La mente de Emanuel Swedenborg, tan trabajada y dilatada por la información científica de todas las disciplinas a las que se abocó, dio lugar a una atmósfera perfecta para los espíritus y las revelaciones que no tardaron en abarcar su espacioso temple como ventarrones imparables sobre un páramo. A partir de 1745, el hombre que había diseñado un submarino para atacar barcos por debajo del agua, que había esbozado una máquina voladora, manufacturado lentes e inventado una nueva estufa, se vio por completo habitado por visiones. Swedenborg tuvo que dejar de lado la ciencia para atender las conversaciones con los muertos, con los demonios y los ángeles. Todo ello lo registró en tratados puntuales como De Caelo et Inferno, donde describe, entre otras cosas, el equilibrio de las dos esferas (el Cielo y el Infierno) para el libre albedrío. “Cada día el hombre labra su perdición eterna o salvación”, decía, llevándonos al ejercicio de una vida virtuosa.

Pero Swedenborg también llevó un menos conocido diario de sueños, que estuvo perdido muchos años hasta que en 1849 fue encontrado en la biblioteca de un aparente enemigo suyo, el profesor R. Scheringson. El contenido abarca el periodo desde julio de 1743 hasta octubre de 1744; precisamente el momento en que Swedenborg hacía la transición de ser científico e ingeniero a ser visionario y místico.

En los diarios describe a detalle visiones celestiales y escenarios mundanos y fantásticos, pero lo que ha llamado la atención de críticos y lectores es la aparición de tantas mujeres en sus sueños, mujeres deseadas por él y que portaban arquetípicos mitos en los genitales, mitos que el escandinavo nunca conoció y que se repiten en distintas culturas del mundo. Sus simbólicos y suntuosos sueños eróticos, no obstante, terminan por redimir al sexo de su cohesión con el pecado cristiano.

En uno de sus sueños vívidos, el número 171, Swedenborg se encuentra en la cama con una mujer. Ella toca su pene con la mano y él tiene la erección “más grande que jamás haya tenido”. La penetra, reflexionando que un hijo debe venir de allí, y escribe que se satisfizo en marveille [sic]. En otro sueño notable, el número 120, está recostado con una mujer que no era bella pero le daba placer. Tocó su vagina y descubrió que ésta tenía dientes. De pronto esa mujer asume la forma de un hombre, el político Johan Archenholtz, un amigo de Swedenborg. La imagen de la vagina dentada aparece de nuevo en varios sueños.

Estos sueños eróticos fueron omitidos de la primera traducción al inglés, hasta que se incluyeron en la traducción de C. Th. Odhner de 1918 (presentada arriba), pero en latín. The Public Domain Review, que nos ha dado tantas maravillas, tradujo algunos al inglés para reseñarlos.

El interés de estos sueños viene en parte porque, poco después, Swedenborg escribiría un libro importante sobre el amor marital, Amor conyugal (1768), en que el amor físico sexual es levantado a alturas espirituales y representa la unión de la sabiduría y el amor, los dos atributos esenciales de lo divino. En este libro insiste en que el amor erótico es de origen divino, aunque los seres humanos puedan pervertirlo hacia fines egoístas y por lo tanto malignos. La proverbial vagina dentada, nos remarca Richard Lines, miembro de The Swedenborg Society, se encuentra en el folclore popular, sobre todo en cuentos folclóricos japoneses y en la mitología de tribus de Guyana en Sudamérica. El hecho de que Swedenborg haya tenido estos arquetípicos sueños eróticos en tan crucial momento de su vida es remarcable, por decir lo menos, para que pudiera después exaltar la humildad, la miseria y la desventura (cfr. Borges) como parte de su doctrina de correspondencias entre el infierno y el cielo, que para él eran dos partes del hombre.

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La mente de Emanuel Swedenborg, tan trabajada y dilatada por la información científica de todas las disciplinas a las que se abocó, dio lugar a una atmósfera perfecta para los espíritus y las revelaciones que no tardaron en abarcar su espacioso temple como ventarrones imparables sobre un páramo. A partir de 1745, el hombre que había diseñado un submarino para atacar barcos por debajo del agua, que había esbozado una máquina voladora, manufacturado lentes e inventado una nueva estufa, se vio por completo habitado por visiones. Swedenborg tuvo que dejar de lado la ciencia para atender las conversaciones con los muertos, con los demonios y los ángeles. Todo ello lo registró en tratados puntuales como De Caelo et Inferno, donde describe, entre otras cosas, el equilibrio de las dos esferas (el Cielo y el Infierno) para el libre albedrío. “Cada día el hombre labra su perdición eterna o salvación”, decía, llevándonos al ejercicio de una vida virtuosa.

Pero Swedenborg también llevó un menos conocido diario de sueños, que estuvo perdido muchos años hasta que en 1849 fue encontrado en la biblioteca de un aparente enemigo suyo, el profesor R. Scheringson. El contenido abarca el periodo desde julio de 1743 hasta octubre de 1744; precisamente el momento en que Swedenborg hacía la transición de ser científico e ingeniero a ser visionario y místico.

En los diarios describe a detalle visiones celestiales y escenarios mundanos y fantásticos, pero lo que ha llamado la atención de críticos y lectores es la aparición de tantas mujeres en sus sueños, mujeres deseadas por él y que portaban arquetípicos mitos en los genitales, mitos que el escandinavo nunca conoció y que se repiten en distintas culturas del mundo. Sus simbólicos y suntuosos sueños eróticos, no obstante, terminan por redimir al sexo de su cohesión con el pecado cristiano.

En uno de sus sueños vívidos, el número 171, Swedenborg se encuentra en la cama con una mujer. Ella toca su pene con la mano y él tiene la erección “más grande que jamás haya tenido”. La penetra, reflexionando que un hijo debe venir de allí, y escribe que se satisfizo en marveille [sic]. En otro sueño notable, el número 120, está recostado con una mujer que no era bella pero le daba placer. Tocó su vagina y descubrió que ésta tenía dientes. De pronto esa mujer asume la forma de un hombre, el político Johan Archenholtz, un amigo de Swedenborg. La imagen de la vagina dentada aparece de nuevo en varios sueños.

Estos sueños eróticos fueron omitidos de la primera traducción al inglés, hasta que se incluyeron en la traducción de C. Th. Odhner de 1918 (presentada arriba), pero en latín. The Public Domain Review, que nos ha dado tantas maravillas, tradujo algunos al inglés para reseñarlos.

El interés de estos sueños viene en parte porque, poco después, Swedenborg escribiría un libro importante sobre el amor marital, Amor conyugal (1768), en que el amor físico sexual es levantado a alturas espirituales y representa la unión de la sabiduría y el amor, los dos atributos esenciales de lo divino. En este libro insiste en que el amor erótico es de origen divino, aunque los seres humanos puedan pervertirlo hacia fines egoístas y por lo tanto malignos. La proverbial vagina dentada, nos remarca Richard Lines, miembro de The Swedenborg Society, se encuentra en el folclore popular, sobre todo en cuentos folclóricos japoneses y en la mitología de tribus de Guyana en Sudamérica. El hecho de que Swedenborg haya tenido estos arquetípicos sueños eróticos en tan crucial momento de su vida es remarcable, por decir lo menos, para que pudiera después exaltar la humildad, la miseria y la desventura (cfr. Borges) como parte de su doctrina de correspondencias entre el infierno y el cielo, que para él eran dos partes del hombre.

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