Las películas de espías producidas en Hollywood suelen contar con personajes femeninos cuyo atractivo recae en la ambigüedad: por un lado son atractivas para el protagonista (siempre masculino) como James Bond, pero por otro lado parecen tener sus propias motivaciones y lealtades ocultas, casi siempre torcidas o traicioneras. Estas ideas deben mucho a un drama político jugado en la prensa francesa durante la Primera Guerra Mundial, así como a una mujer que se vio inmersa en las convulsiones militares de la época y lo pagó con su vida: Margaretha Geertruida Zelle, a quien la Historia recuerda con el trístemente célebre mote de “Mata Hari”.

Margaretha nació en Holanda el 7 de agosto de 1876. Se casó muy joven con un capitán naval, con quien tuvo dos hijos que murieron en circunstancias trágicas y de quien finalmente se separó en 1902 a causa de la violencia que sufrió a su lado. Para mantener a su hija mayor se mudó a París y comenzó una prolífica carrera como bailarina exótica adaptando los recursos del cabaret —tan de moda por aquellos días en la “ciudad luz”— a la danza tradicional indonesa, en la cual se volvió experta. Así fue que adoptó el nombre escénico de Mata Hari, que significa “ojo del día” o simplemente “sol”.

Probablemente, si los eventos de la Primera Guerra Mundial se hubieran desarrollado de otro modo recordaríamos a Mata Hari no como una espía sino como una gran bailarina; una que hizo giras por toda Europa, creando extraordinarias técnicas que combinaban el exotismo de Oriente con la danza moderna de Occidente, rompiendo la rigidez del ballet clásico a través de la teatralidad del burlesque. Sin embargo, su romance con un piloto aéreo ruso (el capitán Vadim Maslov, quien fue herido en una batalla en 1915, muy lejos de París) y sus contactos con la aristocracia europea (que no veía en ella sino a una acompañante o cortesana de lujo) atrajeron el interés del gobierno francés.

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Los franceses chantajearon a Margaretha para trabajar como espía para ellos como condición para dejarla salir del país y visitar a su amado capitán Maslov, quien había perdido la vista en una batalla en el frente occidental. Lo que los franceses deseaban era que Mata Hari se infiltrara en la aristocracia alemana, concretamente con el príncipe Wilhelm, y que les contara sus secretos. También le ofrecieron dinero, pero la historia demostraría que fue un mal negocio. Georges Ladoux, el oficial francés que reclutó a Mata Hari como espía, en realidad era un agente doble para los alemanes; Ladoux le tendió una trampa y eventualmente armó un caso en su contra, por lo que Margaretha fue sentenciada a morir en el peloton de fusilamiento a los 41 años, mostrando un enorme valor al negarse a ser atada a un poste, con los ojos abiertos. Eventualmente Ladoux también sería juzgado como traidor, pero fue exonerado a falta de pruebas.

La historia de Mata Hari suele contarse como la de una mujer ambiciosa que trabajó y lucró con los dos frentes encontrados en guerra durante la primera gran guerra del siglo XX. Sin embargo, también puede leerse como la historia de una víctima de las intrigas políticas de su tiempo —un peón más en el complicado campo de juego militar, quienes la aprovecharon y desecharon a conveniencia, ejecutándola como recurso final para promover la moral de las tropas francesas.

La belleza e inteligencia de Mata Hari también son una fuente de inspiración, si bien trágica, como las que encontramos en las heroínas de la literatura clásica, como Briseida y Medea. Restituir esta clase de historias a su justa medida no sólo honra a quienes han sido engañados por las artimañas de los políticos profesionales de todos los tiempos, sino que nos permite comprender un poco mejor que el arquetipo de la femme fatale en realidad es una mera construcción de Hollywood que perpetúa los estereotipos femeninos para seguir utilizándolas a su conveniencia, en franco detrimento de la mujer y su lugar en el mundo.

