El minimalismo que llegó a Occidente de las culturas orientales tiene sus bases en una discreta palabra que celebra, no a las cosas, sino al espacio vacío que existe entre ellas: el término japonés ma. Este concepto —que puede encontrarse en muchos aspectos de la cultura japonesa como la arquitectura, el diseño de interiores y jardines, la música y la poesía (en la hermosa sencillez de haikú, por ejemplo)— explica la importancia que puede cobrar un objeto, un sonido, un acto o una idea si sucede o existe en un espacio vacío, paradójicamente, el único lugar donde todo puede tomar forma y cobrar sentido.

El ma, que podría traducirse como “vacío” o “pausa”, inunda muchos aspectos de la cultura japonesa (donde el silencio nunca es incómodo), desde los espacios físicos y sus expresiones artísticas, hasta algunas de sus más sofisticadas prácticas interiores. Pensemos, por ejemplo, en el discurso, donde es precisamente el silencio que existe entre las palabras lo que las hace cobrar importancia y profundidad; también podríamos hablar de este término en la música (algo que nos recuerda, irremediablemente, la obra del gran John Cage), donde es el espacio en blanco, el no-sonido, lo que permite que la música exista; dicho de otra manera, el silencio es el sostén de la sonoridad.

La filosofía del ma llega a lugares tan recónditos de la vida de un japonés, que cuando a éste aprende a hacer la tradicional reverencia de saludo, deberá hacerlo con una pausa antes de enderezar su postura para que el gesto cobre fuerza, y transmita el respeto que debe. La ceremonia japonesa del té también necesita de una buena dosis de ma, que se encuentra en el silencio, el aislamiento y la calma que ostentan los salones donde se realiza este ritual, convirtiéndolo en una pausa de la vida cotidiana.

En Occidente el ma ha tocado con fuerza disciplinas como el diseño, el arte y la arquitectura, pero este concepto, concebido más bien como práctica, podría llevarse a aspectos sutiles de la vida, a nuestras actividades cotidianas, a nuestros mecanismos mentales y a nuestros rituales diarios. En este contexto, el exceso de actividad, de cosas qué hacer, incluso de pensamientos y palabras, son profundamente nocivos y son capaces de invadir nuestra percepción al punto de impedirnos disfrutar las cosas más simples de la existencia. Por otro lado, el exceso de objetos, de pertenencias, también tiene la capacidad de restarles valor; en una casa llena de cosas, es casi imposible apreciarlas una por una. De la misma manera, un plato lleno de comida podría hacer que perdiéramos la capacidad de disfrutar cada platillo y cada sabor; así el concepto nipón del ma también hace cuestionamientos imprescindibles en torno a los excesos.

Algunas acciones simples, como hacer pequeñas pausas entre nuestras actividades, entre nuestras palabras o pensamientos podría ser una hermosa manera de actuar con más sabiduría (no apresurando nuestras decisiones, por ejemplo). La lección es simple: aprender a disfrutar la sustancia y también la no sustancia, el sonido y el silencio, la acción y la inactividad. En este sentido, el ma, un monosílabo que en su simpleza es profundamente complejo, no sucede fuera de nosotros, es algo que sucede en nuestra percepción como una transformación profundamente satisfactoria donde el vacío está lleno de posibilidades (una de las razones, quizá, por las que el desierto y su desnudez invitan al ejercicio espiritual).

 

 

*Imagen: 1) Dominio Publico

El minimalismo que llegó a Occidente de las culturas orientales tiene sus bases en una discreta palabra que celebra, no a las cosas, sino al espacio vacío que existe entre ellas: el término japonés ma. Este concepto —que puede encontrarse en muchos aspectos de la cultura japonesa como la arquitectura, el diseño de interiores y jardines, la música y la poesía (en la hermosa sencillez de haikú, por ejemplo)— explica la importancia que puede cobrar un objeto, un sonido, un acto o una idea si sucede o existe en un espacio vacío, paradójicamente, el único lugar donde todo puede tomar forma y cobrar sentido.

El ma, que podría traducirse como “vacío” o “pausa”, inunda muchos aspectos de la cultura japonesa (donde el silencio nunca es incómodo), desde los espacios físicos y sus expresiones artísticas, hasta algunas de sus más sofisticadas prácticas interiores. Pensemos, por ejemplo, en el discurso, donde es precisamente el silencio que existe entre las palabras lo que las hace cobrar importancia y profundidad; también podríamos hablar de este término en la música (algo que nos recuerda, irremediablemente, la obra del gran John Cage), donde es el espacio en blanco, el no-sonido, lo que permite que la música exista; dicho de otra manera, el silencio es el sostén de la sonoridad.

La filosofía del ma llega a lugares tan recónditos de la vida de un japonés, que cuando a éste aprende a hacer la tradicional reverencia de saludo, deberá hacerlo con una pausa antes de enderezar su postura para que el gesto cobre fuerza, y transmita el respeto que debe. La ceremonia japonesa del té también necesita de una buena dosis de ma, que se encuentra en el silencio, el aislamiento y la calma que ostentan los salones donde se realiza este ritual, convirtiéndolo en una pausa de la vida cotidiana.

En Occidente el ma ha tocado con fuerza disciplinas como el diseño, el arte y la arquitectura, pero este concepto, concebido más bien como práctica, podría llevarse a aspectos sutiles de la vida, a nuestras actividades cotidianas, a nuestros mecanismos mentales y a nuestros rituales diarios. En este contexto, el exceso de actividad, de cosas qué hacer, incluso de pensamientos y palabras, son profundamente nocivos y son capaces de invadir nuestra percepción al punto de impedirnos disfrutar las cosas más simples de la existencia. Por otro lado, el exceso de objetos, de pertenencias, también tiene la capacidad de restarles valor; en una casa llena de cosas, es casi imposible apreciarlas una por una. De la misma manera, un plato lleno de comida podría hacer que perdiéramos la capacidad de disfrutar cada platillo y cada sabor; así el concepto nipón del ma también hace cuestionamientos imprescindibles en torno a los excesos.

Algunas acciones simples, como hacer pequeñas pausas entre nuestras actividades, entre nuestras palabras o pensamientos podría ser una hermosa manera de actuar con más sabiduría (no apresurando nuestras decisiones, por ejemplo). La lección es simple: aprender a disfrutar la sustancia y también la no sustancia, el sonido y el silencio, la acción y la inactividad. En este sentido, el ma, un monosílabo que en su simpleza es profundamente complejo, no sucede fuera de nosotros, es algo que sucede en nuestra percepción como una transformación profundamente satisfactoria donde el vacío está lleno de posibilidades (una de las razones, quizá, por las que el desierto y su desnudez invitan al ejercicio espiritual).

 

 

*Imagen: 1) Dominio Publico