El 3 de junio de 2016 falleció uno de los campeones mundiales de boxeo más amados y odiados de la Historia, Muhammad Ali (nacido como Cassius Marcellus Clay en 1942). Se le recuerda no sólo gracias a sus proezas en el ring, sino también debido a su siempre impredecible personalidad. Y es que el hecho de que Ali se hiciera de un nombre y una carrera en el mundo del boxeo no debe hacernos creer que era una persona violenta, ni mucho menos una máquina de matar (como cuando pensamos en Mike Tyson, por ejemplo).

Uno de los episodios que demuestran vivamente su vocación pacifista ocurrió en la primavera de 1966. Ali para entonces ya era campeón del mundo, y a los 24 años estaba en la cúspide de su talento como boxeador. En marzo de aquel año, la junta militar de Estados Unidos llamó a Ali a presentarse para ser enviado como soldado al conflicto armado que se desarrollaba en Vietnam. Este sería el inicio de un combate como ningún otro que Ali tuviera que enfrentar en el ring (sin contar probablemente los duros años de la enfermedad de Parkinson y decaimiento físico que sufriría desde los años 80 debido a lesiones relacionadas con el boxeo).

Ali estaba determinado a no participar activamente en el conflicto armado y alegó reservas personales y religiosas, lo que lo hizo un notable opositor de conciencia. Pero en los primeros días del conflicto la guerra de EU contra Vietnam era muy popular, por lo que Ali fue objeto de duras críticas. Hasta Elvis Presley se había enrolado “para servir a su país” cuando fue llamado a las armas. El estatus de celebridad no le confería ningún privilegio. No asistir al llamado era considerado un crimen, uno que implicaba una cuantiosa multa y tiempo en prisión.

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En una declaración que Ali reformuló en distintas ocasiones —aunque conservando, como se verá, su carácter subversivo— el campeón explicó por qué prefería ir a la cárcel que a la guerra:

Mi conciencia no me va a dejar ir a dispararle a mi hermano, o a gente más oscura, o a otra gente pobre y hambrienta en el fango por la grande y poderosa América. ¿Y dispararles por qué? Ellos nunca me llamaron negro, nunca me lincharon, nunca me soltaron a los perros, nunca me robaron mi nacionalidad, no violaron ni mataron a mi madre y padre… ¿Dispararles por qué? ¿Cómo podría dispararle a la gente pobre? Sólo llévenme a la cárcel.

El año siguiente tuvo lugar un julio durante el cual Ali se negó a dar un paso al frente cuando los jueces lo llamaron por su nombre de nacimiento, Cassius Clay. Se sabe que la multa era de $10,000 dólares y la pena de prisión de unos 5 años, aunque Ali pasó el tiempo que duró la guerra apelando en diversas cortes y creciendo como orador antibélico a la vez que la popularidad de la guerra de Vietnam iba en declive. Probablemente el golpe más fuerte del proceso fue que su licencia de boxeo fue rescindida durante todo el periodo, por lo que no pudo boxear profesionalmente y perdió su título.

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En una entrevista de 1970, Ali volvería a referirse al incidente de Vietnam en términos que no sólo dejan ver sus reparos de conciencia contra la guerra en cualquiera de sus formas, sino en la empatía que podía tener con la gente:

Hace tiempo me topé con un par de soldados negros en un aeropuerto. Me dijeron: “Campeón, se necesita mucho valor para hacer lo que estás haciendo”. Les dije: “Hermanos, no tienen idea. Si supieran hacia donde van ahora, si supieran sus probabilidades de volver sin un brazo o sin un ojo, peleando contra esa gente en su propia tierra, luchando contra hermanos asiáticos, teniendo que dispararles, nunca los lincharon, nunca los llamaron negros, nunca les soltaron a los perros, nunca le dispararon a sus líderes. Tendrán que dispararle a sus ‘enemigos’ (así los llaman) y tan pronto como vuelvan a casa no podrán encontrar trabajo. Ir a la cárcel por unos años no es nada comparado con eso.

La década de los 70, sin embargo, sería tremendamente fructífera para Ali, quien volvería al ring a protagonizar algunas de las peleas más épicas del boxeo, como la famosa “Rumble in the Jungle” contra George Foreman o “Thrilla in Manila” contra el legendario Joe Frazier. Aunque se retiró en 1981, Ali pasó mucho tiempo llevando el mensaje del islamismo suní, que predica la convivencia entre razas, además de realizar obras caritativas por todo el mundo. Su legado no puede medirse únicamente en estadísticas de boxeo, sino que también debemos aprender de él que se requiere un enorme valor para oponerse a todo un sistema injusto cuando la ocasión lo amerita y la conciencia nos lleva en esa dirección.

