La corrección política es una tendencia del comportamiento social que en las últimas décadas se fortaleció hasta codificarse en nuestra cotidianeidad. En parte con el propósito de erradicar prácticas como la discriminación y el racismo, el lenguaje público comenzó a despojarse de términos potencialmente ofensivos. Un ejemplo conocido es el de las “personas con capacidades diferentes”, expresión que se acuñó para sustituir “minusválidos”, “discapacitados” y otras palabras que hasta hace no mucho se usaban habitualmente como sinónimos más breves de aquella. Sin embargo, ese mismo ejemplo muestra cómo la corrección política puede coquetear fácilmente con el absurdo.

En un video polémico publicado hace poco en el sitio Big Think, el filósofo esloveno Slavoj Žižek habla sobre la corrección política y una de las principales razones por las cuales “es una forma más peligrosa del totalitarismo”, pues aunque a primera vista no lo parezca, su práctica oculta las relaciones de poder e incluso las vuelve impenetrables. Zizek comienza a hablar citando como ejemplo el vínculo jefe-empleado que actualmente está endulzado de amistad y aparente cercanía (en contraste con la relación jerárquica de antaño que era fría y distante). Para Zizek, con un jefe que parece también amigo de sus subalternos, la posibilidad de rebelarse, de desobedecer está casi cancelada, se mira incluso como algo poco educado.

Pero este es el ejemplo más sencillo. Fiel a su heterodoxia e irreverencia, Zizek cuenta algunas anécdotas con las que quiere mostrar que cierto nivel de obscenidad es necesario para crear un vínculo más íntimo con las personas. En distintas ocasiones el filósofo se burló de un sordomudo, de un par de negros y de un “nativo-americano” y en todas ellas, contrario a lo que supondría el discurso de la corrección política, terminó haciéndose amigo de esas personas. Porque a decir del filósofo, la paradoja de lo políticamente correcto es que nos mantiene en un nivel aséptico en nuestras relaciones con los demás, mientras que la obscenidad nos ensucia mutuamente, nos permite “tener un contacto real con los otros”.

Esta aversión por la corrección política es crítica en al menos un sentido: intenta ir más allá de la simple renuencia para señalar el cortocircuito en su núcleo que le impide cumplir su supuesto propósito. ¿Cuál es este? Que quizá al ser políticamente correctos no estemos reproduciendo el racismo, pero existe una buena posibilidad de que sí reproduzcamos las condiciones sociales por las que aún existe en nuestra época.

La corrección política es una tendencia del comportamiento social que en las últimas décadas se fortaleció hasta codificarse en nuestra cotidianeidad. En parte con el propósito de erradicar prácticas como la discriminación y el racismo, el lenguaje público comenzó a despojarse de términos potencialmente ofensivos. Un ejemplo conocido es el de las “personas con capacidades diferentes”, expresión que se acuñó para sustituir “minusválidos”, “discapacitados” y otras palabras que hasta hace no mucho se usaban habitualmente como sinónimos más breves de aquella. Sin embargo, ese mismo ejemplo muestra cómo la corrección política puede coquetear fácilmente con el absurdo.

En un video polémico publicado hace poco en el sitio Big Think, el filósofo esloveno Slavoj Žižek habla sobre la corrección política y una de las principales razones por las cuales “es una forma más peligrosa del totalitarismo”, pues aunque a primera vista no lo parezca, su práctica oculta las relaciones de poder e incluso las vuelve impenetrables. Zizek comienza a hablar citando como ejemplo el vínculo jefe-empleado que actualmente está endulzado de amistad y aparente cercanía (en contraste con la relación jerárquica de antaño que era fría y distante). Para Zizek, con un jefe que parece también amigo de sus subalternos, la posibilidad de rebelarse, de desobedecer está casi cancelada, se mira incluso como algo poco educado.

Pero este es el ejemplo más sencillo. Fiel a su heterodoxia e irreverencia, Zizek cuenta algunas anécdotas con las que quiere mostrar que cierto nivel de obscenidad es necesario para crear un vínculo más íntimo con las personas. En distintas ocasiones el filósofo se burló de un sordomudo, de un par de negros y de un “nativo-americano” y en todas ellas, contrario a lo que supondría el discurso de la corrección política, terminó haciéndose amigo de esas personas. Porque a decir del filósofo, la paradoja de lo políticamente correcto es que nos mantiene en un nivel aséptico en nuestras relaciones con los demás, mientras que la obscenidad nos ensucia mutuamente, nos permite “tener un contacto real con los otros”.

Esta aversión por la corrección política es crítica en al menos un sentido: intenta ir más allá de la simple renuencia para señalar el cortocircuito en su núcleo que le impide cumplir su supuesto propósito. ¿Cuál es este? Que quizá al ser políticamente correctos no estemos reproduciendo el racismo, pero existe una buena posibilidad de que sí reproduzcamos las condiciones sociales por las que aún existe en nuestra época.

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