Cuando trato de dar un paseo a pie por el vecindario, en medio de ciclistas, patinadores y autos ecológicos, a veces tengo la suerte de toparme con un raro espectáculo urbano, que cada vez será más frecuente: una jauría —la palabra es precisa— de perros, 10 o 15 de ellos, muy lanudos, reminiscentes de sus parientes árticos, rodean a una mujer de unos 50 años, que parece hacerles de guía. Cuando la perrita más débil del grupo se queda atrás, todos esperan un poco hasta que pueda recobrar las fuerzas. La competencia aquí es fútil, impensable, lo que no quiere decir que no existan jerarquías ni leyes. Pero todo en el grupo está subordinado a la supervivencia del grupo mismo, no sólo del más fuerte de ellos. Pensaba, ¿por qué los humanos no nos comportamos, en ese sentido, un poco más como animales?

ap02021303507Se podrá pensar que exagero, pero no creo ser el único. Ted Heistman, un practicante de chamanismo (que en su vida pasada fue funcionario de vida silvestre y biólogo conservacionista), ha notado con creciente atención que la idea de naturaleza que tenemos actualmente se parece más bien a una versión domesticada, aséptica de lo que la “verdadera” naturaleza es. Durante su trabajo de conservación de plantas y animales en peligro en parques nacionales de Canadá pudo observar cómo las especies que llamamos “dañinas” o “invasoras” son las que tienen un temple más resistente para enfrentar los elementos.

“La zona de exclusión de Chernobyl se transforma en refugio de lobos y caballos salvajes. Los mapaches y coyotes hacen su residencia en las ciudades. Las especies invasoras están por todas partes,” escribe.

Las reservas naturales que necesitan presupuestos multimillonarios para ser protegidas, que son devastadas por incendios, azotadas por sequías o disputadas a grandes comerciantes de maderas no son “reservas naturales”, sino jardines demasiado costosos. Siguiendo la línea de pensamiento de Heistman, la fauna “nociva” para nuestro esquema de vida civil, urbano, incluso burgués, son los animales más aptos en los retos a la supervivencia que se les presentan: sobreviven insecticidas, raticidas, autopistas, pasos a desnivel, contaminación medioambiental, desechos químicos, alimentándose de lo que hemos aprendido —realmente de manera muy reciente en la historia— a llamar “basura”.

Algunos peces africanos que han comenzado a invadir Norteamérica lo hacen como inmigrantes indocumentados, en cualquier tipo de agua que se les presente: acaban con los peces locales (que salen bien en las postales de los lagos) y se reproducen; no distinguen agua salada de dulce, y son asombrosamente resistentes a las enfermedades y a los depredadores locales, que ellos han vuelto sus presas.

Los nuevos tótems, en ese sentido, son los animales que nos enseñan a sobrevivir en un medio ambiente a todas luces hostil y condenado por ambientalistas y políticos por igual. Se trata de las hordas de cerdos salvajes que infestan las praderas del norte de México donde antes reinaba el búfalo, y de los mapaches urbanos que se alimentan de la comida que tú no le darías a tu “mascota”.

Screen shot 2016-02-17 at 11.55.33 AM

Lo mismo pasa con las plantas de poder y todo lo que consumimos de una manera u otra, ya sea como “consumidores” —una especie protegida de humanos que se dedica a saquear recursos naturales y a convertirlos en un mercado de consumo e información— o como parte de una cadena viva, no solamente alimenticia, que incluye a todos los seres vivos e inertes, y que participa de todo lo que escapa a las urgencias humanas del momento. Si el calentamiento global, el derretimiento de los casquetes polares o la capa de ozono terminan por hacer impracticable nuestro esquema de vida urbano, hipertecnológico, en una palabra, neoliberal, entonces hay que encontrar otra forma de sobrevivir. Y es que el secreto mejor guardado de los humanos es que su función en la Tierra es transportar a otras especies ahí a donde vayan: el pequeño paso en la luna es un inconmensurable paso para el microbio que anidó en la huella del astronauta, sin el cual nunca hubiese soñado alcanzar las estrellas.

Los humanos también nos comportamos como fauna nociva para el resto de la vida en el planeta. Podemos aprender a domesticarnos o a resistir.

.

Sebastián Gómez-Matus

.

Imágenes: Katerina Plotnikova

.

