A 6.4 billones de kilómetros de distancia, la Tierra parece una brizna de polvo iluminada. El 14 de febrero de 1990, hace casi treinta años, la sonda espacial Voyager 1, que se alejaba de nuestro planeta para explorar los confines del Sistema Solar, giró para ver hacia atrás, hacia su hogar, tan lejano entonces que parecía un pequeño punto, una miniatura que brillaba entre los imponentes rayos del Sol. Se trata de una de las fotografías más famosas de la Tierra, a pesar de que en la imagen, es sólo un pequeño punto azul, pálido y conmovedor.

En septiembre de 1977, la NASA lanzó la sonda espacial Voyager 1 para explorar el Sistema Solar y, eventualmente, el espacio exterior. En 1979, transitó cerca de Júpiter y un año después, en 1980, de Saturno, logrando capturar imágenes nunca antes vistas de ambos planetas y sus lunas. Así, en noviembre de ese mismo año, su misión original se declaró completa; pero, en contra de lo previsto, la sonda siguió en funciones y viaja por el espacio hasta el día de hoy, 40 años después —como su gemela, la Voyager 2, lleva en su interior uno de los dos Discos de oro, que describen, en sonidos e imágenes, a la humanidad y el planeta que habita.

Cuando la Voyager 1 se alejaba de Saturno, en 1980, Carl Sagan (una de las cabezas del proyecto) solicitó que la sonda girara hacia la Tierra para fotografiarla. El científico sabía que la imagen sería de poca utilidad científica por la distancia, pero sostenía que captarla serviría para dar nociones sobre el tamaño de la Tierra y su relación con otros cuerpos del Sistema Solar. Sin embargo, la fotografía no fue tomada, pues muchos de los otros directivos del proyecto temían que fotografiar la Tierra tan cerca del Sol podía dañar las cámaras de la sonda. No fue, entonces, sino hasta 1989 que la petición de Sagan volvió a analizarse, pero una vez que se decidió tomar la fotografía, los sistemas de calibración de la sonda tuvieron que ajustarse, un proceso que tomó un año.

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De las dos cámaras de alta resolución que llevaba el Voyager 1 a bordo, fue la de 1,500 milímetros y un lente angular estrecho la que capturó la imagen que entonces se tituló Pale Blue Dot (Punto Azul Pálido), título que también daría nombre a un libro posterior de Carl Sagan en donde se encuentran hermosamente la filosofía y la ciencia.

La sensación que causa observar la fotografía es extraña y difícil de explicar con palabras, se parece, tal vez, al sentimiento de extrañeza que a veces provoca ver nuestro rostro en el espejo, o en una fotografía que alguien nos ha tomado sin que nos hayamos dado cuenta. Tal vez, es porque la imagen nos muestra nuestra profunda fragilidad, nuestro verdadero tamaño. En una conferencia que Carl Sagan dio en al Universidad de Cornell en 1994, el científico y filósofo, supo describir las implicaciones de la imagen hermosamente:

Logramos tomar la fotografía [desde el espacio exterior] y, si la observan, pueden ver un punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros. En él, todos aquellos de quienes alguna vez hemos escuchado hablar, todos los seres humanos que alguna vez vivieron, han vivido su vida. Es el conjunto de todas nuestras alegrías y sufrimientos, de las miles de confiadas religiones, ideologías y doctrinas económicas, de cada cazador y vagabundo, de cada héroe y cobarde, de cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y campesino, de cada pareja de jóvenes enamorados, de cada niño lleno de esperanza, de cada madre y padre, cada inventor y explorador, cada maestro de la moral y hasta de cada político corrupto, cada superestrella, cada líder supremo, cada santo y pecador de la historia de nuestra especie han vivido en una brizna de polvo, suspendida en un rayo de sol.

 

 

 

Imagen: Wikimedia Commons

A 6.4 billones de kilómetros de distancia, la Tierra parece una brizna de polvo iluminada. El 14 de febrero de 1990, hace casi treinta años, la sonda espacial Voyager 1, que se alejaba de nuestro planeta para explorar los confines del Sistema Solar, giró para ver hacia atrás, hacia su hogar, tan lejano entonces que parecía un pequeño punto, una miniatura que brillaba entre los imponentes rayos del Sol. Se trata de una de las fotografías más famosas de la Tierra, a pesar de que en la imagen, es sólo un pequeño punto azul, pálido y conmovedor.

En septiembre de 1977, la NASA lanzó la sonda espacial Voyager 1 para explorar el Sistema Solar y, eventualmente, el espacio exterior. En 1979, transitó cerca de Júpiter y un año después, en 1980, de Saturno, logrando capturar imágenes nunca antes vistas de ambos planetas y sus lunas. Así, en noviembre de ese mismo año, su misión original se declaró completa; pero, en contra de lo previsto, la sonda siguió en funciones y viaja por el espacio hasta el día de hoy, 40 años después —como su gemela, la Voyager 2, lleva en su interior uno de los dos Discos de oro, que describen, en sonidos e imágenes, a la humanidad y el planeta que habita.

Cuando la Voyager 1 se alejaba de Saturno, en 1980, Carl Sagan (una de las cabezas del proyecto) solicitó que la sonda girara hacia la Tierra para fotografiarla. El científico sabía que la imagen sería de poca utilidad científica por la distancia, pero sostenía que captarla serviría para dar nociones sobre el tamaño de la Tierra y su relación con otros cuerpos del Sistema Solar. Sin embargo, la fotografía no fue tomada, pues muchos de los otros directivos del proyecto temían que fotografiar la Tierra tan cerca del Sol podía dañar las cámaras de la sonda. No fue, entonces, sino hasta 1989 que la petición de Sagan volvió a analizarse, pero una vez que se decidió tomar la fotografía, los sistemas de calibración de la sonda tuvieron que ajustarse, un proceso que tomó un año.

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De las dos cámaras de alta resolución que llevaba el Voyager 1 a bordo, fue la de 1,500 milímetros y un lente angular estrecho la que capturó la imagen que entonces se tituló Pale Blue Dot (Punto Azul Pálido), título que también daría nombre a un libro posterior de Carl Sagan en donde se encuentran hermosamente la filosofía y la ciencia.

La sensación que causa observar la fotografía es extraña y difícil de explicar con palabras, se parece, tal vez, al sentimiento de extrañeza que a veces provoca ver nuestro rostro en el espejo, o en una fotografía que alguien nos ha tomado sin que nos hayamos dado cuenta. Tal vez, es porque la imagen nos muestra nuestra profunda fragilidad, nuestro verdadero tamaño. En una conferencia que Carl Sagan dio en al Universidad de Cornell en 1994, el científico y filósofo, supo describir las implicaciones de la imagen hermosamente:

Logramos tomar la fotografía [desde el espacio exterior] y, si la observan, pueden ver un punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros. En él, todos aquellos de quienes alguna vez hemos escuchado hablar, todos los seres humanos que alguna vez vivieron, han vivido su vida. Es el conjunto de todas nuestras alegrías y sufrimientos, de las miles de confiadas religiones, ideologías y doctrinas económicas, de cada cazador y vagabundo, de cada héroe y cobarde, de cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y campesino, de cada pareja de jóvenes enamorados, de cada niño lleno de esperanza, de cada madre y padre, cada inventor y explorador, cada maestro de la moral y hasta de cada político corrupto, cada superestrella, cada líder supremo, cada santo y pecador de la historia de nuestra especie han vivido en una brizna de polvo, suspendida en un rayo de sol.

 

 

 

Imagen: Wikimedia Commons