Arquitecto de mundos y laberínticas confusiones, Pedro Friedeberg (Florencia, 1936) y su obra asombran al mundo desde hace más de 50 años. Se trata de un artista profundamente excéntrico, dueño de un surrealismo poético y psicodélico que escapa a cualquier intento de definición, y que aún hoy atrapa, como un enredo de colores y formas, a cualquiera que osa sumergirse en sus paisajes.

Friedeberg huyó de su natal Italia con el inicio de la Primera Guerra Mundial, y llegó al lugar donde el surrealismo que existió siempre en su cabeza sería bien acogido, México. Tras dejar la carrera de arquitectura —formación que resulta evidente en su carrera de artista— se dedicó al arte plástico y al diseño industrial, que en sus manos abrevan, evidentemente, del arte de Escher y Gaudí, y, ciertamente, del movimiento hippie de los años 60. A pesar de haber sido insistentemente catalogado como surrealista, su surrealismo tiende puentes que ningún otro miembro de esta corriente artística había creado.

La famosa mano-silla de Pedro Friedeberg —una de sus piezas más famosas— es un ejemplo claro de su poética. Se trata de un objeto que toca al diseño industrial, pero evoca al conocido amuleto Hamsa, la palma con un ojo en el centro, uno de los talismanes de protección más famosos del Medio Oriente. Así, el objeto y sus características funcionales rebasan lo meramente utilitario y existen en ese lugar donde lo místico del símbolo y la estética de los 60 dialogan acertadamente. El hinduismo, el judaísmo, el ocultismo y las religiones de los pueblos prehispánicos de México se reconocen en espacios llenos de geometrías fantásticas y paletas vibrantes.

La psicodelia de los paisajes surrealistas de Friedeberg también responden a una teoría estética propia, que si bien sostiene un diálogo con otros surrealistas que trabajaron en México como Remedios Varo y Leonora Carrington, no se parece a ningún otro.

La reciente creación de un mural para el Faena District de Miami Beach —integrado por 200 mil piezas hechas de aluminio y acrílico— sólo hace evidente la tremenda vigencia de la visión de Pedro Friedeberg; también, la profunda relación que existe entre su excéntrica sensibilidad y los principios de este multifacético proyecto. Finalmente, la mirada de Friedeberg siempre ha desafiado el mundo que la rodea, en un arrebato que nunca carece de contenido, de espiritualidad y de una rara belleza.

pedro-friedeberg

*Imágenes: Rodrigo Gaya / Faena Group

Arquitecto de mundos y laberínticas confusiones, Pedro Friedeberg (Florencia, 1936) y su obra asombran al mundo desde hace más de 50 años. Se trata de un artista profundamente excéntrico, dueño de un surrealismo poético y psicodélico que escapa a cualquier intento de definición, y que aún hoy atrapa, como un enredo de colores y formas, a cualquiera que osa sumergirse en sus paisajes.

Friedeberg huyó de su natal Italia con el inicio de la Primera Guerra Mundial, y llegó al lugar donde el surrealismo que existió siempre en su cabeza sería bien acogido, México. Tras dejar la carrera de arquitectura —formación que resulta evidente en su carrera de artista— se dedicó al arte plástico y al diseño industrial, que en sus manos abrevan, evidentemente, del arte de Escher y Gaudí, y, ciertamente, del movimiento hippie de los años 60. A pesar de haber sido insistentemente catalogado como surrealista, su surrealismo tiende puentes que ningún otro miembro de esta corriente artística había creado.

La famosa mano-silla de Pedro Friedeberg —una de sus piezas más famosas— es un ejemplo claro de su poética. Se trata de un objeto que toca al diseño industrial, pero evoca al conocido amuleto Hamsa, la palma con un ojo en el centro, uno de los talismanes de protección más famosos del Medio Oriente. Así, el objeto y sus características funcionales rebasan lo meramente utilitario y existen en ese lugar donde lo místico del símbolo y la estética de los 60 dialogan acertadamente. El hinduismo, el judaísmo, el ocultismo y las religiones de los pueblos prehispánicos de México se reconocen en espacios llenos de geometrías fantásticas y paletas vibrantes.

La psicodelia de los paisajes surrealistas de Friedeberg también responden a una teoría estética propia, que si bien sostiene un diálogo con otros surrealistas que trabajaron en México como Remedios Varo y Leonora Carrington, no se parece a ningún otro.

La reciente creación de un mural para el Faena District de Miami Beach —integrado por 200 mil piezas hechas de aluminio y acrílico— sólo hace evidente la tremenda vigencia de la visión de Pedro Friedeberg; también, la profunda relación que existe entre su excéntrica sensibilidad y los principios de este multifacético proyecto. Finalmente, la mirada de Friedeberg siempre ha desafiado el mundo que la rodea, en un arrebato que nunca carece de contenido, de espiritualidad y de una rara belleza.

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*Imágenes: Rodrigo Gaya / Faena Group