Los griegos los llamaban Dióscuros. En medio de una tormenta en altamar, la punta de los mástiles se encendía con unas llamaradas que no ardían y no incendiaban el barco.

Para los griegos, este fuego era la encarnación de las deidades Castor y Pólux, quienes acudían al rescate de los marineros en las tormentas. Castor y Pólux, también conocidos como los Dióscuros, eran hijos de Leda, hermanos de Helena y Clitemnestra. El mito cuenta que, a pesar de ser mellizos, uno de ellos era hijo de Zeus y el otro no, pero se querían tanto que se negaban a separarse, y los dioses les concedieron una vida doble, parte de la cual pasaban entre los hombres y la otra parte en el Olimpo. Poseidón le había concedido a los Dióscuros el poder de ayudar a los náufragos y a los marineros durante las tormentas. En el cielo, los Dióscuros eran la constelación de Géminis, los gemelos, y en el mar eran ese fuego que brillaba en la tempestad.

Así se describe la aparición de los Dióscuros en los Himnos Homéricos:

En sus barcos invocan, suplicantes, con sus blancos corderos,

a los hijos de Zeus el magnífico, subiéndose a la parte más alta de la   popa;

también a ésta el viento en rachas fuertes y el oleaje grueso

la sumergen. Pero ellos, repentinos, aparecen

lanzándose a través del cielo con sus alas luminosas

y de golpe detienen los turbidones de vientos y apaciguan las olas en las inmensidades

blancas del mar abierto.

DioscurosInternaEn su Historia Natural, Plinio dice haberlos visto brillar en las lanzas y en los barcos, y se refiere también al sonido, que en efecto emiten las llamaradas, un sonido que compara con el de pájaros que vuelan de rama en rama. Como los gemelos odiaban estar divididos, si aparecía una sola flama, se consideraba de mala suerte. Era señal de naufragio. Si, en cambio, aparecían dos llamaradas, era un buen augurio, vaticinio de un viaje próspero. Plinio dice que no existe una explicación certera para este fenómeno. Dice que las razones son secretas, que están “escondidas en la majestad de la naturaleza, reservadas en su gabinete”.

En la tradición cristiana se le llamaba el fuego de San Telmo (San Telmo era el santo patrono de los marineros). En La tempestad, de Shakespeare, el fuego es la encarnación de Ariel, un espíritu que “a veces se divide, arde en muchas partes; en el mástil”. Robert Burton dice en The Anatomy of Melancholy que los Dióscuros viven posiblemente en un volcán, quizás, dice, en el monte Hekla, en Islandia, en el volcán Etna en Sicilia o en el Vesubio en Nápoles. En Moby Dick, el fuego que desciende del mástil, que brilla como una pálida fosforescencia en los ojos de los marineros, presagia la desgracia del capitán Ahab.

La ciencia explica que la ionización del campo eléctrico de las tormentas provoca estas descargas luminiscentes en los objetos puntiagudos de los barcos. Estas luces, este fuego que no arde, se ha aparecido a cientos de marineros en toda la historia. Aunque hoy, aparentemente, conozcamos su explicación, podemos imaginar la sorpresa y el miedo que sintieron al verlo y, probablemente, si hoy se nos apareciera en un barco, en plena tormenta, nuestra emoción sería equivalente. La explicación no acabaría con el asombro. Lo vieron, entre otros muchos, Cristóbal Colón en sus viajes y Darwin en el Beagle.

.

Los griegos los llamaban Dióscuros. En medio de una tormenta en altamar, la punta de los mástiles se encendía con unas llamaradas que no ardían y no incendiaban el barco.

Para los griegos, este fuego era la encarnación de las deidades Castor y Pólux, quienes acudían al rescate de los marineros en las tormentas. Castor y Pólux, también conocidos como los Dióscuros, eran hijos de Leda, hermanos de Helena y Clitemnestra. El mito cuenta que, a pesar de ser mellizos, uno de ellos era hijo de Zeus y el otro no, pero se querían tanto que se negaban a separarse, y los dioses les concedieron una vida doble, parte de la cual pasaban entre los hombres y la otra parte en el Olimpo. Poseidón le había concedido a los Dióscuros el poder de ayudar a los náufragos y a los marineros durante las tormentas. En el cielo, los Dióscuros eran la constelación de Géminis, los gemelos, y en el mar eran ese fuego que brillaba en la tempestad.

Así se describe la aparición de los Dióscuros en los Himnos Homéricos:

En sus barcos invocan, suplicantes, con sus blancos corderos,

a los hijos de Zeus el magnífico, subiéndose a la parte más alta de la   popa;

también a ésta el viento en rachas fuertes y el oleaje grueso

la sumergen. Pero ellos, repentinos, aparecen

lanzándose a través del cielo con sus alas luminosas

y de golpe detienen los turbidones de vientos y apaciguan las olas en las inmensidades

blancas del mar abierto.

DioscurosInternaEn su Historia Natural, Plinio dice haberlos visto brillar en las lanzas y en los barcos, y se refiere también al sonido, que en efecto emiten las llamaradas, un sonido que compara con el de pájaros que vuelan de rama en rama. Como los gemelos odiaban estar divididos, si aparecía una sola flama, se consideraba de mala suerte. Era señal de naufragio. Si, en cambio, aparecían dos llamaradas, era un buen augurio, vaticinio de un viaje próspero. Plinio dice que no existe una explicación certera para este fenómeno. Dice que las razones son secretas, que están “escondidas en la majestad de la naturaleza, reservadas en su gabinete”.

En la tradición cristiana se le llamaba el fuego de San Telmo (San Telmo era el santo patrono de los marineros). En La tempestad, de Shakespeare, el fuego es la encarnación de Ariel, un espíritu que “a veces se divide, arde en muchas partes; en el mástil”. Robert Burton dice en The Anatomy of Melancholy que los Dióscuros viven posiblemente en un volcán, quizás, dice, en el monte Hekla, en Islandia, en el volcán Etna en Sicilia o en el Vesubio en Nápoles. En Moby Dick, el fuego que desciende del mástil, que brilla como una pálida fosforescencia en los ojos de los marineros, presagia la desgracia del capitán Ahab.

La ciencia explica que la ionización del campo eléctrico de las tormentas provoca estas descargas luminiscentes en los objetos puntiagudos de los barcos. Estas luces, este fuego que no arde, se ha aparecido a cientos de marineros en toda la historia. Aunque hoy, aparentemente, conozcamos su explicación, podemos imaginar la sorpresa y el miedo que sintieron al verlo y, probablemente, si hoy se nos apareciera en un barco, en plena tormenta, nuestra emoción sería equivalente. La explicación no acabaría con el asombro. Lo vieron, entre otros muchos, Cristóbal Colón en sus viajes y Darwin en el Beagle.

.

Etiquetado: , , , , ,