En un paisaje desolado y árido, un desierto bajo un cielo azul tan profundo que pudiera parecer que el mar está de cabeza, transcurre gran parte de Los pájaros de verano (2018). El minimalismo visual de este filme genera un notorio contraste con las vestimentas del pueblo wayúu que ahí se asienta, y al que retrata. A lo largo de la historia, esa atención a los objetos, colores, texturas y gestos de los personajes, genera una belleza brutal que se acentúa conforme el clímax de la historia se acerca.

Los pájaros de verano es una tragedia, equiparable a un relato clásico griego o shakesperiano, en donde la lucha por el poder entre familias alcanza un segundo plano al ser tomada por una guerra entre tradición y capitalismo. Pudiera haber una unión natural entre la cultura de este pueblo wayúu, que no conoce la abundancia, y una riqueza material, que se genera por medio de la comercialización de marihuana que, de todos modos, crece naturalmente en una zona cercana.

Se nos presenta a Zaida, recién salida de un encierro, el cual le exigió la tradición, pues durante un año se dispuso a tejer mantas, como una Penélope esperando a su Odiseo. Al mismo tiempo, Rapayet, un joven trabajador que no tiene mucho que ofrecer, pero viene de una familia respetada, se enamora súbitamente de ella y se propone, con nada más que su voluntad, obtener la desorbitada dote que exige Úrsula, la madre de Zaida y, al mismo tiempo, matriarca del pueblo.

¿Por qué si Úrsula ya tenía el poder, y una cantidad considerable de bienes, pide esta dote exagerada? ¿Es, acaso, una forma más de mostrar su lugar inalcanzable dentro de dicha sociedad? ¿Por qué al ver a Rapayet cumplir con su desmedida exigencia no cuestiona el entregarle a su hija? Pareciera que, al reconocer la voluntad materializada del joven, la matriarca no puede más que cumplir con su palabra y también entregarse, ella misma, a la posibilidad de un poder que nunca antes había vislumbrado.

La noción de riqueza desmedida, de competencia voraz y de éxito fulminante sólo ha sido alcanzada en el esquema del capitalismo. Y, para aquellas personas en cuya sangre palpita la voluntad del no tengo nada, por lo tanto, no tengo nada que perder, cualquier empresa que signifique romper las barreras de este mismo juego para obtener el fin, se vuelve, incuestionablemente, válida; además, funciona como una especie de reivindicación revolucionaria. Sobre todo, como es en el caso de Rapayet, quien reconoce que dicha empresa puede ser fácilmente lograda, pues uno de sus tíos cuenta con hectáreas de marihuana; entonces, el riesgo parece mínimo, incluso inimaginable, pues jamás se toma en cuenta la codicia y la ambición de las mismas personas que son amistades y familiares.

En la tradición wayúu los pájaros anuncian un mal para el pueblo, y estos se presentan en una sucesión de momentos a lo largo de la historia; también los sueños son un oráculo importante que pronostica los acontecimientos. Otro más de los augurios es el canto de un viejo sabio que nos narra la transformación de la tradición hacia el caso particular de lo que ocurrirá con estas familias.

Aristóteles enunciaba, en la forma clásica de la tragedia, que se trataba de “la representación de una acción memorable y perfecta, de magnitud competente, recitando cada una de las partes, moviendo a compasión y terror, disponiendo a la moderación de estas pasiones”. La escalada de riqueza es casi inmediata, de pronto hay una absurda mansión en medio del árido desierto y, dentro de la casa, ya no vemos al pueblo wayúu rodeando a Úrsula sino, al contrario, la familia se vuelve el núcleo en donde sólo conviven Rapayet, Zaida, sus hijos y la matriarca (custodiados por sus guardianes y trabajadores).

El hijo de Úrsula, Leonidas, es el personaje en el que se materializa la imposibilidad de la unión entre tradición y riqueza material. Es él a quien Úrsula no puede controlar ni educar, es quien fue creciendo a la par de la acumulación de la riqueza y es, también, el que dará (por medio de su carácter y los hechos que consuma) el empuje hacia la escalada de la violencia entre las mismas familias. Si antes, Moisés, el único amigo de Rapayet, aquel con quien comenzó la comercialización de la marihuana, fue quien manchó los frutos con su propia ambición, Leonidas terminará por dar el banderazo que lleva esta tragedia llena de contrastes hacia su rápido desenvolvimiento y a su culminación.

