Uno de los hombres más importantes en la música y la ideología de la segunda mitad del siglo XX fue un músico vagabundo conocido como Moondog. Casi olvidado el día de hoy, alguna vez el mundo lo vio todos los días. Lo vieron todos los neoyorkinos y turistas que pasaron por la sexta avenida y la 53, porque allí vivió durante treinta años, día y noche, como un viejo bardo, ciego, que tocaba sus impresionantes composiciones con instrumentos hechos por él.

Moondog, que medía casi dos metros, se armaba con una lanza más alta que él, un casco de cuero con cuernos vikingos, una capa y una larga barba blanca, y se erguía por ocho horas como una estatua, como una visita de otro mundo, sin que nadie sospechara que allí estaba uno de los grandes compositores de la historia y una de las primeras figuras reales de la contracultura americana.

Louis Thomas Hardin nació en Kansas en 1916, hijo de un pastor y una organista de iglesia. Su infancia estuvo llena de libros –desde Mark Twain hasta la Biblia– y de instrumentos musicales, particularmente percusiones, que sus padres le facilitaron al ver su temprana aptitud por la música. Pero un 4 de julio, cuando tenía 16 años, le explotó una cápsula de dinamita en la cara que lo dejó permanentemente ciego.

En los años que le siguieron a su accidente, Hardin tuvo que aprender braille y ajustarse al divorcio de sus padres. Durante este tiempo, su hermana Ruth se dedicó a leerle todo tipo de tratados filosóficos, científicos y mitológicos, mismos que tendrían eco en su futura personalidad de sabio autóctono, pero sobre todo de vikingo; se había enamorado de la mitología nórdica y se contaba a sí mismo como uno de los druidas que nacieron fuera de lugar y fuera de época. La vida misma conjugó para que Hardin, divorciado de una mujer mayor y aislado de sus amigos, acabara empacando sus instrumentos de música autofabricados y se mudara a Nueva York en busca de una carrera como compositor.

Ya en Nueva York, sin dinero ni aliados, se plantó afuera del Carnegie Hall para conversar con los compositores y músicos que entraban y salían. Después de un par de semanas conoció a Artur Rodzinski, director musical y conductor de la Filarmónica de Nueva York, quien después de escucharlo tocar le ofreció un trato: si Hardin podía producir una composición favorable, Rodzinski le permitiría conducirla en la Filarmónica; pero tenía que producirla él mismo.

Hardin no halló los fondos suficientes para pagar un asistente que tradujera su música del braille, y regresó a las calles a tocar. Aquí empieza la verdadera transformación de Hardin en un fantástico vikingo barbado y genio de la música improvisada. En 1947 se apodó a sí mismo “Moondog”, en homenaje a una mascota de la infancia que “le aullaba a la luna”.

Guarecido en la calles de Nueva York, Moondog sacaba inspiración de los sonidos que lo rodeaban –sirenas de niebla, automóviles, voces, ecos– y de su catálogo de mitologías y sonidos nativos americanos, y logró grabar su primer álbum, llamado “Moondog Symphony”, el cual no se parecía a nada que nadie hubiera producido antes.

Por supuesto, uno de los músicos que quedó deslumbrado con el genio de Moondog fue Philip Glass, quien después de escuchar su sinfonía lo invitó a vivir a su casa por un año entero, durante el cual compusieron música todas las noches acompañados del gran Steve Reich.

Como un Walt Whitman que cantaba en las calles de Norteamérica –que era las calles de Nueva York– Moondog vendía sus poemas a los transeúntes y comenzaba a ganar tracción como uno de los excéntricos más interesantes de Nueva York y un músico laudable. Un día, mientras estaba acuclillado la calle tocando un instrumento de cuerda, le ofrecieron la oportunidad de grabar algunos sencillos, lo cual llevó a que produjera un álbum entero –una colección de ocho raras, exóticas canciones– llamado “Moondog en las calles de Nueva York”, que le ganó incluso una reseña en el Times.

Con la llegada de los beatniks y los hippies de los sesentas, la apreciación por su música anticonformista y extraña creció exponencialmente. Leyendas del jazz como Charlie Parker y Charles Mingus lo consideraron un genio innovador. Janis Joplin grabó un cover de su canción “All Is Loneliness” y le presentó a toda una nueva generación de hipsters neoyorkinos. Compartió escenario con Ravi Shankar, Salvador Dalí, William Burroughs y Allen Ginsberg. En 1969, CBS records le prestó toda una orquesta con la que grabó Moondog, una compilación de sus composiciones y, dos años después, Moondog 2.

