No debería sorprendernos que hoy en día exista una expresión psicológica llamada “El complejo de Penélope” para designar ese estado existencial de la espera que describió Homero en su Odisea. Un estado que muchos conocemos y que involucra fantasmas, demonios e imágenes casi desaparecidas de lo que algún día tuvimos enfrente. Lo cierto es que ese diagnóstico, bastante forzado por querer quizás contraponerse al famoso “complejo de Ulises”, omite lo verdaderamente alucinante de una espera prolongada. “El sueño de la razón produce monstruos”, escribió el pintor Goya en uno de sus dibujos.

Penélope existe en el género épico con una clara función modélica, fundamentalmente fidelidad, belleza, prudencia y preocupación por los intereses del esposo. Y es tal el enfoque en la aventura de su esposo, Ulises, que la odisea de Penélope queda subestimada. Pero Ovidio rescató ese lado de la historia, el de las mujeres dejadas atrás por sus marineros, en un hermoso libro titulado Las Heroidas, que peina la historia de La Odisea a contrapelo. En él imagina las cartas que cada una de las heroínas dirigiría a su amante ausente en la guerra de Troya. Y no hay melancolía más clásica, o infierno más completo, que el que vive, de acuerdo a Ovidio, Penélope en su espera. No obstante hay algo en su personaje con el que todo el que haya esperado a alguien amado se puede identificar, y acaso sentir comprensión y compañía, incluso ánimo… que es una de las magias de la literatura.

Baste leer algunos de los “temores” de Penélope para admirar los mecanismos de la mente humana cuando esta se encuentra con demasiado tiempo para gastar en especulaciones.

“¿Cuándo no he temido yo peligros mas graves que los auténticos?”, le escribe Penélope a Ulises en su carta. Probablemente no haya un paradigma de la imaginación que sea más poderoso que el temor a aquello que es más grave que lo auténtico, lo real. En esta representación de Ovidio vemos como Penélope padecía, al igual que los melancólicos medievales, un exceso de imaginación y una tendencia a obsesiones irracionales.

Cosa es el amor lleno de temor angustioso. Imaginaba que los troyanos violentos iban a ir contra ti. Al oír el nombre de Héctor palidecía siempre. Y si alguien me contaba que Antíloco había sido derrotado por Héctor, Antíloco era causa de mi temor.

La involuntaria tarea de quien espera es agotar todas y cada una de la posibilidades que demoran la llegada del esperado (sabiendo secretamente que ninguna de estas es cierta), para así ocupar y rellenar el tiempo. Penélope sabía de ciertas hazañas relacionadas con su esposo gracias a voceros que llegaban a Ítaca, y sabía un poco de su paradero viejo. Esto bastó para que se dedicara a la agobiante tarea de imaginar todos sus posibles destinos, la mayoría funestos, y algunos de traición. Su sufrimiento es el peor de todos, uno sin referencias, incierto. El temor no es particular, sino hacia todo.

No sé qué temer; aun así, lo temo todo, loca de mi, y un amplio campo se abre ante mis angustias. Todos los peligros del mar, todos los de la tierra, sospecho que son motivos de tu larga tardanza. Y mientras yo neciamente tengo este miedo, tú –con esa lujuria que os caracteriza- acaso seas cautivo de un amor extranjero.

Desde luego, la imaginación quimérica de Penélope estaba a tono con la odisea de Ulises, quien vivió, quizás, “todos los peligros del mar y todos los de la tierra” antes de llegar a Ítaca. Pero sabemos que no hay infierno como el de la mente. Que imaginar, como ella lo hizo, todos los peligros del mar es suficiente para volver loco a cualquiera. Penélope, además, sospecha de una traición amorosa (la cual no es del todo falsa). Yo misma me irrito, veleidosa, con mis propios deseos, le dice.

Quizá el rasgo más trágico de quien espera es lo imperfecto de su tragedia. Nada ocurre. Ninguna noticia le es concedida y entonces los temores se tornan más graves que los probables. La valentía de los héroes homéricos es comparable con la de sus mujeres –como bien lo supo Ovidio–, solo que estas emprenden el viaje imaginario, y los cíclopes y lestrigones que combaten son producto de su mente, los llevan dentro. Los monstruos de la imaginación son más poderosos que los reales precisamente porque su irrealidad los vuelve inmortales. Quien ha sabido esperar, sin duda, ha sido valiente.

