Bob Dylan no es un roquero de estadio, de los que componen himnos para ser coreados por multitudes; escucharlo en vivo puede ser una experiencia un poco frustrante, porque suele variar los arreglos y la velocidad de las canciones originales hasta dejarlas prácticamente irreconocibles, lo que puede verse también como un renacimiento constante de su práctica artística. ¿Cómo, si no, seguir cantando canciones que compuso hace 50 años y presentarlas frescas y vivas, como si las hubiera escrito esa misma mañana?

No se puede ir a un concierto de Dylan a cantar o corear las canciones, simplemente porque su fraseo y los arreglos son diferentes a los que conoces en los discos: de la etapa folk de los sesentas no queda nada, y su última encarnación en vaquero de country hace que temas clásicos como “Blowin’ in the wind” o “Hey, Mr. Tambourine Man” sean difíciles de reconocer, incluso para los más fanáticos.

Sin embargo, el último y muy personal renacimiento de Dylan, para mí, tuvo lugar más o menos hace un año, cuando me vi en la necesidad de arrullar a mi recién nacido hijo Lucas a la hora de dormir. Desde antes de que naciera me puse a pensar en las canciones de cuna que le cantaría; la tradición tiene miles de ellas y traté de aprenderme de memoria varias, pero por alguna razón no las sentía “mías”, no podía cantarlas cada noche con intención y cargarlas de afecto. Fue por eso que comencé a recurrir al repertorio dylanesco para dormir a Lucas.

Leslie Aiello y Robin Dunbar del University College London han estudiado la evolución conjunta de la música y el lenguaje humano. Por los restos arqueológicos podemos saber que los primeros instrumentos musicales aparecieron hace unos 40 mil años en forma de tambores y flautas, aunque es más difícil saber si el hombre de Neandertal cantaba canciones de cuna. A partir de las investigaciones de Aiello y Dunbar podemos suponer que la voz humana comenzó a codificarse a partir de una suerte de “gruñidos emocionales”, donde más que el sentido o significado lo importante era el tono usado en las emisiones de voz: lo apremiante del grito cuando se acercaba un depredador, la risa como agente de cohesión grupal en la manada, y por supuesto, la cadencia y seguridad de la voz materna para tranquilizar a las crías después de una pesadilla.

Volviendo al presente, las canciones de cuna que investigué para cantarle a Lucas tenían un trasfondo cristiano o religioso evidente: se trata de una visión de mundo que no sólo no comparto, sino que funciona como una imposición de temores y maldiciones imprecisas que tienen como objeto asustar a los niños durante las noches para forzarlos a dormir. No quería “aletargar” a mi bebé para que se durmiera, sin importar que no comprenda todavía el significado de todas esas palabras. Fue por eso que comencé a usar viejos estándares de jazz y blues, así como canciones de Bob Dylan, de los Beatles, de Bob Marley, en fin, de un repertorio que sí puedo considerar “mío”, pues está cargado de memorias, de experiencias, de una emocionalidad que me ha acompañado desde niño en momentos de alegría y tristeza.

La canción de Dylan que mejor éxito tiene para dormir a Lucas es “The Times They Are A-Changin’”, incluida en el disco homónimo de 1964. Nicolás, mi hijastro de 6 años, suele acompañarnos en ese trance diario de canciones. Hace poco —curiosamente unos días después de que la academia sueca le confiriera a Dylan el premio Nobel de Literatura 2016— Nico me preguntó de qué hablaba la canción. Ahí caí en la cuenta de que las canciones que canto para dormir a mis niños no son menos aterradoras en cierto sentido que las canciones moralinas, ni menos dramáticas que un cuento de hadas: la tradición del blues habla de las hazañas o peripecias de bandoleros y tránsfugas, de crímenes impunes, de desengaños amorosos, de esclavitud, del dolor que acompaña y conforma el revés mismo de la vida. Nico es un niño brillante, ¿pero cómo explicar una canción así?

Lo primero que intenté fue traducir lentamente para él la primera estrofa de la canción, que quedó más o menos así:

Acérquense todos / donde quiera que estén / y admitan que las aguas / a su alrededor han crecido / y acepten que pronto / les llegarán hasta el hueso / Si valoran en algo su tiempo / mejor comiencen a nadar / o se hundirán como piedras / pues los tiempos están cambiando.

 

[Come gather ’round people

Wherever you roam

And admit that the waters

Around you have grown

And accept it that soon

You’ll be drenched to the bone.

If your time to you is worth savin’

Then you better start swimmin’

Or you’ll sink like a stone

For the times they are a-changin’.]

