Si Salvador Dalí se volvió un artista sumamente conocido fue, en buena medida, porque encontró varios puntos de contacto entre las artes, la creatividad y el público mayoritario. Su extravagancia, demostrada abiertamente, fue también un factor importante, pero en una época un tanto menos consagrada al espectáculo como la nuestra, eso de nada le hubiera valido sin obra en la cual sustentó las cualidades de su personalidad (inventadas yo auténticas).

A Dalí, en ese sentido, no es posible entenderlo sin su obra y al momento de preguntarnos por qué es tan conocido, es necesario mirar y revisar aquello que hizo para encontrar ahí los motivos de su celebridad.

Un elemento que vale la pena tomar en consideración es el vínculo que Dalí supo tender entre el arte y algunos elementos muy sencillos y al mismo tiempo muy significativos de la cotidianidad: los relojes, por ejemplo, algunos animales, la sensación de soledad… lo cual, aunado a su estilo, provocó un efecto muy singular: atrae y detona nuestro asombro, nos descubre que la vida es en sí misma una obra de arte, asombrosa y excéntrica, esperando el instante en que nos decidamos a vivirla así y nos demos cuenta de la falsa frontera que existe entre arte y vida, realidad e imaginación, normalidad y excentricidad.

Entre las obras que podrían señalarse como ejemplo de esta postura doble frente al arte y frente la existencia se encuentra una quizá menos vistosa que algunos cuadros o esculturas del artista, pero no por ello menos contagiada de ese espíritu; se trata de Los vinos de Gala, una serie de 140 ilustraciones que Dalí realizo bajo el denominador común del vino y su presencia lo mismo en la historia pasada que en nuestras prácticas presentes. El vino surge en las ocasiones importantes de la vida, dijo Dalí entonces.

Como libro, Los vinos de Gala se publicó por primera vez en París en 1977 bajo el sello Galaxis. Como proyecto editorial, fue una especie de tomo de continuación o compañía de Las cenas de Gala, el “recetario” surrealista de Dalí que un par de años antes (1973) publicó Felicie (también en la capital francesa) y que causó conmoción entre los lectores de la época. En la primera edición de Los vinos de Gala, el trabajo del artista estuvo flanqueado por dos contribuciones escritas, una firmada por Max Gérard, su amigo y cómplice de empresas surrealistas, y la otra elaborada por Louis Orizet, vitivinicultor, y Georges Duboeuf, el famoso “rey del Beaujolais” que trabajó para llevar este vino francés al reconocimiento y gusto mundial.

El texto de estos últimos es quizá el mas lúdico y estimulante, pues se trata de una clasificación de diez vinos a partir de sus características mas originales e inesperadas: el estado de espíritu al que conducen, por ejemplo, o la solemnidad que merecen algunos para beberlos, agregando además algunas sugerencias de consumo o anécdotas asociadas con la biografía de ciertos de ellos. “Vinos de esteta”, “Vinos de aurora”, “Vinos frívolos” o “Vinos de lo imposible” son algunos de los nombres que Orizet y Duboeuf acuñaron para esa excéntrica clasificación. He aquí, a manera de ejemplo, su descripción de los “Vinos de gozo”:

Vinos de gozo

Beaujolais • Chinon • Bourgueil • Côtes-du-Rhône • Chianti • Volpolicella • Merlot de Tesino • Rioja • Muscadet • Vinos blancos suizos • Vinhos verdes de Portugal • Ciertos vinos de California.

Los vinos de gozo se deben tomar fríos (de 9°C a 12°C), pues se espera de ellos que sean tanto vinos de sed como vinos de placer. Como tales, tienen vocación de aperitivos, de vinos de bienvenida para un encuentro entre amigos, e incluso se muestran como fieles compañeros en veladas tranquilas de bridge o de televisión. El abanico de su utilización en el arte de asociar comida y vinos es muy amplio. Pueden así jugar con los límites y ser servidos a lo largo de una misma comida. Preparan el paladar para las sutilezas de la botella ancha, tendida en su cesto, esperando la hora del asado o de los quesos; son vinos de iniciación, la boya salvavidas de los profanos, la providencia de las amas de casa.

Hace poco, la editorial Taschen reeditó Los vinos de Gala, con las ilustraciones y los textos originales y un poema acróstico de Philippe de Rothschild a manera de prólogo. Asimismo, en los días del lanzamiento, el diario El País compartió este adelanto con parte del texto de Orizet y Duboeuf.

Se trata sin duda de una guía poco común a un mundo, el de los vinos, que por sí mismo posee su propia complejidad y sus propias sorpresas. Y acaso, más que solo tomarla como una hoja de ruta, Los vinos de Gala es también una invitación a emprender nuestras propias -y excéntricas- exploraciones.