No debería sorprendernos que hoy en día exista una expresión psicológica llamada “El complejo de Penélope” para designar ese estado existencial de la espera que describió Homero en su Odisea. Un estado que muchos conocemos y que involucra fantasmas, demonios e imágenes casi desaparecidas de lo que algún día tuvimos enfrente. Lo cierto es que ese diagnóstico, bastante forzado por querer quizás contraponerse al famoso “complejo de Ulises”, omite lo verdaderamente alucinante de una espera prolongada. “El sueño de la razón produce monstruos”, escribió el pintor Goya en uno de sus dibujos.

Penélope existe en el género épico con una clara función modélica, fundamentalmente fidelidad, belleza, prudencia y preocupación por los intereses del esposo. Y es tal el enfoque en la aventura de su esposo, Ulises, que la odisea de Penélope queda subestimada. Pero Ovidio rescató ese lado de la historia, el de las mujeres dejadas atrás por sus marineros, en un hermoso libro titulado Las Heroidas, que peina la historia de La Odisea a contrapelo. En él imagina las cartas que cada una de las heroínas dirigiría a su amante ausente en la guerra de Troya. Y no hay melancolía más clásica, o infierno más completo, que el que vive, de acuerdo a Ovidio, Penélope en su espera. No obstante hay algo en su personaje con el que todo el que haya esperado a alguien amado se puede identificar, y acaso sentir comprensión y compañía, incluso ánimo… que es una de las magias de la literatura.

Baste leer algunos de los “temores” de Penélope para admirar los mecanismos de la mente humana cuando esta se encuentra con demasiado tiempo para gastar en especulaciones.

“¿Cuándo no he temido yo peligros mas graves que los auténticos?”, le escribe Penélope a Ulises en su carta. Probablemente no haya un paradigma de la imaginación que sea más poderoso que el temor a aquello que es más grave que lo auténtico, lo real. En esta representación de Ovidio vemos como Penélope padecía, al igual que los melancólicos medievales, un exceso de imaginación y una tendencia a obsesiones irracionales.

Cosa es el amor lleno de temor angustioso. Imaginaba que los troyanos violentos iban a ir contra ti. Al oír el nombre de Héctor palidecía siempre. Y si alguien me contaba que Antíloco había sido derrotado por Héctor, Antíloco era causa de mi temor.

La involuntaria tarea de quien espera es agotar todas y cada una de la posibilidades que demoran la llegada del esperado (sabiendo secretamente que ninguna de estas es cierta), para así ocupar y rellenar el tiempo. Penélope sabía de ciertas hazañas relacionadas con su esposo gracias a voceros que llegaban a Ítaca, y sabía un poco de su paradero viejo. Esto bastó para que se dedicara a la agobiante tarea de imaginar todos sus posibles destinos, la mayoría funestos, y algunos de traición. Su sufrimiento es el peor de todos, uno sin referencias, incierto. El temor no es particular, sino hacia todo.

No sé qué temer; aun así, lo temo todo, loca de mi, y un amplio campo se abre ante mis angustias. Todos los peligros del mar, todos los de la tierra, sospecho que son motivos de tu larga tardanza. Y mientras yo neciamente tengo este miedo, tú –con esa lujuria que os caracteriza- acaso seas cautivo de un amor extranjero.

Desde luego, la imaginación quimérica de Penélope estaba a tono con la odisea de Ulises, quien vivió, quizás, “todos los peligros del mar y todos los de la tierra” antes de llegar a Ítaca. Pero sabemos que no hay infierno como el de la mente. Que imaginar, como ella lo hizo, todos los peligros del mar es suficiente para volver loco a cualquiera. Penélope, además, sospecha de una traición amorosa (la cual no es del todo falsa). Yo misma me irrito, veleidosa, con mis propios deseos, le dice.

Quizá el rasgo más trágico de quien espera es lo imperfecto de su tragedia. Nada ocurre. Ninguna noticia le es concedida y entonces los temores se tornan más graves que los probables. La valentía de los héroes homéricos es comparable con la de sus mujeres –como bien lo supo Ovidio–, solo que estas emprenden el viaje imaginario, y los cíclopes y lestrigones que combaten son producto de su mente, los llevan dentro. Los monstruos de la imaginación son más poderosos que los reales precisamente porque su irrealidad los vuelve inmortales. Quien ha sabido esperar, sin duda, ha sido valiente.

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