Por distintas razones de nuestra naturaleza (y/o de nuestra artificialidad) desde hace más de medio siglo la televisión se consagró como un tótem. Esta pequeña caja terminaría forjando alrededor de sí una especie de adoratorio colectivo, erigiéndose como un centro de reuniones solubles y como un vehículo de autocracia cultural.

Pero más allá de las delicias mentales o disgustos ideológicos que pueda provocar en cada uno de nosotros, debemos admitir que la televisión es en sí un objeto sorprendente. Si contrastamos sus reducidas dimensiones con su potencial casi infinito de influir en el rumbo de la mente colectiva, entonces deberíamos al menos insinuar que lo que la televisión consuma es una suerte de acto de brujería electrónica.

La reflexión anterior bien podría empatarse con una videoextrañeza vintage, protagonizada por Björk, en la cual la talentosa y siempre rara islandesa se propone deconstruir, literalmente, una televisión. Su actitud durante este ejercicio nos recuerda al misticismo primitivo del cual seguramente emergieron las religiones, y asigna al televisor una naturaleza fantástica (como si se tratara de un intrigante glitch en el orden natural de las cosas).

Pero ahora me da curiosidad. He apagado la TV y ahora quiero comprobar cómo funciona. Cómo logra sumergirme en todas esas extrañas situaciones. Así que… ha llegado el momento.  

Acto seguido, Björk desarma el televisor y se encuentra con una llamativa red de microcircuitos:

Esto parece una ciudad. Como una pequeña maqueta de una ciudad. Las casas, que están aquí. Y las calles. Esto quizá sea un elevador para subir ahí. Y aquí están todos esos cables,. Estos cables realmente se hacen cargo de los electrones cuando llegan a través de ahí. Se encargan de ser lo suficientemente poderosos para completar todo el camino hasta ahí. Eso lo leí en un libro danés esta mañana.

Luego la deconstrucción física del televisor adquiere tintes ontológicos gracias a las reflexiones tan infantiles como nítidas que Björk nos comparte:

Esta hermosa televisión me ha puesto, como lo dije ya, en todo tipo de situaciones. Recuerdo estar muy asustada porque un poeta islandés me dijo que a diferencia de los cines, donde la cosa esa lanza desde sí la imagen hacia la pantalla, esto es diferente. Aquí se trata de millones y millones de pequeñas pantallas que envían luz, alguna especie de luz eléctrica, no estoy segura. Pero como hay tantas, y de hecho cuando miras el televisor estas viendo muchas cosas […] entonces estás tan ocupada todo el tiempo que no puedes captar detenidamente de qué trata en realidad el programa que estás mirando. Entonces quedas hipnotizada. Así que todo lo que se transmite en la TV llega directo a tu cerebro y ya no puedes juzgar si está bien o no. Sólo tragas y tragas. Esto es lo que un poeta islandés me dijo. Y me dio tanto miedo que cada vez que veía la TV sufría dolores de cabeza. Tiempo después, cuando encontré mi libro danés sobre televisión entonces dejé de tener miedo porque leí la verdad científica y la situación era mucho mejor.

Finalmente nuestra peculiar tevenauta concluye su intervención con una pequeña gema de sabiduría:

No dejes que los poetas te mientan.

.

Por distintas razones de nuestra naturaleza (y/o de nuestra artificialidad) desde hace más de medio siglo la televisión se consagró como un tótem. Esta pequeña caja terminaría forjando alrededor de sí una especie de adoratorio colectivo, erigiéndose como un centro de reuniones solubles y como un vehículo de autocracia cultural.

Pero más allá de las delicias mentales o disgustos ideológicos que pueda provocar en cada uno de nosotros, debemos admitir que la televisión es en sí un objeto sorprendente. Si contrastamos sus reducidas dimensiones con su potencial casi infinito de influir en el rumbo de la mente colectiva, entonces deberíamos al menos insinuar que lo que la televisión consuma es una suerte de acto de brujería electrónica.

La reflexión anterior bien podría empatarse con una videoextrañeza vintage, protagonizada por Björk, en la cual la talentosa y siempre rara islandesa se propone deconstruir, literalmente, una televisión. Su actitud durante este ejercicio nos recuerda al misticismo primitivo del cual seguramente emergieron las religiones, y asigna al televisor una naturaleza fantástica (como si se tratara de un intrigante glitch en el orden natural de las cosas).

Pero ahora me da curiosidad. He apagado la TV y ahora quiero comprobar cómo funciona. Cómo logra sumergirme en todas esas extrañas situaciones. Así que… ha llegado el momento.  

Acto seguido, Björk desarma el televisor y se encuentra con una llamativa red de microcircuitos:

Esto parece una ciudad. Como una pequeña maqueta de una ciudad. Las casas, que están aquí. Y las calles. Esto quizá sea un elevador para subir ahí. Y aquí están todos esos cables,. Estos cables realmente se hacen cargo de los electrones cuando llegan a través de ahí. Se encargan de ser lo suficientemente poderosos para completar todo el camino hasta ahí. Eso lo leí en un libro danés esta mañana.

Luego la deconstrucción física del televisor adquiere tintes ontológicos gracias a las reflexiones tan infantiles como nítidas que Björk nos comparte:

Esta hermosa televisión me ha puesto, como lo dije ya, en todo tipo de situaciones. Recuerdo estar muy asustada porque un poeta islandés me dijo que a diferencia de los cines, donde la cosa esa lanza desde sí la imagen hacia la pantalla, esto es diferente. Aquí se trata de millones y millones de pequeñas pantallas que envían luz, alguna especie de luz eléctrica, no estoy segura. Pero como hay tantas, y de hecho cuando miras el televisor estas viendo muchas cosas […] entonces estás tan ocupada todo el tiempo que no puedes captar detenidamente de qué trata en realidad el programa que estás mirando. Entonces quedas hipnotizada. Así que todo lo que se transmite en la TV llega directo a tu cerebro y ya no puedes juzgar si está bien o no. Sólo tragas y tragas. Esto es lo que un poeta islandés me dijo. Y me dio tanto miedo que cada vez que veía la TV sufría dolores de cabeza. Tiempo después, cuando encontré mi libro danés sobre televisión entonces dejé de tener miedo porque leí la verdad científica y la situación era mucho mejor.

Finalmente nuestra peculiar tevenauta concluye su intervención con una pequeña gema de sabiduría:

No dejes que los poetas te mientan.

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