La ilusión de la utopía no ha muerto. Por el contrario, cada tanto surgen personas que, sintonizadas, se encuentran para soñarla colectivamente, no como un ideal deseable pero imposible, sino como una realidad tangible.

Ese es el caso de Oppède, una ciudad al sur de Francia (entre Avignon y Aix-en-Provence) que durante algunos años fue la sede de un trabajo compartido de arquitectos y artistas que buscaron reedificar la ciudad pero no sólo espacialmente, sino también en sus lazos sociales. En 1940, con la ciudad abandonada y destruida por causa de la guerra, un grupo de amigos arribaron con la intención firme de dar cauce a sus sueños de colectivismo. Georges Brodovitch, Florent Margaritis y Jean Auproux (estudiantes de arquitectura), Jeanne Violet (modista), Albert Rémy y su pareja Yliane (pintores) hicieron compañía a los seis habitantes que aún se aferraban a su terruño y comenzaron la difícil tarea de reconstruir y restaurar.

Durante algunos meses, estudiantes, artistas y lugareños cooperaron para volver habitables edificios destruidos por la actividad bélica en la zona. Pronto se unieron también otros arquitectos que huían de la vida citadina, angustiante por esa misma situación. Con el tiempo, se generó casi naturalmente un ritmo de trabajo de horarios bien definidos: despertar a las 5 de la mañana, comer a las 5:30, 13:00 y 19:00, sin retrasos ni demoras para aprovechar la poca luz del día disponible en el invierno.

oppedeinterna

Las circunstancias adversas, sin embargo, no fueron motivo de desaliento para los involucrados. Tampoco lo arduo de las labores. Además del grupo inicial, otros integrantes célebres se sumaron o participaron brevemente en la comuna: Antoine y Consuelo de Saint-Exupéry, los escultores François Stahly y Etienne-Martin, los pintores Zelman y Jacques Hérold, el escritor Arthur Adamov e incluso Marcel Duchamp, quien acudió a un baile enmascarado en honor a Jeanne Violet, que se casó durante esa temporada en Oppède.

Además de la restauración de la ciudad, los artistas consiguieron embellecerla con frescos y esculturas. Sin embargo, también es cierto que muchos de sus proyectos se quedaron como ideas en los papeles donde fueron bosquejadas, o como palabras en las discusiones que tuvieron al respecto. Ahí, por ejemplo, se pensó en establecer una red de “economía solidariaavant la lettre, pues aunque en la época este concepto no existía, el colectivo estuvo cerca de desarrollarlo e incluso concretarlo, situando a Oppède como el centro de dicho sistema.

Hacia 1942, el ánimo colectivo empezó a declinar, carcomido por la invasión de tropas alemanas en la zona y también por carencia de recursos que, en cierta forma, nunca fueron capaces de autogenerar. El grupo se dispersó pero, como consigna Sophie Cachon en Télérama, dicha aventura dejó como remanente “una amistad indefectible”, acaso el elemento mínimo pero esencial para volver a soñar, en cualquier momento, la posibilidad de la utopía.

La ilusión de la utopía no ha muerto. Por el contrario, cada tanto surgen personas que, sintonizadas, se encuentran para soñarla colectivamente, no como un ideal deseable pero imposible, sino como una realidad tangible.

Ese es el caso de Oppède, una ciudad al sur de Francia (entre Avignon y Aix-en-Provence) que durante algunos años fue la sede de un trabajo compartido de arquitectos y artistas que buscaron reedificar la ciudad pero no sólo espacialmente, sino también en sus lazos sociales. En 1940, con la ciudad abandonada y destruida por causa de la guerra, un grupo de amigos arribaron con la intención firme de dar cauce a sus sueños de colectivismo. Georges Brodovitch, Florent Margaritis y Jean Auproux (estudiantes de arquitectura), Jeanne Violet (modista), Albert Rémy y su pareja Yliane (pintores) hicieron compañía a los seis habitantes que aún se aferraban a su terruño y comenzaron la difícil tarea de reconstruir y restaurar.

Durante algunos meses, estudiantes, artistas y lugareños cooperaron para volver habitables edificios destruidos por la actividad bélica en la zona. Pronto se unieron también otros arquitectos que huían de la vida citadina, angustiante por esa misma situación. Con el tiempo, se generó casi naturalmente un ritmo de trabajo de horarios bien definidos: despertar a las 5 de la mañana, comer a las 5:30, 13:00 y 19:00, sin retrasos ni demoras para aprovechar la poca luz del día disponible en el invierno.

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Las circunstancias adversas, sin embargo, no fueron motivo de desaliento para los involucrados. Tampoco lo arduo de las labores. Además del grupo inicial, otros integrantes célebres se sumaron o participaron brevemente en la comuna: Antoine y Consuelo de Saint-Exupéry, los escultores François Stahly y Etienne-Martin, los pintores Zelman y Jacques Hérold, el escritor Arthur Adamov e incluso Marcel Duchamp, quien acudió a un baile enmascarado en honor a Jeanne Violet, que se casó durante esa temporada en Oppède.

Además de la restauración de la ciudad, los artistas consiguieron embellecerla con frescos y esculturas. Sin embargo, también es cierto que muchos de sus proyectos se quedaron como ideas en los papeles donde fueron bosquejadas, o como palabras en las discusiones que tuvieron al respecto. Ahí, por ejemplo, se pensó en establecer una red de “economía solidariaavant la lettre, pues aunque en la época este concepto no existía, el colectivo estuvo cerca de desarrollarlo e incluso concretarlo, situando a Oppède como el centro de dicho sistema.

Hacia 1942, el ánimo colectivo empezó a declinar, carcomido por la invasión de tropas alemanas en la zona y también por carencia de recursos que, en cierta forma, nunca fueron capaces de autogenerar. El grupo se dispersó pero, como consigna Sophie Cachon en Télérama, dicha aventura dejó como remanente “una amistad indefectible”, acaso el elemento mínimo pero esencial para volver a soñar, en cualquier momento, la posibilidad de la utopía.

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