 

Luego de escucharla, me preguntó si era un poema. Le dije que sí, que los poemas también podían cantarse, y que de hecho comenzaron como canciones antes que como letanías monótonas y desentonadas. Seguimos con el ejercicio con el resto de los versos, pero se aburrió pronto. “¿Pero de qué se trata?”, me preguntaba. “Bueno”, le dije, “se trata de que la gente crece, las ideas cambian, y las cosas en las que estaban de acuerdo también.” La canción de Dylan hace referencia a figuras de autoridad a las que se anteponen nuevos valores de la juventud de los sesenta: los padres de familia, los congresistas, los críticos y analistas políticos, todos son conminados a asistir a una histórica e imparable transformación social, o bien a quedarse al margen y ser devorados por la vorágine de la historia.

Pero la pregunta imperaba, ¿de qué demonios se trata la canción? La forma en que se me ocurrió explicarle fue esta: “Ahora eres un niño y te gustan ciertas canciones, pero cuando crezcas tal vez te gusten otras que no me van a gustar a mí. Y cuando seas grande, si quieres tener hijos, tal vez a ellos les gusten canciones que no te gusten a ti, o tengan ideas con las que no estés de acuerdo, pero eso es normal y es parte de la vida.” Me miró con sus ojos enormes, creo que sin dar mucho crédito a mis palabras. “¿O sea que no me van a gustar los Beatles cuando crezca?”, me dijo. “No exactamente. Pero, por ejemplo, a mí de niño me gustaba más el Yellow Submarine y de grande me gustó más el Sgt. Pepper’s.”

En realidad no hemos llegado a nada claro en materia de explicar de qué tratan las canciones que le canto a su hermano. Por otra parte está la barrera del idioma: aunque a veces cantamos canciones en español, canciones clásicas de blues como “Summertime”, “Dead Letter”, “St. James Infirmary” o el repertorio de Dylan no se dejan traducir al vapor sin perder mucha de su musicalidad. Pero confío en que, puesto que los tiempos están cambiando, Nicolás y Lucas podrán adoptar sus propias tradiciones y determinar libremente sus propios gustos y aversiones en materia musical y de toda índole. No parece que les preocupen mucho por ahora las discusiones tan en boga sobre si Dylan merece o no el Nobel: por ahora cumplen su cometido de canción, de ser una cadencia melódica y expresiva capaz de comunicar un estado emocional aún a pesar de la barrera del idioma, además de fungir como un vínculo emocional entre su desafinado padre y ellos, a la hora de dormir.

 

*Imagen: Dominio Público

Bob Dylan no es un roquero de estadio, de los que componen himnos para ser coreados por multitudes; escucharlo en vivo puede ser una experiencia un poco frustrante, porque suele variar los arreglos y la velocidad de las canciones originales hasta dejarlas prácticamente irreconocibles, lo que puede verse también como un renacimiento constante de su práctica artística. ¿Cómo, si no, seguir cantando canciones que compuso hace 50 años y presentarlas frescas y vivas, como si las hubiera escrito esa misma mañana?

No se puede ir a un concierto de Dylan a cantar o corear las canciones, simplemente porque su fraseo y los arreglos son diferentes a los que conoces en los discos: de la etapa folk de los sesentas no queda nada, y su última encarnación en vaquero de country hace que temas clásicos como “Blowin’ in the wind” o “Hey, Mr. Tambourine Man” sean difíciles de reconocer, incluso para los más fanáticos.

Sin embargo, el último y muy personal renacimiento de Dylan, para mí, tuvo lugar más o menos hace un año, cuando me vi en la necesidad de arrullar a mi recién nacido hijo Lucas a la hora de dormir. Desde antes de que naciera me puse a pensar en las canciones de cuna que le cantaría; la tradición tiene miles de ellas y traté de aprenderme de memoria varias, pero por alguna razón no las sentía “mías”, no podía cantarlas cada noche con intención y cargarlas de afecto. Fue por eso que comencé a recurrir al repertorio dylanesco para dormir a Lucas.

Leslie Aiello y Robin Dunbar del University College London han estudiado la evolución conjunta de la música y el lenguaje humano. Por los restos arqueológicos podemos saber que los primeros instrumentos musicales aparecieron hace unos 40 mil años en forma de tambores y flautas, aunque es más difícil saber si el hombre de Neandertal cantaba canciones de cuna. A partir de las investigaciones de Aiello y Dunbar podemos suponer que la voz humana comenzó a codificarse a partir de una suerte de “gruñidos emocionales”, donde más que el sentido o significado lo importante era el tono usado en las emisiones de voz: lo apremiante del grito cuando se acercaba un depredador, la risa como agente de cohesión grupal en la manada, y por supuesto, la cadencia y seguridad de la voz materna para tranquilizar a las crías después de una pesadilla.