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El 3 de junio de 2016 falleció uno de los campeones mundiales de boxeo más amados y odiados de la Historia, Muhammad Ali (nacido como Cassius Marcellus Clay en 1942). Se le recuerda no sólo gracias a sus proezas en el ring, sino también debido a su siempre impredecible personalidad. Y es que el hecho de que Ali se hiciera de un nombre y una carrera en el mundo del boxeo no debe hacernos creer que era una persona violenta, ni mucho menos una máquina de matar (como cuando pensamos en Mike Tyson, por ejemplo).

Uno de los episodios que demuestran vivamente su vocación pacifista ocurrió en la primavera de 1966. Ali para entonces ya era campeón del mundo, y a los 24 años estaba en la cúspide de su talento como boxeador. En marzo de aquel año, la junta militar de Estados Unidos llamó a Ali a presentarse para ser enviado como soldado al conflicto armado que se desarrollaba en Vietnam. Este sería el inicio de un combate como ningún otro que Ali tuviera que enfrentar en el ring (sin contar probablemente los duros años de la enfermedad de Parkinson y decaimiento físico que sufriría desde los años 80 debido a lesiones relacionadas con el boxeo).

Ali estaba determinado a no participar activamente en el conflicto armado y alegó reservas personales y religiosas, lo que lo hizo un notable opositor de conciencia. Pero en los primeros días del conflicto la guerra de EU contra Vietnam era muy popular, por lo que Ali fue objeto de duras críticas. Hasta Elvis Presley se había enrolado “para servir a su país” cuando fue llamado a las armas. El estatus de celebridad no le confería ningún privilegio. No asistir al llamado era considerado un crimen, uno que implicaba una cuantiosa multa y tiempo en prisión.

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En una declaración que Ali reformuló en distintas ocasiones —aunque conservando, como se verá, su carácter subversivo— el campeón explicó por qué prefería ir a la cárcel que a la guerra:

Mi conciencia no me va a dejar ir a dispararle a mi hermano, o a gente más oscura, o a otra gente pobre y hambrienta en el fango por la grande y poderosa América. ¿Y dispararles por qué? Ellos nunca me llamaron negro, nunca me lincharon, nunca me soltaron a los perros, nunca me robaron mi nacionalidad, no violaron ni mataron a mi madre y padre… ¿Dispararles por qué? ¿Cómo podría dispararle a la gente pobre? Sólo llévenme a la cárcel.

El año siguiente tuvo lugar un julio durante el cual Ali se negó a dar un paso al frente cuando los jueces lo llamaron por su nombre de nacimiento, Cassius Clay. Se sabe que la multa era de $10,000 dólares y la pena de prisión de unos 5 años, aunque Ali pasó el tiempo que duró la guerra apelando en diversas cortes y creciendo como orador antibélico a la vez que la popularidad de la guerra de Vietnam iba en declive. Probablemente el golpe más fuerte del proceso fue que su licencia de boxeo fue rescindida durante todo el periodo, por lo que no pudo boxear profesionalmente y perdió su título.

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En una entrevista de 1970, Ali volvería a referirse al incidente de Vietnam en términos que no sólo dejan ver sus reparos de conciencia contra la guerra en cualquiera de sus formas, sino en la empatía que podía tener con la gente:

Hace tiempo me topé con un par de soldados negros en un aeropuerto. Me dijeron: “Campeón, se necesita mucho valor para hacer lo que estás haciendo”. Les dije: “Hermanos, no tienen idea. Si supieran hacia donde van ahora, si supieran sus probabilidades de volver sin un brazo o sin un ojo, peleando contra esa gente en su propia tierra, luchando contra hermanos asiáticos, teniendo que dispararles, nunca los lincharon, nunca los llamaron negros, nunca les soltaron a los perros, nunca le dispararon a sus líderes. Tendrán que dispararle a sus ‘enemigos’ (así los llaman) y tan pronto como vuelvan a casa no podrán encontrar trabajo. Ir a la cárcel por unos años no es nada comparado con eso.

La década de los 70, sin embargo, sería tremendamente fructífera para Ali, quien volvería al ring a protagonizar algunas de las peleas más épicas del boxeo, como la famosa “Rumble in the Jungle” contra George Foreman o “Thrilla in Manila” contra el legendario Joe Frazier. Aunque se retiró en 1981, Ali pasó mucho tiempo llevando el mensaje del islamismo suní, que predica la convivencia entre razas, además de realizar obras caritativas por todo el mundo. Su legado no puede medirse únicamente en estadísticas de boxeo, sino que también debemos aprender de él que se requiere un enorme valor para oponerse a todo un sistema injusto cuando la ocasión lo amerita y la conciencia nos lleva en esa dirección.

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