A pesar de todo esto, Moondog siguió fiel a las calles y a encarnar ese anacrónico vikingo fantasma. No le gustaba la fama ni el reconocimiento, y sólo se dedicaba a mejorar sus instrumentos y sus poemas. Cuando le preguntaron si le avergonzaba pedir limosna, la respuesta de Moondog fue cándida: “No es degradante. Homero mendigaba y Jesús también mendigaba. Fueron solo los calvinistas quienes ordenaron que ningún hombre que no trabaje puede comer”.

Eventualmente, ya fuera por azar o por que forzó la coincidencia, Moondog terminó viviendo en Alemania donde sus dioses mitológicos Odín y Thor alguna vez reinaron. Los neoyorkinos, ya cariñosamente habituados al bardo vagabundo, pensaron que había muerto. Pero se había ido para tocar una serie de conciertos patrocinados por una estación de radio alemana que lo descubrió mediante sus discos.

Allí conoció a una mujer de 24 años llamada Iona Sommer que se lo llevó a vivir a su casa. Sommer había escuchado su música y no podía creer que un hombre tan talentoso viviera en la intemperie. Se volvió su publicista, productora, agente y transcriptora. Moondog sacó varios álbumes con su ayuda. “Estoy viviendo en el paraíso del compositor”, comentó Moondog a un reportero. “Estoy rodeado de músicos, tengo mis comidas a tiempo, no tengo frío y, lo mejor, estoy libre para mi música”. Con esta libertad produjo muchísima música, y alguna de su más fina, y se embarcó en giras alrededor del Reino Unido, Austria y Francia. Incluso dirigió su música avant-garde frente a la Corte Real. Una sola vez regresó a Nueva York, y fue para dirigir, a su humilde y estridente manera, la Orquesta Filarmónica de Brooklyn.

Pero nunca regresaría a su casa fantasma de la sexta avenida.

El 8 de septiembre de 1999, a los 83 años, Moondog murió en Münster, Alemania. Para entonces había influenciado a algunos de los mejores músicos de la historia como Janis Joplin, Benny Goodman, Philip Glass y Steve Reich, y había sido celebrado por los escritores de la Generación Beat y los flower children. Hoy es fuente de inspiración para músicos como Anthony and the Johnsons, John Zorn, Bjork o Kronos Quartet.

Pero Moondog, como la última y más premonitoria aparición de los druidas, cambió mucho más que la música. Dejó tal vez una llave maestra para recobrar la fe en la humanidad, la fe en la batalla por la autonomía, la fe en la cortesía de los extraños, y, por supuesto, la fe en la música de las calles.

Twitter del autor: @luciaomr

Uno de los hombres más importantes en la música y la ideología de la segunda mitad del siglo XX fue un músico vagabundo conocido como Moondog. Casi olvidado el día de hoy, alguna vez el mundo lo vio todos los días. Lo vieron todos los neoyorkinos y turistas que pasaron por la sexta avenida y la 53, porque allí vivió durante treinta años, día y noche, como un viejo bardo, ciego, que tocaba sus impresionantes composiciones con instrumentos hechos por él.

Moondog, que medía casi dos metros, se armaba con una lanza más alta que él, un casco de cuero con cuernos vikingos, una capa y una larga barba blanca, y se erguía por ocho horas como una estatua, como una visita de otro mundo, sin que nadie sospechara que allí estaba uno de los grandes compositores de la historia y una de las primeras figuras reales de la contracultura americana.

Louis Thomas Hardin nació en Kansas en 1916, hijo de un pastor y una organista de iglesia. Su infancia estuvo llena de libros –desde Mark Twain hasta la Biblia– y de instrumentos musicales, particularmente percusiones, que sus padres le facilitaron al ver su temprana aptitud por la música. Pero un 4 de julio, cuando tenía 16 años, le explotó una cápsula de dinamita en la cara que lo dejó permanentemente ciego.

En los años que le siguieron a su accidente, Hardin tuvo que aprender braille y ajustarse al divorcio de sus padres. Durante este tiempo, su hermana Ruth se dedicó a leerle todo tipo de tratados filosóficos, científicos y mitológicos, mismos que tendrían eco en su futura personalidad de sabio autóctono, pero sobre todo de vikingo; se había enamorado de la mitología nórdica y se contaba a sí mismo como uno de los druidas que nacieron fuera de lugar y fuera de época. La vida misma conjugó para que Hardin, divorciado de una mujer mayor y aislado de sus amigos, acabara empacando sus instrumentos de música autofabricados y se mudara a Nueva York en busca de una carrera como compositor.

Ya en Nueva York, sin dinero ni aliados, se plantó afuera del Carnegie Hall para conversar con los compositores y músicos que entraban y salían. Después de un par de semanas conoció a Artur Rodzinski, director musical y conductor de la Filarmónica de Nueva York, quien después de escucharlo tocar le ofreció un trato: si Hardin podía producir una composición favorable, Rodzinski le permitiría conducirla en la Filarmónica; pero tenía que producirla él mismo.

