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En cada cultura, las diferentes técnicas de preservación de la vida a través de la salud (lo que después fue la medicina) y los mecanismos para establecer contacto con otros seres y aprender de ellos (campos luego ocupados por la psicología o el arte) estaban englobados en visiones coherentes y sin fisuras, como un mismo continuo elemental. A estas técnicas se les conoció en otro tiempo con el nombre de grimorio, lenguaje o simplemente el arte.

Alan Moore, guionista de cómics como V for Vendetta y From Hell, afirma que en otro tiempo la magia no era sino la manera de producir cambios en la conciencia por medio de procedimientos precisos, transmitidos a través de un proceso de transformación (o iniciación) marcado por una línea indivisa que se remonta al origen del hombre.

Así pues, la pirámide móvil del Tarot, al perder su sentido ritual, se convirtió en un juego de cartas; los rituales cotidianos se volvieron supersticiones, repetidas como formas vacías por medio de la ignorancia, y el conocimiento de la capacidad para producir tales cambios (positivos o negativos según el punto de vista del observador) se perdió, al menos parcialmente, en la noche de los tiempos.

Sin embargo, la magia sigue estando presente en muchas formas en nuestra vida cotidiana. Los manuales de magia del siglo XIX, por ejemplo, instaban a los chicos a producir el asombro de su audiencia a través de cientos de trucos de cartas, pañuelos y conejos en chisteras. El mago subió al escenario para asombrar a aquellos que disfrutaban poner a prueba su escepticismo.

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Aún en su forma de entretenimiento (pensemos en los vistosos espectáculos de Las Vegas), los principios básicos del ilusionismo son como la forma vacía de la vieja magia, donde aún laten sus postulados fundamentales; uno de estos es que la realidad es un constructo que puede desarticularse si se conocen las técnicas apropiadas. Probablemente no sea posible hacer que un elefante desaparezca de un escenario, pero es posible producir un reacomodo en la percepción que de ese elefante tiene un público. Ahora lo ven; ahora no lo ven.

Según la física moderna, los objetos que tienen masa desaparecen cuando su velocidad tiende a la velocidad de la luz. Con apenas una novena parte de esa velocidad el objeto se encogería; si hipotéticamente pudiéramos hacer que un objeto fuera tan rápido como la luz, este se desvanecería, o más propiamente, se convertiría en energía. A pesar de que esto no forme parte de nuestra vida cotidiana, nos sigue encantando ver cómo un mago hace desaparecer “mágicamente” una moneda en su boca, para luego hacerla aparecer nuevamente tras la oreja de un niño.

Entre el mundo de lo desconocido y el mundo cotidiano, los magos realizan cruces, conservando, sin embargo, la división entre ambas fronteras. Al ver que el mago comienza a levitar, o que adivina el número de nuestra carta, estamos viendo algo que no se supone que deberíamos ver según el acuerdo racional que tenemos con la realidad; al romper este acuerdo, el mago nos lleva a otro estado de percepción: uno de apertura y asombro infantil, no importa que seamos adultos. Sabemos racionalmente que hay un truco, pero la magia del mago consiste en asombrarnos y en hacer que el truco sea efectivo.

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La magia, en realidad, no es sino otro nombre de los muchos posibles que damos al asombro.

¿Son mentiras estos actos? La mentira se produce cuando deliberadamente queremos convencer a alguien de una realidad falsa; pero no hay falsedad en la técnica ni en su aplicación. Además, como decía un viejo mago, un truco de magia nunca engañará a nadie que no desee ser engañado con anterioridad.

La magia está ahí, en todas partes, esperando que alguien la descubra.

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Pintura por Király András

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En cada cultura, las diferentes técnicas de preservación de la vida a través de la salud (lo que después fue la medicina) y los mecanismos para establecer contacto con otros seres y aprender de ellos (campos luego ocupados por la psicología o el arte) estaban englobados en visiones coherentes y sin fisuras, como un mismo continuo elemental. A estas técnicas se les conoció en otro tiempo con el nombre de grimorio, lenguaje o simplemente el arte.

Alan Moore, guionista de cómics como V for Vendetta y From Hell, afirma que en otro tiempo la magia no era sino la manera de producir cambios en la conciencia por medio de procedimientos precisos, transmitidos a través de un proceso de transformación (o iniciación) marcado por una línea indivisa que se remonta al origen del hombre.

Así pues, la pirámide móvil del Tarot, al perder su sentido ritual, se convirtió en un juego de cartas; los rituales cotidianos se volvieron supersticiones, repetidas como formas vacías por medio de la ignorancia, y el conocimiento de la capacidad para producir tales cambios (positivos o negativos según el punto de vista del observador) se perdió, al menos parcialmente, en la noche de los tiempos.

Sin embargo, la magia sigue estando presente en muchas formas en nuestra vida cotidiana. Los manuales de magia del siglo XIX, por ejemplo, instaban a los chicos a producir el asombro de su audiencia a través de cientos de trucos de cartas, pañuelos y conejos en chisteras. El mago subió al escenario para asombrar a aquellos que disfrutaban poner a prueba su escepticismo.

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Aún en su forma de entretenimiento (pensemos en los vistosos espectáculos de Las Vegas), los principios básicos del ilusionismo son como la forma vacía de la vieja magia, donde aún laten sus postulados fundamentales; uno de estos es que la realidad es un constructo que puede desarticularse si se conocen las técnicas apropiadas. Probablemente no sea posible hacer que un elefante desaparezca de un escenario, pero es posible producir un reacomodo en la percepción que de ese elefante tiene un público. Ahora lo ven; ahora no lo ven.

Según la física moderna, los objetos que tienen masa desaparecen cuando su velocidad tiende a la velocidad de la luz. Con apenas una novena parte de esa velocidad el objeto se encogería; si hipotéticamente pudiéramos hacer que un objeto fuera tan rápido como la luz, este se desvanecería, o más propiamente, se convertiría en energía. A pesar de que esto no forme parte de nuestra vida cotidiana, nos sigue encantando ver cómo un mago hace desaparecer “mágicamente” una moneda en su boca, para luego hacerla aparecer nuevamente tras la oreja de un niño.

Entre el mundo de lo desconocido y el mundo cotidiano, los magos realizan cruces, conservando, sin embargo, la división entre ambas fronteras. Al ver que el mago comienza a levitar, o que adivina el número de nuestra carta, estamos viendo algo que no se supone que deberíamos ver según el acuerdo racional que tenemos con la realidad; al romper este acuerdo, el mago nos lleva a otro estado de percepción: uno de apertura y asombro infantil, no importa que seamos adultos. Sabemos racionalmente que hay un truco, pero la magia del mago consiste en asombrarnos y en hacer que el truco sea efectivo.

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La magia, en realidad, no es sino otro nombre de los muchos posibles que damos al asombro.

¿Son mentiras estos actos? La mentira se produce cuando deliberadamente queremos convencer a alguien de una realidad falsa; pero no hay falsedad en la técnica ni en su aplicación. Además, como decía un viejo mago, un truco de magia nunca engañará a nadie que no desee ser engañado con anterioridad.

La magia está ahí, en todas partes, esperando que alguien la descubra.

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Pintura por Király András

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