La utopía ha sido una constante del pensamiento humano, a veces solo como una metáfora que hace ver de manera más clara las deficiencia de una sociedad y otras como una suerte de estado inalcanzable por definición pero al cual podemos aspirar. En este sentido, utopías como la de Tomás Moro son solo experimentos mentales que responden a la pregunta “¿Qué pasaría si…?”, mientras que otras buscan probar la idea en la realidad para conocer su verdadero alcance.

En el sur de España existe una comunidad que desde hace más de 30 años vive el sueño utópico. Se trata de Marinaleda, un poblado andaluz que como casi ninguno en el mundo puede presumir su falta de dos tipos de personas: policías y desempleados. No es necesario alguien que haga cumplir la ley y, entre sus casi 3 mil habitantes, no hay nadie que sufra cada día porque no tiene un trabajo remunerado.

La historia de Marinaleda es amplia, casi tanto como la lista de características que vuelven admirable su modelo de vida. En su origen la ciudad se pobló sobre todo de jornaleros sin trabajo ni grandes montos de dinero consigo que, por estas mismas razones, creían que el futuro había terminado para ellos. Con todo, su ahora legendario alcalde, Juan Manuel Sánchez Gordillo, implementó un sistema en el que todos los habitantes de la ciudad trabajarían en una misma cooperativa durante el mismo periodo y con el mismo salario. Asimismo, en cuestión de vivienda, el municipio administraría el alquiler, además de que se prohibió comprar o vender una propiedad con fines de ganancia económica.

Con estas y otras medidas, Marinaleda sobrevivió a la crisis económica que el resto de España vivió a finales de los años 70, con el añadido de que autoridades y habitantes lo consiguieron con prácticas que desafiaban frontalmente al capitalismo y su voracidad. En años recientes también han sobrevivido en esta travesía contestataria, preservando su cooperativismo como la principal fuerza que les permite resistir ahí donde el resto del mundo se adhiere dócilmente a formas de vida que implican explotación, destrucción, egoísmo y otras conductas afines.

¿La utopía es posible? Puede ser que sí. En todo caso, ejemplos como el de Marinaleda nos hacen ver que sin importar que todo esté en contra, es necesario intentarlo, hacer de la idea una realidad, día a día, descubriendo su posibilidad en el camino.

La utopía ha sido una constante del pensamiento humano, a veces solo como una metáfora que hace ver de manera más clara las deficiencia de una sociedad y otras como una suerte de estado inalcanzable por definición pero al cual podemos aspirar. En este sentido, utopías como la de Tomás Moro son solo experimentos mentales que responden a la pregunta “¿Qué pasaría si…?”, mientras que otras buscan probar la idea en la realidad para conocer su verdadero alcance.

En el sur de España existe una comunidad que desde hace más de 30 años vive el sueño utópico. Se trata de Marinaleda, un poblado andaluz que como casi ninguno en el mundo puede presumir su falta de dos tipos de personas: policías y desempleados. No es necesario alguien que haga cumplir la ley y, entre sus casi 3 mil habitantes, no hay nadie que sufra cada día porque no tiene un trabajo remunerado.

La historia de Marinaleda es amplia, casi tanto como la lista de características que vuelven admirable su modelo de vida. En su origen la ciudad se pobló sobre todo de jornaleros sin trabajo ni grandes montos de dinero consigo que, por estas mismas razones, creían que el futuro había terminado para ellos. Con todo, su ahora legendario alcalde, Juan Manuel Sánchez Gordillo, implementó un sistema en el que todos los habitantes de la ciudad trabajarían en una misma cooperativa durante el mismo periodo y con el mismo salario. Asimismo, en cuestión de vivienda, el municipio administraría el alquiler, además de que se prohibió comprar o vender una propiedad con fines de ganancia económica.

Con estas y otras medidas, Marinaleda sobrevivió a la crisis económica que el resto de España vivió a finales de los años 70, con el añadido de que autoridades y habitantes lo consiguieron con prácticas que desafiaban frontalmente al capitalismo y su voracidad. En años recientes también han sobrevivido en esta travesía contestataria, preservando su cooperativismo como la principal fuerza que les permite resistir ahí donde el resto del mundo se adhiere dócilmente a formas de vida que implican explotación, destrucción, egoísmo y otras conductas afines.

¿La utopía es posible? Puede ser que sí. En todo caso, ejemplos como el de Marinaleda nos hacen ver que sin importar que todo esté en contra, es necesario intentarlo, hacer de la idea una realidad, día a día, descubriendo su posibilidad en el camino.

Etiquetado: , , ,