 

Por Lucía Treviño @LuciaMariaTA

 

 

 

Imagen: Mirfak Velez – Creative Commons

En un paisaje desolado y árido, un desierto bajo un cielo azul tan profundo que pudiera parecer que el mar está de cabeza, transcurre gran parte de Los pájaros de verano (2018). El minimalismo visual de este filme genera un notorio contraste con las vestimentas del pueblo wayúu que ahí se asienta, y al que retrata. A lo largo de la historia, esa atención a los objetos, colores, texturas y gestos de los personajes, genera una belleza brutal que se acentúa conforme el clímax de la historia se acerca.

Los pájaros de verano es una tragedia, equiparable a un relato clásico griego o shakesperiano, en donde la lucha por el poder entre familias alcanza un segundo plano al ser tomada por una guerra entre tradición y capitalismo. Pudiera haber una unión natural entre la cultura de este pueblo wayúu, que no conoce la abundancia, y una riqueza material, que se genera por medio de la comercialización de marihuana que, de todos modos, crece naturalmente en una zona cercana.

Se nos presenta a Zaida, recién salida de un encierro, el cual le exigió la tradición, pues durante un año se dispuso a tejer mantas, como una Penélope esperando a su Odiseo. Al mismo tiempo, Rapayet, un joven trabajador que no tiene mucho que ofrecer, pero viene de una familia respetada, se enamora súbitamente de ella y se propone, con nada más que su voluntad, obtener la desorbitada dote que exige Úrsula, la madre de Zaida y, al mismo tiempo, matriarca del pueblo.

¿Por qué si Úrsula ya tenía el poder, y una cantidad considerable de bienes, pide esta dote exagerada? ¿Es, acaso, una forma más de mostrar su lugar inalcanzable dentro de dicha sociedad? ¿Por qué al ver a Rapayet cumplir con su desmedida exigencia no cuestiona el entregarle a su hija? Pareciera que, al reconocer la voluntad materializada del joven, la matriarca no puede más que cumplir con su palabra y también entregarse, ella misma, a la posibilidad de un poder que nunca antes había vislumbrado.

La noción de riqueza desmedida, de competencia voraz y de éxito fulminante sólo ha sido alcanzada en el esquema del capitalismo. Y, para aquellas personas en cuya sangre palpita la voluntad del no tengo nada, por lo tanto, no tengo nada que perder, cualquier empresa que signifique romper las barreras de este mismo juego para obtener el fin, se vuelve, incuestionablemente, válida; además, funciona como una especie de reivindicación revolucionaria. Sobre todo, como es en el caso de Rapayet, quien reconoce que dicha empresa puede ser fácilmente lograda, pues uno de sus tíos cuenta con hectáreas de marihuana; entonces, el riesgo parece mínimo, incluso inimaginable, pues jamás se toma en cuenta la codicia y la ambición de las mismas personas que son amistades y familiares.

En la tradición wayúu los pájaros anuncian un mal para el pueblo, y estos se presentan en una sucesión de momentos a lo largo de la historia; también los sueños son un oráculo importante que pronostica los acontecimientos. Otro más de los augurios es el canto de un viejo sabio que nos narra la transformación de la tradición hacia el caso particular de lo que ocurrirá con estas familias.

Aristóteles enunciaba, en la forma clásica de la tragedia, que se trataba de “la representación de una acción memorable y perfecta, de magnitud competente, recitando cada una de las partes, moviendo a compasión y terror, disponiendo a la moderación de estas pasiones”. La escalada de riqueza es casi inmediata, de pronto hay una absurda mansión en medio del árido desierto y, dentro de la casa, ya no vemos al pueblo wayúu rodeando a Úrsula sino, al contrario, la familia se vuelve el núcleo en donde sólo conviven Rapayet, Zaida, sus hijos y la matriarca (custodiados por sus guardianes y trabajadores).

El hijo de Úrsula, Leonidas, es el personaje en el que se materializa la imposibilidad de la unión entre tradición y riqueza material. Es él a quien Úrsula no puede controlar ni educar, es quien fue creciendo a la par de la acumulación de la riqueza y es, también, el que dará (por medio de su carácter y los hechos que consuma) el empuje hacia la escalada de la violencia entre las mismas familias. Si antes, Moisés, el único amigo de Rapayet, aquel con quien comenzó la comercialización de la marihuana, fue quien manchó los frutos con su propia ambición, Leonidas terminará por dar el banderazo que lleva esta tragedia llena de contrastes hacia su rápido desenvolvimiento y a su culminación.

 

Por Lucía Treviño @LuciaMariaTA

 

 

 

Imagen: Mirfak Velez – Creative Commons