¿Cuántas veces hemos escuchado la frase de “somos polvo de estrellas”? Quizá la cita más recurrente en este sentido sea la de Carl Sagan (Cosmos, 1980), pero podríamos referir una gran cantidad de alusiones similares. Entre estas destaca la memorable frase de Georges Bataille, documentada en su libro El culpable: “Qué soy sino un rayo de una estrella muerta?” y aquella expresada por el heredero de Sagan, Neil de Grasse Tyson, que reza “No sólo vivimos entre las estrellas, estrellas viven dentro de nosotros”.

Lo extraordinario de esto es que, aunque por momentos sea difícil de dimensionar, efectivamente somos, a grandes rasgos, polvo de estrellas. Pero intentemos entender esto desde la composición química que permea todos los cuerpos del universo:

La estrellas emiten luz alimentadas por el poder de la fusión en sus núcleos. Esta fusión ocurre a partir de que la gravedad amasa bolas  de hidrógeno en los núcleos, hasta que los átomos de hidrógeno reaccionan lanzando protones que se fusionan en  átomos de helio. Dicho proceso continúa hasta que el helio se convierte en el elemento predominante de una estrella –es por esto que se utiliza la palabra helio, históricamente sinónimo del sol. Si una estrella es suficientemente masiva estallará en una supernova dispersando todos estos elementos por el universo. Todos los átomos, además del hidrógeno, están hechos de estas estrellas –incluidos los nuestros.

Pero hay que precisar que no todos los elementos se forman a partir de la fusión en los núcleos de estrellas; algunos, más pesados, surgen de los que se conoce como captura de neutrones. Por ejemplo, el oro es difícil de obtener por medio de la fusión debido al número impar de protones y a lo pesado del elemento. Aquí lo que sucede es lo contrario, una separación de átomos. Se separan núcleos de hierro que tienen más neutrones que protones. Estos neutrones se disparan alrededor de los elementos cercanos a él, creando depósitos de neutrones en ellos. Cuando algunos de estos neutrones se vuelven protones surgen elementos como el oro, el plomo o el uranio. Sin embargo, estos elementos pesados también son producto de la alquimia que ocurre en “el atanor de las estrellas”.  Y si cada átomo del universo tuviera una memoria individual recordaría haber formado parte de una estrella.

En resumen, la veracidad de una de las premisas más estéticas e inspiradoras alrededor de la esencia humana es, químicamente, comprobable. Lo que nos hace partícipes, de forma literalmente sustancial, de ese ubicuo diálogo entre lo micro y lo macro, conversación que se origina y termina, siempre, en la indeleble unidad del todo.

¿Cuántas veces hemos escuchado la frase de “somos polvo de estrellas”? Quizá la cita más recurrente en este sentido sea la de Carl Sagan (Cosmos, 1980), pero podríamos referir una gran cantidad de alusiones similares. Entre estas destaca la memorable frase de Georges Bataille, documentada en su libro El culpable: “Qué soy sino un rayo de una estrella muerta?” y aquella expresada por el heredero de Sagan, Neil de Grasse Tyson, que reza “No sólo vivimos entre las estrellas, estrellas viven dentro de nosotros”.

Lo extraordinario de esto es que, aunque por momentos sea difícil de dimensionar, efectivamente somos, a grandes rasgos, polvo de estrellas. Pero intentemos entender esto desde la composición química que permea todos los cuerpos del universo:

La estrellas emiten luz alimentadas por el poder de la fusión en sus núcleos. Esta fusión ocurre a partir de que la gravedad amasa bolas  de hidrógeno en los núcleos, hasta que los átomos de hidrógeno reaccionan lanzando protones que se fusionan en  átomos de helio. Dicho proceso continúa hasta que el helio se convierte en el elemento predominante de una estrella –es por esto que se utiliza la palabra helio, históricamente sinónimo del sol. Si una estrella es suficientemente masiva estallará en una supernova dispersando todos estos elementos por el universo. Todos los átomos, además del hidrógeno, están hechos de estas estrellas –incluidos los nuestros.

Pero hay que precisar que no todos los elementos se forman a partir de la fusión en los núcleos de estrellas; algunos, más pesados, surgen de los que se conoce como captura de neutrones. Por ejemplo, el oro es difícil de obtener por medio de la fusión debido al número impar de protones y a lo pesado del elemento. Aquí lo que sucede es lo contrario, una separación de átomos. Se separan núcleos de hierro que tienen más neutrones que protones. Estos neutrones se disparan alrededor de los elementos cercanos a él, creando depósitos de neutrones en ellos. Cuando algunos de estos neutrones se vuelven protones surgen elementos como el oro, el plomo o el uranio. Sin embargo, estos elementos pesados también son producto de la alquimia que ocurre en “el atanor de las estrellas”.  Y si cada átomo del universo tuviera una memoria individual recordaría haber formado parte de una estrella.

En resumen, la veracidad de una de las premisas más estéticas e inspiradoras alrededor de la esencia humana es, químicamente, comprobable. Lo que nos hace partícipes, de forma literalmente sustancial, de ese ubicuo diálogo entre lo micro y lo macro, conversación que se origina y termina, siempre, en la indeleble unidad del todo.

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