 

*Imágenes: Dominio Público

Las películas de espías producidas en Hollywood suelen contar con personajes femeninos cuyo atractivo recae en la ambigüedad: por un lado son atractivas para el protagonista (siempre masculino) como James Bond, pero por otro lado parecen tener sus propias motivaciones y lealtades ocultas, casi siempre torcidas o traicioneras. Estas ideas deben mucho a un drama político jugado en la prensa francesa durante la Primera Guerra Mundial, así como a una mujer que se vio inmersa en las convulsiones militares de la época y lo pagó con su vida: Margaretha Geertruida Zelle, a quien la Historia recuerda con el trístemente célebre mote de “Mata Hari”.

Margaretha nació en Holanda el 7 de agosto de 1876. Se casó muy joven con un capitán naval, con quien tuvo dos hijos que murieron en circunstancias trágicas y de quien finalmente se separó en 1902 a causa de la violencia que sufrió a su lado. Para mantener a su hija mayor se mudó a París y comenzó una prolífica carrera como bailarina exótica adaptando los recursos del cabaret —tan de moda por aquellos días en la “ciudad luz”— a la danza tradicional indonesa, en la cual se volvió experta. Así fue que adoptó el nombre escénico de Mata Hari, que significa “ojo del día” o simplemente “sol”.

Probablemente, si los eventos de la Primera Guerra Mundial se hubieran desarrollado de otro modo recordaríamos a Mata Hari no como una espía sino como una gran bailarina; una que hizo giras por toda Europa, creando extraordinarias técnicas que combinaban el exotismo de Oriente con la danza moderna de Occidente, rompiendo la rigidez del ballet clásico a través de la teatralidad del burlesque. Sin embargo, su romance con un piloto aéreo ruso (el capitán Vadim Maslov, quien fue herido en una batalla en 1915, muy lejos de París) y sus contactos con la aristocracia europea (que no veía en ella sino a una acompañante o cortesana de lujo) atrajeron el interés del gobierno francés.

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Los franceses chantajearon a Margaretha para trabajar como espía para ellos como condición para dejarla salir del país y visitar a su amado capitán Maslov, quien había perdido la vista en una batalla en el frente occidental. Lo que los franceses deseaban era que Mata Hari se infiltrara en la aristocracia alemana, concretamente con el príncipe Wilhelm, y que les contara sus secretos. También le ofrecieron dinero, pero la historia demostraría que fue un mal negocio. Georges Ladoux, el oficial francés que reclutó a Mata Hari como espía, en realidad era un agente doble para los alemanes; Ladoux le tendió una trampa y eventualmente armó un caso en su contra, por lo que Margaretha fue sentenciada a morir en el peloton de fusilamiento a los 41 años, mostrando un enorme valor al negarse a ser atada a un poste, con los ojos abiertos. Eventualmente Ladoux también sería juzgado como traidor, pero fue exonerado a falta de pruebas.

La historia de Mata Hari suele contarse como la de una mujer ambiciosa que trabajó y lucró con los dos frentes encontrados en guerra durante la primera gran guerra del siglo XX. Sin embargo, también puede leerse como la historia de una víctima de las intrigas políticas de su tiempo —un peón más en el complicado campo de juego militar, quienes la aprovecharon y desecharon a conveniencia, ejecutándola como recurso final para promover la moral de las tropas francesas.

La belleza e inteligencia de Mata Hari también son una fuente de inspiración, si bien trágica, como las que encontramos en las heroínas de la literatura clásica, como Briseida y Medea. Restituir esta clase de historias a su justa medida no sólo honra a quienes han sido engañados por las artimañas de los políticos profesionales de todos los tiempos, sino que nos permite comprender un poco mejor que el arquetipo de la femme fatale en realidad es una mera construcción de Hollywood que perpetúa los estereotipos femeninos para seguir utilizándolas a su conveniencia, en franco detrimento de la mujer y su lugar en el mundo.

 

*Imágenes: Dominio Público