Todos conocen el mito popular de los ninjas gracias a las películas de Hollywood: hombres y mujeres saltando de techo en techo durante las horas más oscuras de la noche, rebanando gargantas con sus precisas técnicas asesinas. Pero la realidad, al menos en el caso de los ninjas, es mucho más interesante que lo que la idealización hollywoodense afirma.

El apogeo histórico de los clanes ninja (esto es, practicantes del arte marcial conocido como ninjitsu, un arte que incluye técnicas de combate y espionaje) tuvo lugar en el siglo XVII, durante la era Tokugawa en el Japón feudal. Este periodo –también conocido como Edo– fue el más activo para estos clanes.

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Los señores feudales del Japón, al igual que sus homólogos europeos, tenían a su disposición distintos recursos de combate: los shogun podían dirigir ejércitos consistentes en caballería pesada, arqueros eficaces y una línea de infantería dispuesta a todo. Sin embargo, como enseñó el maestro Sun Tzu, en su Arte de la guerra, no se debe conceder importancia menor a la información durante un conflicto. Es justo ahí donde los ninjas hacen su aparición.

Un ninja no era un hombre o una mujer vestido con una pijama negra: todo lo contrario. Un ninja podía ser, por ejemplo, un mayordomo o una nodriza, un cocinero en la casa de un shogun enemigo. Sus misiones rara vez eran veloces (ese ritmo funciona para las películas, no para los periodos de guerra), pues debían hacerse de la confianza del enemigo para que este no notara la presencia del ninja en cuestión.

El arte ninja, sobre todo, se trata de técnicas de comportamiento para desaparecer a la vista de todos.

Black_Shinobi_by_scabrouspencil

Además, el combate no era la habilidad por excelencia de los ninja. Dentro de este arte, el combate solamente sirve para ganar tiempo y escapar. Lo peor que podía pasarle a un ninja era ser capturado, pues esto equivalía a una tortura sin duda larga y brutal; en los casos verdaderamente extremos, el ninja podía suicidarse para evitar revelar secretos de su señor feudal.

En nuestros días, la información es la fuente más importante de poder. Un guerrero, además de una acción impecable, requiere conocer su sitio preciso a cada momento y en cada situación que se le presente. Mezclarse con la multitud o desaparecer, llamar la atención sobre sí mismo y saber retirarse a las sombras: el arte ninja aún vive y su analogía se manifiesta, tal vez hoy más que nunca, deslizándose con certera agilidad a través de un mar de bits.

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Todos conocen el mito popular de los ninjas gracias a las películas de Hollywood: hombres y mujeres saltando de techo en techo durante las horas más oscuras de la noche, rebanando gargantas con sus precisas técnicas asesinas. Pero la realidad, al menos en el caso de los ninjas, es mucho más interesante que lo que la idealización hollywoodense afirma.

El apogeo histórico de los clanes ninja (esto es, practicantes del arte marcial conocido como ninjitsu, un arte que incluye técnicas de combate y espionaje) tuvo lugar en el siglo XVII, durante la era Tokugawa en el Japón feudal. Este periodo –también conocido como Edo– fue el más activo para estos clanes.

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Los señores feudales del Japón, al igual que sus homólogos europeos, tenían a su disposición distintos recursos de combate: los shogun podían dirigir ejércitos consistentes en caballería pesada, arqueros eficaces y una línea de infantería dispuesta a todo. Sin embargo, como enseñó el maestro Sun Tzu, en su Arte de la guerra, no se debe conceder importancia menor a la información durante un conflicto. Es justo ahí donde los ninjas hacen su aparición.

Un ninja no era un hombre o una mujer vestido con una pijama negra: todo lo contrario. Un ninja podía ser, por ejemplo, un mayordomo o una nodriza, un cocinero en la casa de un shogun enemigo. Sus misiones rara vez eran veloces (ese ritmo funciona para las películas, no para los periodos de guerra), pues debían hacerse de la confianza del enemigo para que este no notara la presencia del ninja en cuestión.

El arte ninja, sobre todo, se trata de técnicas de comportamiento para desaparecer a la vista de todos.

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Además, el combate no era la habilidad por excelencia de los ninja. Dentro de este arte, el combate solamente sirve para ganar tiempo y escapar. Lo peor que podía pasarle a un ninja era ser capturado, pues esto equivalía a una tortura sin duda larga y brutal; en los casos verdaderamente extremos, el ninja podía suicidarse para evitar revelar secretos de su señor feudal.

En nuestros días, la información es la fuente más importante de poder. Un guerrero, además de una acción impecable, requiere conocer su sitio preciso a cada momento y en cada situación que se le presente. Mezclarse con la multitud o desaparecer, llamar la atención sobre sí mismo y saber retirarse a las sombras: el arte ninja aún vive y su analogía se manifiesta, tal vez hoy más que nunca, deslizándose con certera agilidad a través de un mar de bits.

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