En Italia, hace un par de años, el matrimonio conformado por Laurell Boyers, procedente Sudáfrica, y Federico Bastiani, de Italia, se mudó a la ciudad de Boloña. Llegaban sin conocer a nadie ni tener algún tipo de relación con las personas cercanas a su casa.

Un día, Federico pegó un anuncio en un punto de Via Fondazza, la avenida principal de su vecindario, diciendo que había abierto un grupo privado de Facebook exclusivo para las personas del lugar. Su único propósito era hacer algunos amigos, pero en menos de una semana, el grupo alcanzó la veintena de integrantes, y poco a poco se fueron sumando más hasta superar el millar.

El número de personas, sin embargo, hizo que poco a poco esto dejara de ser un punto de encuentro virtual para, en cambio, convertirse en un2499570311 nodo de cooperación y cercanía. El grupo de Facebook se convirtió en un referente para mejorar la calidad de vida en el vecindario con la ayuda de los propios vecinos, todo a partir de acciones concretas y cotidianas (por ejemplo, recomendar un plomero o, mejor aún, ofrecerse a reparar el lavabo estropeado de una vecina) que tienen efecto en la consolidación de conceptos que se creerían abstractos: la confianza en el otro, el sentido de pertenencia, la identificación con personas y con lugares, etcétera.

La idea ha sido tan innovadora y tan sencilla que es parte ya de un concepto que se intenta replicar en otros vecindarios del mundo. Social Street es el nombre de este modelo que actualmente ya se puso en marcha en calles de Brasil, Nueva Zelanda y otras ciudades de Europa.

En general, la impresión que tenemos de las grandes ciudades es la de lugares individualistas, anónimos, hostiles por momentos. Pero iniciativas como la de Social Street demuestran no sólo que no tiene por qué ser así, sino que la comunicación digital abre múltiples posibilidades para revertir dicha idea y reformular la manera en que vivimos en las grandes metrópolis.

En Italia, hace un par de años, el matrimonio conformado por Laurell Boyers, procedente Sudáfrica, y Federico Bastiani, de Italia, se mudó a la ciudad de Boloña. Llegaban sin conocer a nadie ni tener algún tipo de relación con las personas cercanas a su casa.

Un día, Federico pegó un anuncio en un punto de Via Fondazza, la avenida principal de su vecindario, diciendo que había abierto un grupo privado de Facebook exclusivo para las personas del lugar. Su único propósito era hacer algunos amigos, pero en menos de una semana, el grupo alcanzó la veintena de integrantes, y poco a poco se fueron sumando más hasta superar el millar.

El número de personas, sin embargo, hizo que poco a poco esto dejara de ser un punto de encuentro virtual para, en cambio, convertirse en un2499570311 nodo de cooperación y cercanía. El grupo de Facebook se convirtió en un referente para mejorar la calidad de vida en el vecindario con la ayuda de los propios vecinos, todo a partir de acciones concretas y cotidianas (por ejemplo, recomendar un plomero o, mejor aún, ofrecerse a reparar el lavabo estropeado de una vecina) que tienen efecto en la consolidación de conceptos que se creerían abstractos: la confianza en el otro, el sentido de pertenencia, la identificación con personas y con lugares, etcétera.

La idea ha sido tan innovadora y tan sencilla que es parte ya de un concepto que se intenta replicar en otros vecindarios del mundo. Social Street es el nombre de este modelo que actualmente ya se puso en marcha en calles de Brasil, Nueva Zelanda y otras ciudades de Europa.

En general, la impresión que tenemos de las grandes ciudades es la de lugares individualistas, anónimos, hostiles por momentos. Pero iniciativas como la de Social Street demuestran no sólo que no tiene por qué ser así, sino que la comunicación digital abre múltiples posibilidades para revertir dicha idea y reformular la manera en que vivimos en las grandes metrópolis.

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