Los paisajes imaginarios de Marsha Cottrell (Filadelfia, 1964), provienen de un incierto pero metódico proceder en la creación digital. Armada con lo que ella considera su biblioteca personal, la cual es un compendio de imágenes digitales que ha generado a lo largo de los años, Cottrell produce espacios oníricos, cartografías estelares, mapas lumínicos de un viaje espacial.

La artista menciona la influencia que los dibujos de Leonardo da Vinci han tenido en su obra, además de los dibujos cartográficos y las tormentas. La pintura de paisaje también es algo que claramente ha marcado la gráfica digital de Cottrell. En cierto modo, las piezas de Marsha remiten a los increíbles grabados de Piranesi, donde las texturas y los patrones rocosos de las cárceles imaginarias nos incitan al ejercicio contemplativo, una minuciosa cautela que nos hace recorrer la obra y encontrar escondites secretos o escaleras que conducen hacia ningún lado.

Es remarcable el interés que muestra la artista por la factura final en cada serie: desde hace tiempo ha estado investigando el proceso de impresión que dé el volumen necesario a las líneas, que tenga la saturación adecuada en el negro y que otorgue esa especie de pátina que distingue a algunas de sus piezas; los resultados han evolucionado con el tiempo, y en la última serie que trabajó combinó el dibujo con el desarrollo digital. El resultado es una bella emulación de las atmósferas que se crean con la gráfica tradicional, un particular encanto que convierte a la obra en piezas que pueden ser de un pasado distante o de algún futuro lejano.

Cottrell menciona la utilización de marcas que ha generado con el paso del tiempo, marcas que en su conjunto generan espacios, gracias a la ilusión de profundidad que se crea cuando todos los elementos conviven en el formato.

Estos mapas generan recorridos fantásticos en las ciudades elementales que todos traemos dentro, las místicas ciudades invisibles sobre las que Italo Calvino colocó a Marco Polo, estas etéreas ciudades brumosas que se convierten en una especie de experiencia poética espacial.

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Los paisajes imaginarios de Marsha Cottrell (Filadelfia, 1964), provienen de un incierto pero metódico proceder en la creación digital. Armada con lo que ella considera su biblioteca personal, la cual es un compendio de imágenes digitales que ha generado a lo largo de los años, Cottrell produce espacios oníricos, cartografías estelares, mapas lumínicos de un viaje espacial.

La artista menciona la influencia que los dibujos de Leonardo da Vinci han tenido en su obra, además de los dibujos cartográficos y las tormentas. La pintura de paisaje también es algo que claramente ha marcado la gráfica digital de Cottrell. En cierto modo, las piezas de Marsha remiten a los increíbles grabados de Piranesi, donde las texturas y los patrones rocosos de las cárceles imaginarias nos incitan al ejercicio contemplativo, una minuciosa cautela que nos hace recorrer la obra y encontrar escondites secretos o escaleras que conducen hacia ningún lado.

Es remarcable el interés que muestra la artista por la factura final en cada serie: desde hace tiempo ha estado investigando el proceso de impresión que dé el volumen necesario a las líneas, que tenga la saturación adecuada en el negro y que otorgue esa especie de pátina que distingue a algunas de sus piezas; los resultados han evolucionado con el tiempo, y en la última serie que trabajó combinó el dibujo con el desarrollo digital. El resultado es una bella emulación de las atmósferas que se crean con la gráfica tradicional, un particular encanto que convierte a la obra en piezas que pueden ser de un pasado distante o de algún futuro lejano.

Cottrell menciona la utilización de marcas que ha generado con el paso del tiempo, marcas que en su conjunto generan espacios, gracias a la ilusión de profundidad que se crea cuando todos los elementos conviven en el formato.

Estos mapas generan recorridos fantásticos en las ciudades elementales que todos traemos dentro, las místicas ciudades invisibles sobre las que Italo Calvino colocó a Marco Polo, estas etéreas ciudades brumosas que se convierten en una especie de experiencia poética espacial.

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