A la distancia, la creatividad o el talento artístico pueden parecernos un misterio. De hecho, cierta noción culturalmente construida del artista nos hace pensar que éste es una persona con un “don” especial, único, inexplicable, y en ese mismo sentido podemos llegar a creer que los artistas son seres geniales, uno en un millón que sale de la norma para realizar obras extraordinarias.

En cierta forma estas apreciaciones llevan algo de verdad, al menos en lo que respecta a ese carácter excepcional del arte y la creatividad. Pero quizá podríamos mirar más de cerca la manera en que entendemos esa condición. ¿Por qué el arte tiene que ser una excepción? ¿Por qué la vida creativa no puede ser la vida en sí?

A la luz de estas preguntas presentamos un libro que John Cage elaboró en 1969, Notaciones. Se trata de un proyecto ambicioso en el que conjugó la música, la escritura, el diseño editorial y su interés por la cultura oriental en donde reunió y comentó partituras de 269 compositores distintos, la mayoría pertenecientes a la llamada “música clásica”, pero también varios de ellos creadores de música popular, todos ellos presentes más bien por causas circunstanciales que por una selección decidida o racional. 

Por último, una característica fundamental es que tanto la concepción como la ejecución de la obra estuvieron regidas por un elemento muy peculiar: el I-Ching, el “libro de las mutaciones” de la tradición esotérica china que ha servido como método de adivinación desde hace miles de años. Según explicó Cage en el prefacio de Notaciones, el número de palabras de los comentarios, las variaciones en la tipografía y otros arreglos de la disposición editorial se decidió a través de operaciones del I-Ching. De este modo, es como si Cage hubiera dado entrada al azar en el proceso de elaboración de esta obra, pero no una forma cualquiera del azar, sino ese “azar electivo” del que habló André Breton, en donde se conjugan la casualidad y la elección, la suerte y el deseo, la coincidencia y la necesidad. 

En este sentido, es importante hacer notar que el libro no es una muestra de erudición o de crítica. Si puede definirse de alguna manera, podríamos decir que es, por encima de todo, un juego, no muy lejano de aquellos que Marcel Duchamp propuso en el campo de las artes plásticas, los museos y las exposiciones. Como Duchamp, Cage tuvo siempre un espíritu inquieto, que buscó a toda costa salir de las definiciones y las formas establecidas para experimentar y probar, por el sólo placer de hacerlo.

Y es así como volvemos a las preguntas que planteamos al inicio. ¿Qué es la creatividad o el talento artístico? Si miramos aunque sea sólo esta obra de Cage (pero también otras que realizó a lo largo de la vida), quizá nos demos cuenta de que en el fondo la voluntad artística no es otra cosa más que energía de vida: energía ejercida conscientemente pero también lúdicamente. 

Quizá la vida artística no sea tan extraordinaria como a veces creemos. Quién sabe si tal vez ese sea más bien su estado natural: una forma de vida orientada por el deseo de crear, inventar y transformar el mundo en el que vivimos.

En este enlace, una versión digitalizada de Notaciones.

También en Faena Aleph: John Cage y el budismo zen

 

 

 

 

Imagen: Dominio público

A la distancia, la creatividad o el talento artístico pueden parecernos un misterio. De hecho, cierta noción culturalmente construida del artista nos hace pensar que éste es una persona con un “don” especial, único, inexplicable, y en ese mismo sentido podemos llegar a creer que los artistas son seres geniales, uno en un millón que sale de la norma para realizar obras extraordinarias.

En cierta forma estas apreciaciones llevan algo de verdad, al menos en lo que respecta a ese carácter excepcional del arte y la creatividad. Pero quizá podríamos mirar más de cerca la manera en que entendemos esa condición. ¿Por qué el arte tiene que ser una excepción? ¿Por qué la vida creativa no puede ser la vida en sí?

A la luz de estas preguntas presentamos un libro que John Cage elaboró en 1969, Notaciones. Se trata de un proyecto ambicioso en el que conjugó la música, la escritura, el diseño editorial y su interés por la cultura oriental en donde reunió y comentó partituras de 269 compositores distintos, la mayoría pertenecientes a la llamada “música clásica”, pero también varios de ellos creadores de música popular, todos ellos presentes más bien por causas circunstanciales que por una selección decidida o racional. 

Por último, una característica fundamental es que tanto la concepción como la ejecución de la obra estuvieron regidas por un elemento muy peculiar: el I-Ching, el “libro de las mutaciones” de la tradición esotérica china que ha servido como método de adivinación desde hace miles de años. Según explicó Cage en el prefacio de Notaciones, el número de palabras de los comentarios, las variaciones en la tipografía y otros arreglos de la disposición editorial se decidió a través de operaciones del I-Ching. De este modo, es como si Cage hubiera dado entrada al azar en el proceso de elaboración de esta obra, pero no una forma cualquiera del azar, sino ese “azar electivo” del que habló André Breton, en donde se conjugan la casualidad y la elección, la suerte y el deseo, la coincidencia y la necesidad. 

En este sentido, es importante hacer notar que el libro no es una muestra de erudición o de crítica. Si puede definirse de alguna manera, podríamos decir que es, por encima de todo, un juego, no muy lejano de aquellos que Marcel Duchamp propuso en el campo de las artes plásticas, los museos y las exposiciones. Como Duchamp, Cage tuvo siempre un espíritu inquieto, que buscó a toda costa salir de las definiciones y las formas establecidas para experimentar y probar, por el sólo placer de hacerlo.

Y es así como volvemos a las preguntas que planteamos al inicio. ¿Qué es la creatividad o el talento artístico? Si miramos aunque sea sólo esta obra de Cage (pero también otras que realizó a lo largo de la vida), quizá nos demos cuenta de que en el fondo la voluntad artística no es otra cosa más que energía de vida: energía ejercida conscientemente pero también lúdicamente. 

Quizá la vida artística no sea tan extraordinaria como a veces creemos. Quién sabe si tal vez ese sea más bien su estado natural: una forma de vida orientada por el deseo de crear, inventar y transformar el mundo en el que vivimos.

En este enlace, una versión digitalizada de Notaciones.

También en Faena Aleph: John Cage y el budismo zen

 

 

 

 

Imagen: Dominio público