En 2006, con la concesión del Premio Nobel de Literatura, el mundo conoció al escritor de origen turco Orhan Pamuk, novelista de vigor caracterizado por obras en donde historia, política y vida cotidiana se mezclan con algunas de las cualidades más humanas, como la empatía. Entre sus manías, sus lectores y críticos coinciden en la importancia que los objetos tienen en su obra.

Un poco a la manera de Hitchcock y los encendedores, lentes y demás objetos caprichosos que van de mano en mano entre los personajes más importantes de sus películas (según lo han notado Zizek y otros teóricos del psicoanálisis), en las novelas de Pamuk estos objetos también tienen un significado especial, una suerte de síntesis física de una parte muy concreta del universo que sin embargo, cuando se le interroga, cuando se presenta en toda su importancia dentro del mundo de la vida, se convierte en un testigo privilegiado de un lugar y una época específicos.

MUSEO DE LA INOCENCIA II

En El Museo de la Inocencia (2009), Pamuk cuenta la historia de Kemal, un hombre que colecciona las pertenencias de su prima hasta tener las suficientes para montar un museo. “En la literatura islámica clásica”, declaró Pamuk en una entrevista , “el deseo de ser amado es una metáfora del deseo hacia Dios. Pero en mi novela, Kemal, su anhelo, refleja el deseo de una vida mejor. Me gusta esa idea, es artística, pero también muy realista. Nos enamoramos con mayor profundidad cuando somos infelices”.

Ahora la ficción ha irrumpido en la realidad y el Museo de la Inocencia es efectivamente un sitio para ser visitado: 83 gabinetes que se corresponden con los 83 capítulos de la novela, cada uno guardando las 83 emociones que se desarrollan en cada una de estas partes.

En esta colección personal, elocuente de una intimidad y una subjetividad específica y, paradójicamente, en parte inventadas, destacan piezas como las 4,213 colillas de cigarro conservadas por Kemal, manipuladas de tal modo que expresan el estado emocional en que se encontraba el hombre mientras fumaba: torcidas porque Kemal estaba furioso, dejadas a medias cuando tuvo prisa por partir, o con rastros de labial rojo.

Asimismo, para fortuna de todos los involucrados, los seis meses empleados en montar la exhibición han sido bien recompensados en afluencia, tanto por visitantes extranjeros como por turcos que se encuentran en Estambul. Y es que a veces, acaso con mayor frecuencia de lo que se cree, la ficción se cuela por los resquicios que deja la realidad en sus endebles estructuras.

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En 2006, con la concesión del Premio Nobel de Literatura, el mundo conoció al escritor de origen turco Orhan Pamuk, novelista de vigor caracterizado por obras en donde historia, política y vida cotidiana se mezclan con algunas de las cualidades más humanas, como la empatía. Entre sus manías, sus lectores y críticos coinciden en la importancia que los objetos tienen en su obra.

Un poco a la manera de Hitchcock y los encendedores, lentes y demás objetos caprichosos que van de mano en mano entre los personajes más importantes de sus películas (según lo han notado Zizek y otros teóricos del psicoanálisis), en las novelas de Pamuk estos objetos también tienen un significado especial, una suerte de síntesis física de una parte muy concreta del universo que sin embargo, cuando se le interroga, cuando se presenta en toda su importancia dentro del mundo de la vida, se convierte en un testigo privilegiado de un lugar y una época específicos.

MUSEO DE LA INOCENCIA II

En El Museo de la Inocencia (2009), Pamuk cuenta la historia de Kemal, un hombre que colecciona las pertenencias de su prima hasta tener las suficientes para montar un museo. “En la literatura islámica clásica”, declaró Pamuk en una entrevista , “el deseo de ser amado es una metáfora del deseo hacia Dios. Pero en mi novela, Kemal, su anhelo, refleja el deseo de una vida mejor. Me gusta esa idea, es artística, pero también muy realista. Nos enamoramos con mayor profundidad cuando somos infelices”.

Ahora la ficción ha irrumpido en la realidad y el Museo de la Inocencia es efectivamente un sitio para ser visitado: 83 gabinetes que se corresponden con los 83 capítulos de la novela, cada uno guardando las 83 emociones que se desarrollan en cada una de estas partes.

En esta colección personal, elocuente de una intimidad y una subjetividad específica y, paradójicamente, en parte inventadas, destacan piezas como las 4,213 colillas de cigarro conservadas por Kemal, manipuladas de tal modo que expresan el estado emocional en que se encontraba el hombre mientras fumaba: torcidas porque Kemal estaba furioso, dejadas a medias cuando tuvo prisa por partir, o con rastros de labial rojo.

Asimismo, para fortuna de todos los involucrados, los seis meses empleados en montar la exhibición han sido bien recompensados en afluencia, tanto por visitantes extranjeros como por turcos que se encuentran en Estambul. Y es que a veces, acaso con mayor frecuencia de lo que se cree, la ficción se cuela por los resquicios que deja la realidad en sus endebles estructuras.

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