A pesar de su uso desmesurado, de la obviedad de su alusión, la metáfora que define los ojos como “ventanas del alma” se sostiene como esencial y puede llevarse aún a otro nivel: los ojos por la persona (la parte por el todo). Durante los siglos XVIII y XIX en Europa, muchos enamorados secretos solían usar joyería con reproducciones de los ojos de su amante, un guiño que sólo podía ser entendido por dos personas, una moda ciertamente fetichista que establecía un lenguaje amoroso codificado y que fue un frecuente acompañante de las relaciones clandestinas.

Existen quienes afirman que este tipo de ornamento comenzó a usarse en Francia, pero la versión más extendida cuenta que fue el príncipe de Gales, el futuro Rey Jorge IV de Inglaterra, quien lo utilizó por primera vez. Conocido por su extravagante estilo de vida y sus muchos romances, cuando tenía 21 años, el soberano se enamoró de María Ana Fitzherbert, una mujer católica, 6 años mayor que él, que había enviudado dos veces. Entonces las leyes del reino prohibían que un heredero al trono se casara con alguien sin el visto bueno del rey, y mucho menos con un católico, pues el protestantismo era la religión oficial. Después de cortejarla sin éxito, se dice que Jorge fingió un intento de suicidio y le mandó a María un pequeño retrato de su ojo. Ella finalmente accedió a casarse con él en 1785, pero su matrimonio fue pronto anulado y él tuvo que casarse con su prima, la princesa Carolina de Brunswick. Sin embargo, la historia de su romance habría de iniciar un gusto generalizado por poseer y portar, aunque fuera simbólicamente, los ojos del amante.

Utilizar joyería con el retrato de un ser amado (casi siempre en relicarios o dijes) era común en la Europa de entonces, incluso se acostumbraba portar mechones de pelo del amante o persona querida, pero el retrato del ojo por sí solo representó una costumbre totalmente novedosa. Conocidas como “ojos miniatura” (eye miniatures), estas pequeñas reproducciones se colocaban en broches, pendientes, pulseras, dijes y anillos, y eran pintadas minuciosamente con acuarela sobre marfil. Estos adornos se portaban en la muñeca o cerca del corazón —la cercanía táctil reflejaba una proximidad sentimental— y se distinguían por su discreción: sólo quien lo usaba y su amante conocían el significado del gesto, una experiencia íntima y, por qué no, profundamente romántica.

Con el tiempo esta costumbre se extendió, y comenzó a utilizarse también con miembros cercanos de la familia; si se trataba de un amante o ser querido que había fallecido, los ojos miniatura se adornaban con perlas que simbolizaban las lágrimas derramadas por la pérdida. Así, los ojos del amante desarrollaron una estética propia, excéntrica y sugestiva.

Hoy en día, sólo sobreviven alrededor de mil de estas preciosas miniaturas, casi todas ellas producidas entre 1780 y 1830 en Europa occidental, Rusia y, en menor medida, Estados Unidos. La encantadora discreción de esta joyería ha sobrevivido al tiempo: aún hoy es casi imposible determinar quién es la persona cuyos ojos aparecen en estos pequeños retratos. Su particular belleza nos recuerda el innegable poder de la mirada y el simbolismo elemental de los ojos, que son capaces de hablar en un lenguaje intuitivo y enigmático.

 

 

*Imagen: 1) Lover’s Eye,  Dale T. Johnson Fund, 1999 / Wikimedia Commons

A pesar de su uso desmesurado, de la obviedad de su alusión, la metáfora que define los ojos como “ventanas del alma” se sostiene como esencial y puede llevarse aún a otro nivel: los ojos por la persona (la parte por el todo). Durante los siglos XVIII y XIX en Europa, muchos enamorados secretos solían usar joyería con reproducciones de los ojos de su amante, un guiño que sólo podía ser entendido por dos personas, una moda ciertamente fetichista que establecía un lenguaje amoroso codificado y que fue un frecuente acompañante de las relaciones clandestinas.

Existen quienes afirman que este tipo de ornamento comenzó a usarse en Francia, pero la versión más extendida cuenta que fue el príncipe de Gales, el futuro Rey Jorge IV de Inglaterra, quien lo utilizó por primera vez. Conocido por su extravagante estilo de vida y sus muchos romances, cuando tenía 21 años, el soberano se enamoró de María Ana Fitzherbert, una mujer católica, 6 años mayor que él, que había enviudado dos veces. Entonces las leyes del reino prohibían que un heredero al trono se casara con alguien sin el visto bueno del rey, y mucho menos con un católico, pues el protestantismo era la religión oficial. Después de cortejarla sin éxito, se dice que Jorge fingió un intento de suicidio y le mandó a María un pequeño retrato de su ojo. Ella finalmente accedió a casarse con él en 1785, pero su matrimonio fue pronto anulado y él tuvo que casarse con su prima, la princesa Carolina de Brunswick. Sin embargo, la historia de su romance habría de iniciar un gusto generalizado por poseer y portar, aunque fuera simbólicamente, los ojos del amante.

Utilizar joyería con el retrato de un ser amado (casi siempre en relicarios o dijes) era común en la Europa de entonces, incluso se acostumbraba portar mechones de pelo del amante o persona querida, pero el retrato del ojo por sí solo representó una costumbre totalmente novedosa. Conocidas como “ojos miniatura” (eye miniatures), estas pequeñas reproducciones se colocaban en broches, pendientes, pulseras, dijes y anillos, y eran pintadas minuciosamente con acuarela sobre marfil. Estos adornos se portaban en la muñeca o cerca del corazón —la cercanía táctil reflejaba una proximidad sentimental— y se distinguían por su discreción: sólo quien lo usaba y su amante conocían el significado del gesto, una experiencia íntima y, por qué no, profundamente romántica.

Con el tiempo esta costumbre se extendió, y comenzó a utilizarse también con miembros cercanos de la familia; si se trataba de un amante o ser querido que había fallecido, los ojos miniatura se adornaban con perlas que simbolizaban las lágrimas derramadas por la pérdida. Así, los ojos del amante desarrollaron una estética propia, excéntrica y sugestiva.

Hoy en día, sólo sobreviven alrededor de mil de estas preciosas miniaturas, casi todas ellas producidas entre 1780 y 1830 en Europa occidental, Rusia y, en menor medida, Estados Unidos. La encantadora discreción de esta joyería ha sobrevivido al tiempo: aún hoy es casi imposible determinar quién es la persona cuyos ojos aparecen en estos pequeños retratos. Su particular belleza nos recuerda el innegable poder de la mirada y el simbolismo elemental de los ojos, que son capaces de hablar en un lenguaje intuitivo y enigmático.

 

 

*Imagen: 1) Lover’s Eye,  Dale T. Johnson Fund, 1999 / Wikimedia Commons