiere conseguir una salud estable), Vinardi desarrolló su propia teoría.

Tras treinta años ejerciendo la docencia en su país natal, Argentina, Vinardi se trasladó a los Estados Unidos en 1980 para dirigir, en la Universidad Estatal de San Francisco (California), el Proyecto de Medición del Potencial Bioplásmico. ¿Y de qué se trataba? Pues de medir y evaluar lo que comúnmente y bajo un halo de misticismo conocemos como aura. Mediante equipos electromagnéticos diseñados por el mismo, constató que, efectivamente, el cuerpo o soma, estaba penetrado por otro cuerpo energético al que se llamó campo bioplásmico. Sí, se puede decir que Vinardi había constatado científicamente la realidad del aura.

En base a diferentes experimentos realizados con voluntarios, Vinardi pudo dedicarse al estudio del bioplasma o campo de energía para medir y registrar los cambios experimentados en éste de acuerdo a alteraciones en las condiciones del sujeto. Una de las mayores sorpresas para el equipo fue comprobar que en la estructura del bioplasma se encontraban determinados focos energéticos que una vez estudiados revelaron una similitud extraordinaria con los chakras propuestos por el hinduismo. Mediante diferentes experimentos se logró obtener una imagen topográfica del campo energético y hasta se identificó la forma de esos focos de energía, también llamados plexos o vórtices, que según los resultados obedecen a una forma cónica y registran una continua rotación (lo cual también encaja con la definición hindú de chakra, del sánscrito “rueda”)

De este modo, siguiendo el método científico y registrando cada uno de sus experimentos, Vinardi pudo sistematizar su teoría acerca del intercambio energético entre el hombre y su entorno. El cuerpo bioplásmico del hombre – o cuerpo sutil- realiza constantemente un intercambio con su medio, alimentándose de diversas fuentes energéticas que determinan la calidad de su propia energía.

Al igual que poseemos un aparato digestivo y un aparato respiratorio, nuestros plexos energéticos procesan la energía proveniente del exterior para facilitar nuestra vida. Pero también al igual que la nutrición y la respiración, la radiación asimilada a través de los plexos genera un residuo que debe ser eliminado, y el retener estos remanentes energéticos provoca malestares, dando lugar a lo que Vinardi denominó bloqueos.

¿Cómo deshacer estos bloqueos? Pues bien, nada más sencillo que tomar contacto con el entorno natural. Los árboles y plantas poseen la extraordinaria capacidad de servir, por decirlo de alguna manera, como contenedor de nuestros excesos energéticos. En contacto con una planta encontramos la vía necesaria para deshacerse de esos excesos que los obstruyen.

Claro está que si vivimos en un entorno urbano y, como decíamos al principio, desarrollamos nuestra vida en completo aislamiento del entorno natural, difícilmente se producirá ese intercambio energético necesario para que nuestro cuerpo físico y nuestro cuerpo bioplásmico funcionen en equilibrio. Vinardi es claro: contacto con árboles y plantas facilita que esos residuos acumulados se descarguen, permitiendo la asimilación de una energía limpia –y por lo tanto sanadora–.

Ahora, cada vez que vayamos a un parque, entenderemos que en nuestra conducta subyace algo más que la necesidad de mero esparcimiento, y quizás ya no nos parezca tan extraño ese llamado nato a abrazarnos a un árbol o  tumbarnos en la hierba a torso desnudo. Por otro lado, rodearnos de plantas en casa o en la oficina puede ser una buena manera de favorecer la Biopsicoenergética.

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