Los tambores de Calanda acompañaron a Luis Buñuel durante toda su vida. En sus impagables memorias, publicadas bajo el buñuelesco título de Mi último suspiro, él dedica un capítulo completo a describir una peculiar tradición de su ciudad natal: los tambores suenan desde el mediodía del Viernes Santo hasta la misma hora del sábado siguiente. El genio del surrealismo lo describió así: “los tambores, fenómeno asombroso, arrollador, cósmico, que roza el inconsciente colectivo, hacen temblar el suelo bajo nuestros pies”. En su película Nazarín, el incorruptible cura interpretado por Francisco Rabal continuaba su tortuosa peregrinación bajo ese signo apocalíptico.

Ese redoble sísmico que Buñuel decía haber escuchado por primera vez desde su cuna, cuando contaba tan solo dos meses de edad, ofrece una sugerente metáfora a la vida de un hombre firmemente enraizado en la tierra, en los placeres mundanos, que de ninguna manera excluían para él la posibilidad del vuelo imaginativo o el delirio onírico. Las memorias de Luis Buñuel presentan el testimonio de excepción de un hombre que vivió algunos de los momentos más emocionantes y convulsos del siglo XX, sin excluir por ello los pequeños placeres cotidianos que los acompañaron. Prueba de ello es el capítulo que, a modo de panegírico, dedica a los bares:

Yo he pasado en los bares horas deliciosas. El bar es para mí un lugar de meditación y recogimiento, sin el cual la vida es inconcebible. […] yo, en los bares, he pasado largos ratos de ensueño, hablando rara vez con el camarero y siempre conmigo mismo, invadido por cortejos de imágenes a cual más sorprendente.

Pero si había algo fundamental para Luis Buñuel, algo capaz de tensar sus fibras creativas al máximo y susurrar a su oído surrealista algunas de las imágenes más poderosas de la historia del cine, eso era, sin duda alguna, el dry martini: “Dado el papel primordial que ha jugado el dry martini en esta vida que estoy contando, debo consagrarle una o dos páginas”.

Dicho y hecho. Buñuel nos describe con todo tipo de detalles el difícil arte de crear un dry martini inspirador:

Hubo una época en la que en Norteamérica se decía que un buen dry martini debe parecerse a la concepción de La Virgen. Efectivamente, ya se sabe que, según Santo Tomás de Aquino, el poder generador del Espíritu Santo pasó a través del himen de la Virgen “como un rayo de sol atraviesa un cristal, sin romperlo”. Pues el Noilly-Part, lo mismo. Pero a mí me parece una exageración.

Otra recomendación: el hielo debe ser muy duro, para que no suelte agua. No hay nada peor que un Martini mojado. Permítaseme dar mi fórmula personal, fruto de una larga experiencia, con la que siempre obtengo un éxito bastante halagüeño.

Pongo en la nevera todo lo necesario, copas, ginebra y coctelera, la víspera del día en que espero invitados. Tengo un termómetro que me permite comprobar que el hielo está a unos veinte grados bajo cero.

Al día siguiente, cuando llegan los amigos, saco todo lo que necesito. Primeramente, sobre el hielo bien duro echo unas gotas de Noilly-Prat y media cucharadita de café, de angostura, lo agito bien y tiro el líquido, conservando únicamente el hielo que ha quedado, levemente perfumado por los dos ingredientes. Sobre ese hielo vierto la ginebra pura, agito y sirvo. Eso es todo, y resulta insuperable.

Imagen: Dominio público

Los tambores de Calanda acompañaron a Luis Buñuel durante toda su vida. En sus impagables memorias, publicadas bajo el buñuelesco título de Mi último suspiro, él dedica un capítulo completo a describir una peculiar tradición de su ciudad natal: los tambores suenan desde el mediodía del Viernes Santo hasta la misma hora del sábado siguiente. El genio del surrealismo lo describió así: “los tambores, fenómeno asombroso, arrollador, cósmico, que roza el inconsciente colectivo, hacen temblar el suelo bajo nuestros pies”. En su película Nazarín, el incorruptible cura interpretado por Francisco Rabal continuaba su tortuosa peregrinación bajo ese signo apocalíptico.

Ese redoble sísmico que Buñuel decía haber escuchado por primera vez desde su cuna, cuando contaba tan solo dos meses de edad, ofrece una sugerente metáfora a la vida de un hombre firmemente enraizado en la tierra, en los placeres mundanos, que de ninguna manera excluían para él la posibilidad del vuelo imaginativo o el delirio onírico. Las memorias de Luis Buñuel presentan el testimonio de excepción de un hombre que vivió algunos de los momentos más emocionantes y convulsos del siglo XX, sin excluir por ello los pequeños placeres cotidianos que los acompañaron. Prueba de ello es el capítulo que, a modo de panegírico, dedica a los bares:

Yo he pasado en los bares horas deliciosas. El bar es para mí un lugar de meditación y recogimiento, sin el cual la vida es inconcebible. […] yo, en los bares, he pasado largos ratos de ensueño, hablando rara vez con el camarero y siempre conmigo mismo, invadido por cortejos de imágenes a cual más sorprendente.

Pero si había algo fundamental para Luis Buñuel, algo capaz de tensar sus fibras creativas al máximo y susurrar a su oído surrealista algunas de las imágenes más poderosas de la historia del cine, eso era, sin duda alguna, el dry martini: “Dado el papel primordial que ha jugado el dry martini en esta vida que estoy contando, debo consagrarle una o dos páginas”.

Dicho y hecho. Buñuel nos describe con todo tipo de detalles el difícil arte de crear un dry martini inspirador:

Hubo una época en la que en Norteamérica se decía que un buen dry martini debe parecerse a la concepción de La Virgen. Efectivamente, ya se sabe que, según Santo Tomás de Aquino, el poder generador del Espíritu Santo pasó a través del himen de la Virgen “como un rayo de sol atraviesa un cristal, sin romperlo”. Pues el Noilly-Part, lo mismo. Pero a mí me parece una exageración.

Otra recomendación: el hielo debe ser muy duro, para que no suelte agua. No hay nada peor que un Martini mojado. Permítaseme dar mi fórmula personal, fruto de una larga experiencia, con la que siempre obtengo un éxito bastante halagüeño.

Pongo en la nevera todo lo necesario, copas, ginebra y coctelera, la víspera del día en que espero invitados. Tengo un termómetro que me permite comprobar que el hielo está a unos veinte grados bajo cero.

Al día siguiente, cuando llegan los amigos, saco todo lo que necesito. Primeramente, sobre el hielo bien duro echo unas gotas de Noilly-Prat y media cucharadita de café, de angostura, lo agito bien y tiro el líquido, conservando únicamente el hielo que ha quedado, levemente perfumado por los dos ingredientes. Sobre ese hielo vierto la ginebra pura, agito y sirvo. Eso es todo, y resulta insuperable.

Imagen: Dominio público