Decía Hermann Hesse que lo sedentario y las fronteras son una especie de prisión para quien practica el libertador arte del nomadismo. Afirmaba que las fronteras detonan guerras y bloqueos (en sentido literal y también metafórico). Y de acuerdo con el espíritu que el alemán nos transmite en El caminante (1920), lo más deseable sería que cada vez más personas ignoraran estos muros insanos a los que nuestra cultura nos ha enseñado a adorar.

En las ciudades existen caminantes singulares que han elegido borrar esas fronteras sacudiéndose el automatismo espacial, y dedicados a cultivar una franca libertad. Llámense vagabundos, nómadas urbanos, ermitaños, locos. Con el tiempo estos personajes se vuelven sombras, incluso fantasmas, y aprovechan esa liviandad para navegar las grietas de un modelo sociocultural que, vale decirlo, pocas veces inspira o promueve una existencia libre.

Para muchos resulta envidiable esta condición. Al vagabundo, que ha renunciado a las fronteras de tiempo y espacio, sólo le resta  escribir su propia historia. Para ello utiliza como materia prima exclusiva los estímulos que absorbe de las calles, incluidas las personas que aparecen en el camino, ingrediente generalmente efímero pero que en el caso del vagabundo checo Miroslav Tichý quedó capturado en su cámara.

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Tichý (1926-2011) es quizá uno de los fotógrafos más innovadores de finales del siglo XX. Este admirable vagabundo vivió 70 años en el anonimato y 15 gozando de la fama que sus peculiares fotografías le atrajeron. En los años 50, antes de convertirse en un ermitaño de las calles, formó parte de la Academia de Bellas Artes de Praga, hasta que sus diferencias con la institución fueron ya inmanejables.

Tras dejar la escuela de pintura se aisló en su pueblo natal, Kyjov, y su vida se vino abajo, siempre saboteada por su radicalismo ideológico. A partir de ahí Miroslav se entregó a la deriva callejera. En la década de los 70 fue huésped recurrente del hospital psiquiátrico y la prisión, hasta que el régimen comunista checo decidió que era sólo un vagabundo inofensivo.

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Sobreviviendo de recolectar basura, Tichý se construyó una cámara fotográfica a partir de latas de conserva, madera y cartón; los lentes los formó con tubos de plomería y la entrada de luz la selló con brea de asfalto; finalmente lijó plexiglás para fabricar la lente.

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Se dice que todas las noches se le veía revelar sus fotografías con una ampliadora, también fabricada a mano, y de ahí emergían singulares imágenes, en particular retratos de mujeres desconocidas –atendiendo a su fascinación creativa por la figura femenina. Un halo de fantasmagórico voyeur, lejos de las convenciones fotográficas de su época, impregnaría la obra del improbable retratista.

En 1994 entraría en contacto con el galerista Harald Szeemann, quien le propone montar su primera exposición en la Bienal de Arte Contemporáneo de Sevilla. A partir de entonces –y siempre negándose a alimentar el mercado del arte– sus obras fueron expuestas en el Museo de Arte Moderno de Frankfurt, el Centro Pompidou de París y el Centro Internacional de Fotografía de Nueva York, entre otros. A pesar de que surgieron cientos de potenciales compradores, algunos de ellos prestigiadas figuras del mundo del arte, Miroslav Tichý no aceptó jamás dinero por sus obras. En cambio, accedió a intercambiar algunas de sus piezas por obras de otros artistas que se interesaban en sus fotografías. Y así nació The Tichy Ocean Foundation.

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Un cirujano de la realidad, un hombre que lejos de la perfección encontró la manera de encausar su propio camino y que terminó, pese a todo, coronando su congruencia. Así la historia de Tichý, quien algo habrá encontrado en sus incontables caminatas callejeras que le permitió trascender las circunstancias y definir, eventualmente, su propia realidad.

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Decía Hermann Hesse que lo sedentario y las fronteras son una especie de prisión para quien practica el libertador arte del nomadismo. Afirmaba que las fronteras detonan guerras y bloqueos (en sentido literal y también metafórico). Y de acuerdo con el espíritu que el alemán nos transmite en El caminante (1920), lo más deseable sería que cada vez más personas ignoraran estos muros insanos a los que nuestra cultura nos ha enseñado a adorar.

En las ciudades existen caminantes singulares que han elegido borrar esas fronteras sacudiéndose el automatismo espacial, y dedicados a cultivar una franca libertad. Llámense vagabundos, nómadas urbanos, ermitaños, locos. Con el tiempo estos personajes se vuelven sombras, incluso fantasmas, y aprovechan esa liviandad para navegar las grietas de un modelo sociocultural que, vale decirlo, pocas veces inspira o promueve una existencia libre.

Para muchos resulta envidiable esta condición. Al vagabundo, que ha renunciado a las fronteras de tiempo y espacio, sólo le resta  escribir su propia historia. Para ello utiliza como materia prima exclusiva los estímulos que absorbe de las calles, incluidas las personas que aparecen en el camino, ingrediente generalmente efímero pero que en el caso del vagabundo checo Miroslav Tichý quedó capturado en su cámara.

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Tichý (1926-2011) es quizá uno de los fotógrafos más innovadores de finales del siglo XX. Este admirable vagabundo vivió 70 años en el anonimato y 15 gozando de la fama que sus peculiares fotografías le atrajeron. En los años 50, antes de convertirse en un ermitaño de las calles, formó parte de la Academia de Bellas Artes de Praga, hasta que sus diferencias con la institución fueron ya inmanejables.

Tras dejar la escuela de pintura se aisló en su pueblo natal, Kyjov, y su vida se vino abajo, siempre saboteada por su radicalismo ideológico. A partir de ahí Miroslav se entregó a la deriva callejera. En la década de los 70 fue huésped recurrente del hospital psiquiátrico y la prisión, hasta que el régimen comunista checo decidió que era sólo un vagabundo inofensivo.

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Sobreviviendo de recolectar basura, Tichý se construyó una cámara fotográfica a partir de latas de conserva, madera y cartón; los lentes los formó con tubos de plomería y la entrada de luz la selló con brea de asfalto; finalmente lijó plexiglás para fabricar la lente.

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Se dice que todas las noches se le veía revelar sus fotografías con una ampliadora, también fabricada a mano, y de ahí emergían singulares imágenes, en particular retratos de mujeres desconocidas –atendiendo a su fascinación creativa por la figura femenina. Un halo de fantasmagórico voyeur, lejos de las convenciones fotográficas de su época, impregnaría la obra del improbable retratista.

En 1994 entraría en contacto con el galerista Harald Szeemann, quien le propone montar su primera exposición en la Bienal de Arte Contemporáneo de Sevilla. A partir de entonces –y siempre negándose a alimentar el mercado del arte– sus obras fueron expuestas en el Museo de Arte Moderno de Frankfurt, el Centro Pompidou de París y el Centro Internacional de Fotografía de Nueva York, entre otros. A pesar de que surgieron cientos de potenciales compradores, algunos de ellos prestigiadas figuras del mundo del arte, Miroslav Tichý no aceptó jamás dinero por sus obras. En cambio, accedió a intercambiar algunas de sus piezas por obras de otros artistas que se interesaban en sus fotografías. Y así nació The Tichy Ocean Foundation.

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Un cirujano de la realidad, un hombre que lejos de la perfección encontró la manera de encausar su propio camino y que terminó, pese a todo, coronando su congruencia. Así la historia de Tichý, quien algo habrá encontrado en sus incontables caminatas callejeras que le permitió trascender las circunstancias y definir, eventualmente, su propia realidad.

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