En la época victoriana la sexualidad fue tremendamente reprimida. Como resultado, lo que se sabía sobre el sexo era poco e impreciso, incluso cómico. Entonces existían diversos manuales y libros de consejos que, más que orientar al lector, lo llevaban a un desconocimiento total y a una negación de la propia naturaleza humana.

Se creía, por ejemplo, que el acto sexual debía realizarse en completa oscuridad y que, al terminar, la mujer debía evitar hablar, toser o estornudar, pues esto impediría la concepción. Además, según algunos manuales, si alguien tenía sexo sin estar enamorado de su pareja, el producto sería un bebé extremadamente feo.

La masturbación, considerada negativa y acusada de “vicio solitario”, se pensaba como una actividad que, realizada en exceso, podía hacer que una persona se volviera loca e impotente; también se creía que alguien que se masturbaba a menudo durante el desarrollo podía disminuir su estatura y afectar el crecimiento de sus órganos. Por estas razones, la masturbación se intentaba evitar de diferentes formas como, por ejemplo, comiendo alimentos poco condimentados y evitando consumir mostaza, pimienta, cerveza, vino y fumar tabaco. Otra forma de evitarlo era propiciar la actividad física de niños y adolescentes, esto los cansaría lo suficiente y no tendrían energía para esta actividad.

Con respecto a la concepción, se creía que montar a caballo en un camino irregular un día después del acto sexual ayudaría a evitar un embarazo; bailar después del acto sexual tendría el mismo efecto. Las bebidas espirituosas que provocan sed también eran un remedio conocido para evitar un embarazo. Además, se creía que los patrones del viento —su dirección o intensidad— durante la concepción podían afectar el temperamento del bebé.

El reconocido fisiólogo francés, Eugene Becklard, sostenía que el cuello del útero era muy estrecho y tenía que succionar el semen para que la mujer quedara embarazada. Por esta razón, el médico aseguraba que una mujer no podía concebir como producto de una violación. Además, Becklard aseguraba que el bebé nacería con las características físicas de quien tuviera el orgasmo más intenso durante su concepción. Para otros expertos, era muy importante no concebir a un bebé en una escalera, pues éste nacería con la espalda torcida.

En algunos manuales de la época encontramos que los fisiólogos aconsejaban a las esposas negarse a tener sexo lo más posible, de otra forma el matrimonio se convertiría en un estado de lujuria y, por lo tanto, inmoralidad. Además, las mujeres debían evitar ser coquetas, pues esto sólo llevaría a sus esposos a visitar burdeles. Sin embargo, se les permitía negarse a tener sexo si no lograban que sus esposos tuvieran un orgasmo al mismo tiempo que ellas. Para esto, se les recomendaba fingir estar enfermas, tener dolor de cabeza o estar cansadas. ¿Suena familiar?

Los roles de género de la época y los malos entendidos producto de la sabiduría popular y los consejos de los “expertos” tornaban la sexualidad humana en una actividad profundamente acotada y reprimida. No es una coincidencia que ésta fuera una época que gustaba profundamente de la pornografía, por ejemplo. Afortunadamente, el conocimiento científico que hoy tenemos sobre el sexo ha cambiado la manera en que vemos esta parte de la vida humana. Y en todo caso, la historia parece haber ya demostrado que el tabú es el alimento predilecto de la perversión.

En la época victoriana la sexualidad fue tremendamente reprimida. Como resultado, lo que se sabía sobre el sexo era poco e impreciso, incluso cómico. Entonces existían diversos manuales y libros de consejos que, más que orientar al lector, lo llevaban a un desconocimiento total y a una negación de la propia naturaleza humana.

Se creía, por ejemplo, que el acto sexual debía realizarse en completa oscuridad y que, al terminar, la mujer debía evitar hablar, toser o estornudar, pues esto impediría la concepción. Además, según algunos manuales, si alguien tenía sexo sin estar enamorado de su pareja, el producto sería un bebé extremadamente feo.

La masturbación, considerada negativa y acusada de “vicio solitario”, se pensaba como una actividad que, realizada en exceso, podía hacer que una persona se volviera loca e impotente; también se creía que alguien que se masturbaba a menudo durante el desarrollo podía disminuir su estatura y afectar el crecimiento de sus órganos. Por estas razones, la masturbación se intentaba evitar de diferentes formas como, por ejemplo, comiendo alimentos poco condimentados y evitando consumir mostaza, pimienta, cerveza, vino y fumar tabaco. Otra forma de evitarlo era propiciar la actividad física de niños y adolescentes, esto los cansaría lo suficiente y no tendrían energía para esta actividad.

Con respecto a la concepción, se creía que montar a caballo en un camino irregular un día después del acto sexual ayudaría a evitar un embarazo; bailar después del acto sexual tendría el mismo efecto. Las bebidas espirituosas que provocan sed también eran un remedio conocido para evitar un embarazo. Además, se creía que los patrones del viento —su dirección o intensidad— durante la concepción podían afectar el temperamento del bebé.

El reconocido fisiólogo francés, Eugene Becklard, sostenía que el cuello del útero era muy estrecho y tenía que succionar el semen para que la mujer quedara embarazada. Por esta razón, el médico aseguraba que una mujer no podía concebir como producto de una violación. Además, Becklard aseguraba que el bebé nacería con las características físicas de quien tuviera el orgasmo más intenso durante su concepción. Para otros expertos, era muy importante no concebir a un bebé en una escalera, pues éste nacería con la espalda torcida.

En algunos manuales de la época encontramos que los fisiólogos aconsejaban a las esposas negarse a tener sexo lo más posible, de otra forma el matrimonio se convertiría en un estado de lujuria y, por lo tanto, inmoralidad. Además, las mujeres debían evitar ser coquetas, pues esto sólo llevaría a sus esposos a visitar burdeles. Sin embargo, se les permitía negarse a tener sexo si no lograban que sus esposos tuvieran un orgasmo al mismo tiempo que ellas. Para esto, se les recomendaba fingir estar enfermas, tener dolor de cabeza o estar cansadas. ¿Suena familiar?

Los roles de género de la época y los malos entendidos producto de la sabiduría popular y los consejos de los “expertos” tornaban la sexualidad humana en una actividad profundamente acotada y reprimida. No es una coincidencia que ésta fuera una época que gustaba profundamente de la pornografía, por ejemplo. Afortunadamente, el conocimiento científico que hoy tenemos sobre el sexo ha cambiado la manera en que vemos esta parte de la vida humana. Y en todo caso, la historia parece haber ya demostrado que el tabú es el alimento predilecto de la perversión.

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