Es un hermoso día en el Ducado de Westarctica. Las temperaturas, como en cualquier verano, son inferiores a los 57 grados Fahrenheit, y el paisaje parece tan desierto como siempre en el lado oeste de la Antártida. Pero este pedazo de tierra (o de hielo, mejor dicho) no reclamado aún como parte de ninguna nación del mundo conocido, es el proyecto a futuro del Gran Duque Travis McHenry de Westarctica y de 300 voluntarios.

Y es que desde hace algunos años se viene desatando un movimiento no formal entre los entusiastas y excéntricos de la geopolítica global que consiste en apropiarse de un ignoto pedazo de territorio en medio del desierto o el bosque y nombrarlo nación autónoma.

Algunos casos recientes son el de Liberland, de 7 km cuadrados, o el Principado de Pontinha, una pequeña isla en Portugal, pero el número total de micronaciones activas se estima en 98, y se reúnen en convenciones anuales como PoliNation o Micronation.

Las convenciones parecen una suerte de festival medieval y reunión de mandatarios de la ONU. Pero ser el (o la) dirigente de tu propia micronación no se trata solamente de diseñar una bandera bonita en Photoshop y poner un lindo lema en un idioma inventado (aunque puedes comenzar por ahí): muchos “líderes de Estado” buscan reconocimiento diplomático oficial de sus respectivos países de origen, muchas veces con el único objetivo de divertirse, de generar conciencia sobre ciertas causas (el Ducado de Westarctica es una ONG de actividades ecológicas y de conservación) y, por qué no, de darle un poco de rienda suelta a la imaginación.

El Departamento de Estado de los (cada vez más) Estados Unidos de América tiene un registro activo de dichas naciones en el “Archivo de Naciones Efímeras”, lo que podría ser un maravilloso título para una novela.

Después de todo, la voluntad de comenzar de cero, por más excéntrico que pueda parecer, es un rasgo común en los expedicionarios y aventureros de todos los tiempos, y la necesidad de volver a un lugar que nos es propio (aunque por el momento sea de alguien más) es el motor detrás de todos los proyectos independentistas, desde los modestos, como renunciar a tu trabajo y dedicarte a lo que realmente amas, hasta los más arriesgados, como fundar de nuevo la civilización bajo las premisas de tolerancia y apoyo mutuo.

Es un hermoso día en el Ducado de Westarctica. Las temperaturas, como en cualquier verano, son inferiores a los 57 grados Fahrenheit, y el paisaje parece tan desierto como siempre en el lado oeste de la Antártida. Pero este pedazo de tierra (o de hielo, mejor dicho) no reclamado aún como parte de ninguna nación del mundo conocido, es el proyecto a futuro del Gran Duque Travis McHenry de Westarctica y de 300 voluntarios.

Y es que desde hace algunos años se viene desatando un movimiento no formal entre los entusiastas y excéntricos de la geopolítica global que consiste en apropiarse de un ignoto pedazo de territorio en medio del desierto o el bosque y nombrarlo nación autónoma.

Algunos casos recientes son el de Liberland, de 7 km cuadrados, o el Principado de Pontinha, una pequeña isla en Portugal, pero el número total de micronaciones activas se estima en 98, y se reúnen en convenciones anuales como PoliNation o Micronation.

Las convenciones parecen una suerte de festival medieval y reunión de mandatarios de la ONU. Pero ser el (o la) dirigente de tu propia micronación no se trata solamente de diseñar una bandera bonita en Photoshop y poner un lindo lema en un idioma inventado (aunque puedes comenzar por ahí): muchos “líderes de Estado” buscan reconocimiento diplomático oficial de sus respectivos países de origen, muchas veces con el único objetivo de divertirse, de generar conciencia sobre ciertas causas (el Ducado de Westarctica es una ONG de actividades ecológicas y de conservación) y, por qué no, de darle un poco de rienda suelta a la imaginación.

El Departamento de Estado de los (cada vez más) Estados Unidos de América tiene un registro activo de dichas naciones en el “Archivo de Naciones Efímeras”, lo que podría ser un maravilloso título para una novela.

Después de todo, la voluntad de comenzar de cero, por más excéntrico que pueda parecer, es un rasgo común en los expedicionarios y aventureros de todos los tiempos, y la necesidad de volver a un lugar que nos es propio (aunque por el momento sea de alguien más) es el motor detrás de todos los proyectos independentistas, desde los modestos, como renunciar a tu trabajo y dedicarte a lo que realmente amas, hasta los más arriesgados, como fundar de nuevo la civilización bajo las premisas de tolerancia y apoyo mutuo.

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