Hardin no halló los fondos suficientes para pagar un asistente que tradujera su música del braille, y regresó a las calles a tocar. Aquí empieza la verdadera transformación de Hardin en un fantástico vikingo barbado y genio de la música improvisada. En 1947 se apodó a sí mismo “Moondog”, en homenaje a una mascota de la infancia que “le aullaba a la luna”.

Guarecido en la calles de Nueva York, Moondog sacaba inspiración de los sonidos que lo rodeaban –sirenas de niebla, automóviles, voces, ecos– y de su catálogo de mitologías y sonidos nativos americanos, y logró grabar su primer álbum, llamado “Moondog Symphony”, el cual no se parecía a nada que nadie hubiera producido antes.

Por supuesto, uno de los músicos que quedó deslumbrado con el genio de Moondog fue Philip Glass, quien después de escuchar su sinfonía lo invitó a vivir a su casa por un año entero, durante el cual compusieron música todas las noches acompañados del gran Steve Reich.

Como un Walt Whitman que cantaba en las calles de Norteamérica –que era las calles de Nueva York– Moondog vendía sus poemas a los transeúntes y comenzaba a ganar tracción como uno de los excéntricos más interesantes de Nueva York y un músico laudable. Un día, mientras estaba acuclillado la calle tocando un instrumento de cuerda, le ofrecieron la oportunidad de grabar algunos sencillos, lo cual llevó a que produjera un álbum entero –una colección de ocho raras, exóticas canciones– llamado “Moondog en las calles de Nueva York”, que le ganó incluso una reseña en el Times.

Con la llegada de los beatniks y los hippies de los sesentas, la apreciación por su música anticonformista y extraña creció exponencialmente. Leyendas del jazz como Charlie Parker y Charles Mingus lo consideraron un genio innovador. Janis Joplin grabó un cover de su canción “All Is Loneliness” y le presentó a toda una nueva generación de hipsters neoyorkinos. Compartió escenario con Ravi Shankar, Salvador Dalí, William Burroughs y Allen Ginsberg. En 1969, CBS records le prestó toda una orquesta con la que grabó Moondog, una compilación de sus composiciones y, dos años después, Moondog 2.

A pesar de todo esto, Moondog siguió fiel a las calles y a encarnar ese anacrónico vikingo fantasma. No le gustaba la fama ni el reconocimiento, y sólo se dedicaba a mejorar sus instrumentos y sus poemas. Cuando le preguntaron si le avergonzaba pedir limosna, la respuesta de Moondog fue cándida: “No es degradante. Homero mendigaba y Jesús también mendigaba. Fueron solo los calvinistas quienes ordenaron que ningún hombre que no trabaje puede comer”.

Eventualmente, ya fuera por azar o por que forzó la coincidencia, Moondog terminó viviendo en Alemania donde sus dioses mitológicos Odín y Thor alguna vez reinaron. Los neoyorkinos, ya cariñosamente habituados al bardo vagabundo, pensaron que había muerto. Pero se había ido para tocar una serie de conciertos patrocinados por una estación de radio alemana que lo descubrió mediante sus discos.

Allí conoció a una mujer de 24 años llamada Iona Sommer que se lo llevó a vivir a su casa. Sommer había escuchado su música y no podía creer que un hombre tan talentoso viviera en la intemperie. Se volvió su publicista, productora, agente y transcriptora. Moondog sacó varios álbumes con su ayuda. “Estoy viviendo en el paraíso del compositor”, comentó Moondog a un reportero. “Estoy rodeado de músicos, tengo mis comidas a tiempo, no tengo frío y, lo mejor, estoy libre para mi música”. Con esta libertad produjo muchísima música, y alguna de su más fina, y se embarcó en giras alrededor del Reino Unido, Austria y Francia. Incluso dirigió su música avant-garde frente a la Corte Real. Una sola vez regresó a Nueva York, y fue para dirigir, a su humilde y estridente manera, la Orquesta Filarmónica de Brooklyn.

Pero nunca regresaría a su casa fantasma de la sexta avenida.

El 8 de septiembre de 1999, a los 83 años, Moondog murió en Münster, Alemania. Para entonces había influenciado a algunos de los mejores músicos de la historia como Janis Joplin, Benny Goodman, Philip Glass y Steve Reich, y había sido celebrado por los escritores de la Generación Beat y los flower children. Hoy es fuente de inspiración para músicos como Anthony and the Johnsons, John Zorn, Bjork o Kronos Quartet.

Pero Moondog, como la última y más premonitoria aparición de los druidas, cambió mucho más que la música. Dejó tal vez una llave maestra para recobrar la fe en la humanidad, la fe en la batalla por la autonomía, la fe en la cortesía de los extraños, y, por supuesto, la fe en la música de las calles.

Twitter del autor: @luciaomr

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