Cuando trato de dar un paseo a pie por el vecindario, en medio de ciclistas, patinadores y autos ecológicos, a veces tengo la suerte de toparme con un raro espectáculo urbano, que cada vez será más frecuente: una jauría —la palabra es precisa— de perros, 10 o 15 de ellos, muy lanudos, reminiscentes de sus parientes árticos, rodean a una mujer de unos 50 años, que parece hacerles de guía. Cuando la perrita más débil del grupo se queda atrás, todos esperan un poco hasta que pueda recobrar las fuerzas. La competencia aquí es fútil, impensable, lo que no quiere decir que no existan jerarquías ni leyes. Pero todo en el grupo está subordinado a la supervivencia del grupo mismo, no sólo del más fuerte de ellos. Pensaba, ¿por qué los humanos no nos comportamos, en ese sentido, un poco más como animales?

ap02021303507Se podrá pensar que exagero, pero no creo ser el único. Ted Heistman, un practicante de chamanismo (que en su vida pasada fue funcionario de vida silvestre y biólogo conservacionista), ha notado con creciente atención que la idea de naturaleza que tenemos actualmente se parece más bien a una versión domesticada, aséptica de lo que la “verdadera” naturaleza es. Durante su trabajo de conservación de plantas y animales en peligro en parques nacionales de Canadá pudo observar cómo las especies que llamamos “dañinas” o “invasoras” son las que tienen un temple más resistente para enfrentar los elementos.

“La zona de exclusión de Chernobyl se transforma en refugio de lobos y caballos salvajes. Los mapaches y coyotes hacen su residencia en las ciudades. Las especies invasoras están por todas partes,” escribe.

Las reservas naturales que necesitan presupuestos multimillonarios para ser protegidas, que son devastadas por incendios, azotadas por sequías o disputadas a grandes comerciantes de maderas no son “reservas naturales”, sino jardines demasiado costosos. Siguiendo la línea de pensamiento de Heistman, la fauna “nociva” para nuestro esquema de vida civil, urbano, incluso burgués, son los animales más aptos en los retos a la supervivencia que se les presentan: sobreviven insecticidas, raticidas, autopistas, pasos a desnivel, contaminación medioambiental, desechos químicos, alimentándose de lo que hemos aprendido —realmente de manera muy reciente en la historia— a llamar “basura”.

Algunos peces africanos que han comenzado a invadir Norteamérica lo hacen como inmigrantes indocumentados, en cualquier tipo de agua que se les presente: acaban con los peces locales (que salen bien en las postales de los lagos) y se reproducen; no distinguen agua salada de dulce, y son asombrosamente resistentes a las enfermedades y a los depredadores locales, que ellos han vuelto sus presas.

Los nuevos tótems, en ese sentido, son los animales que nos enseñan a sobrevivir en un medio ambiente a todas luces hostil y condenado por ambientalistas y políticos por igual. Se trata de las hordas de cerdos salvajes que infestan las praderas del norte de México donde antes reinaba el búfalo, y de los mapaches urbanos que se alimentan de la comida que tú no le darías a tu “mascota”.

Screen shot 2016-02-17 at 11.55.33 AM

Lo mismo pasa con las plantas de poder y todo lo que consumimos de una manera u otra, ya sea como “consumidores” —una especie protegida de humanos que se dedica a saquear recursos naturales y a convertirlos en un mercado de consumo e información— o como parte de una cadena viva, no solamente alimenticia, que incluye a todos los seres vivos e inertes, y que participa de todo lo que escapa a las urgencias humanas del momento. Si el calentamiento global, el derretimiento de los casquetes polares o la capa de ozono terminan por hacer impracticable nuestro esquema de vida urbano, hipertecnológico, en una palabra, neoliberal, entonces hay que encontrar otra forma de sobrevivir. Y es que el secreto mejor guardado de los humanos es que su función en la Tierra es transportar a otras especies ahí a donde vayan: el pequeño paso en la luna es un inconmensurable paso para el microbio que anidó en la huella del astronauta, sin el cual nunca hubiese soñado alcanzar las estrellas.

Los humanos también nos comportamos como fauna nociva para el resto de la vida en el planeta. Podemos aprender a domesticarnos o a resistir.

.

Sebastián Gómez-Matus

.

Imágenes: Katerina Plotnikova

.

Etiquetado: , , , , ,