 

 

Imagen: 1) Public Domain

Si Salvador Dalí se volvió un artista sumamente conocido fue, en buena medida, porque encontró varios puntos de contacto entre las artes, la creatividad y el público mayoritario. Su extravagancia, demostrada abiertamente, fue también un factor importante, pero en una época un tanto menos consagrada al espectáculo como la nuestra, eso de nada le hubiera valido sin obra en la cual sustentó las cualidades de su personalidad (inventadas yo auténticas).

A Dalí, en ese sentido, no es posible entenderlo sin su obra y al momento de preguntarnos por qué es tan conocido, es necesario mirar y revisar aquello que hizo para encontrar ahí los motivos de su celebridad.

Un elemento que vale la pena tomar en consideración es el vínculo que Dalí supo tender entre el arte y algunos elementos muy sencillos y al mismo tiempo muy significativos de la cotidianidad: los relojes, por ejemplo, algunos animales, la sensación de soledad… lo cual, aunado a su estilo, provocó un efecto muy singular: atrae y detona nuestro asombro, nos descubre que la vida es en sí misma una obra de arte, asombrosa y excéntrica, esperando el instante en que nos decidamos a vivirla así y nos demos cuenta de la falsa frontera que existe entre arte y vida, realidad e imaginación, normalidad y excentricidad.

Entre las obras que podrían señalarse como ejemplo de esta postura doble frente al arte y frente la existencia se encuentra una quizá menos vistosa que algunos cuadros o esculturas del artista, pero no por ello menos contagiada de ese espíritu; se trata de Los vinos de Gala, una serie de 140 ilustraciones que Dalí realizo bajo el denominador común del vino y su presencia lo mismo en la historia pasada que en nuestras prácticas presentes. El vino surge en las ocasiones importantes de la vida, dijo Dalí entonces.

Como libro, Los vinos de Gala se publicó por primera vez en París en 1977 bajo el sello Galaxis. Como proyecto editorial, fue una especie de tomo de continuación o compañía de Las cenas de Gala, el “recetario” surrealista de Dalí que un par de años antes (1973) publicó Felicie (también en la capital francesa) y que causó conmoción entre los lectores de la época. En la primera edición de Los vinos de Gala, el trabajo del artista estuvo flanqueado por dos contribuciones escritas, una firmada por Max Gérard, su amigo y cómplice de empresas surrealistas, y la otra elaborada por Louis Orizet, vitivinicultor, y Georges Duboeuf, el famoso “rey del Beaujolais” que trabajó para llevar este vino francés al reconocimiento y gusto mundial.

El texto de estos últimos es quizá el mas lúdico y estimulante, pues se trata de una clasificación de diez vinos a partir de sus características mas originales e inesperadas: el estado de espíritu al que conducen, por ejemplo, o la solemnidad que merecen algunos para beberlos, agregando además algunas sugerencias de consumo o anécdotas asociadas con la biografía de ciertos de ellos. “Vinos de esteta”, “Vinos de aurora”, “Vinos frívolos” o “Vinos de lo imposible” son algunos de los nombres que Orizet y Duboeuf acuñaron para esa excéntrica clasificación. He aquí, a manera de ejemplo, su descripción de los “Vinos de gozo”:

Vinos de gozo

Beaujolais • Chinon • Bourgueil • Côtes-du-Rhône • Chianti • Volpolicella • Merlot de Tesino • Rioja • Muscadet • Vinos blancos suizos • Vinhos verdes de Portugal • Ciertos vinos de California.

Los vinos de gozo se deben tomar fríos (de 9°C a 12°C), pues se espera de ellos que sean tanto vinos de sed como vinos de placer. Como tales, tienen vocación de aperitivos, de vinos de bienvenida para un encuentro entre amigos, e incluso se muestran como fieles compañeros en veladas tranquilas de bridge o de televisión. El abanico de su utilización en el arte de asociar comida y vinos es muy amplio. Pueden así jugar con los límites y ser servidos a lo largo de una misma comida. Preparan el paladar para las sutilezas de la botella ancha, tendida en su cesto, esperando la hora del asado o de los quesos; son vinos de iniciación, la boya salvavidas de los profanos, la providencia de las amas de casa.

Hace poco, la editorial Taschen reeditó Los vinos de Gala, con las ilustraciones y los textos originales y un poema acróstico de Philippe de Rothschild a manera de prólogo. Asimismo, en los días del lanzamiento, el diario El País compartió este adelanto con parte del texto de Orizet y Duboeuf.

Se trata sin duda de una guía poco común a un mundo, el de los vinos, que por sí mismo posee su propia complejidad y sus propias sorpresas. Y acaso, más que solo tomarla como una hoja de ruta, Los vinos de Gala es también una invitación a emprender nuestras propias -y excéntricas- exploraciones.

 

 

Imagen: 1) Public Domain