Volviendo al presente, las canciones de cuna que investigué para cantarle a Lucas tenían un trasfondo cristiano o religioso evidente: se trata de una visión de mundo que no sólo no comparto, sino que funciona como una imposición de temores y maldiciones imprecisas que tienen como objeto asustar a los niños durante las noches para forzarlos a dormir. No quería “aletargar” a mi bebé para que se durmiera, sin importar que no comprenda todavía el significado de todas esas palabras. Fue por eso que comencé a usar viejos estándares de jazz y blues, así como canciones de Bob Dylan, de los Beatles, de Bob Marley, en fin, de un repertorio que sí puedo considerar “mío”, pues está cargado de memorias, de experiencias, de una emocionalidad que me ha acompañado desde niño en momentos de alegría y tristeza.

La canción de Dylan que mejor éxito tiene para dormir a Lucas es “The Times They Are A-Changin’”, incluida en el disco homónimo de 1964. Nicolás, mi hijastro de 6 años, suele acompañarnos en ese trance diario de canciones. Hace poco —curiosamente unos días después de que la academia sueca le confiriera a Dylan el premio Nobel de Literatura 2016— Nico me preguntó de qué hablaba la canción. Ahí caí en la cuenta de que las canciones que canto para dormir a mis niños no son menos aterradoras en cierto sentido que las canciones moralinas, ni menos dramáticas que un cuento de hadas: la tradición del blues habla de las hazañas o peripecias de bandoleros y tránsfugas, de crímenes impunes, de desengaños amorosos, de esclavitud, del dolor que acompaña y conforma el revés mismo de la vida. Nico es un niño brillante, ¿pero cómo explicar una canción así?

Lo primero que intenté fue traducir lentamente para él la primera estrofa de la canción, que quedó más o menos así:

Acérquense todos / donde quiera que estén / y admitan que las aguas / a su alrededor han crecido / y acepten que pronto / les llegarán hasta el hueso / Si valoran en algo su tiempo / mejor comiencen a nadar / o se hundirán como piedras / pues los tiempos están cambiando.

 

[Come gather ’round people

Wherever you roam

And admit that the waters

Around you have grown

And accept it that soon

You’ll be drenched to the bone.

If your time to you is worth savin’

Then you better start swimmin’

Or you’ll sink like a stone

For the times they are a-changin’.]

 

Luego de escucharla, me preguntó si era un poema. Le dije que sí, que los poemas también podían cantarse, y que de hecho comenzaron como canciones antes que como letanías monótonas y desentonadas. Seguimos con el ejercicio con el resto de los versos, pero se aburrió pronto. “¿Pero de qué se trata?”, me preguntaba. “Bueno”, le dije, “se trata de que la gente crece, las ideas cambian, y las cosas en las que estaban de acuerdo también.” La canción de Dylan hace referencia a figuras de autoridad a las que se anteponen nuevos valores de la juventud de los sesenta: los padres de familia, los congresistas, los críticos y analistas políticos, todos son conminados a asistir a una histórica e imparable transformación social, o bien a quedarse al margen y ser devorados por la vorágine de la historia.

Pero la pregunta imperaba, ¿de qué demonios se trata la canción? La forma en que se me ocurrió explicarle fue esta: “Ahora eres un niño y te gustan ciertas canciones, pero cuando crezcas tal vez te gusten otras que no me van a gustar a mí. Y cuando seas grande, si quieres tener hijos, tal vez a ellos les gusten canciones que no te gusten a ti, o tengan ideas con las que no estés de acuerdo, pero eso es normal y es parte de la vida.” Me miró con sus ojos enormes, creo que sin dar mucho crédito a mis palabras. “¿O sea que no me van a gustar los Beatles cuando crezca?”, me dijo. “No exactamente. Pero, por ejemplo, a mí de niño me gustaba más el Yellow Submarine y de grande me gustó más el Sgt. Pepper’s.”

En realidad no hemos llegado a nada claro en materia de explicar de qué tratan las canciones que le canto a su hermano. Por otra parte está la barrera del idioma: aunque a veces cantamos canciones en español, canciones clásicas de blues como “Summertime”, “Dead Letter”, “St. James Infirmary” o el repertorio de Dylan no se dejan traducir al vapor sin perder mucha de su musicalidad. Pero confío en que, puesto que los tiempos están cambiando, Nicolás y Lucas podrán adoptar sus propias tradiciones y determinar libremente sus propios gustos y aversiones en materia musical y de toda índole. No parece que les preocupen mucho por ahora las discusiones tan en boga sobre si Dylan merece o no el Nobel: por ahora cumplen su cometido de canción, de ser una cadencia melódica y expresiva capaz de comunicar un estado emocional aún a pesar de la barrera del idioma, además de fungir como un vínculo emocional entre su desafinado padre y ellos, a la hora de dormir.

 

*Imagen: Dominio Público

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