La muerte tiene su propio lenguaje. Esto es verdad tanto en el plano de la estética (propiamente la cultura visual funeraria), como en el plano de lo lingüístico. Más allá de los datos más obvios que puede darnos lo que está inscrito en una tumba —un nombre, años de nacimiento y de muerte—, los epitafios son también breves e inesperados cúmulos de información sobre la vida de alguien que ya no existe, además de ser mensajes sobre los cuales el dueño de la tumba, generalmente, no tiene ingerencia, una fuente opaca y poco estudiada en la actualidad de material lingüístico.

La profesora de estudios religiosos de Harvard Elise Ciregna explica que, a pesar de que las inscripciones en tumbas existen desde que el hombre pudo tallar una piedra, en el caso de la cultura funeraria europea y norteamericana, fue durante el siglo XVII cuando los epitafios comenzaron a echar mano de la poesía, de citas bíblicas y de descripciones de la vida de quien falleció. Esta información puede dar a los lingüistas e investigadores de otras disciplinas pistas sobre la vida de quien se encuentra enterrado en una tumba y de la sociedad en la que vivió.

Una de las características más importantes de los epitafios (una que, además, es fácil de pasar por alto) es que éstos están hechos para los vivos, para quienes se quedan en este mundo. Son una forma de honrar, recordar o reafirmar la pertenencia del fallecido a un grupo, a una familia, a una religión o a un sistema moral. Por esta razón son, entre otras cosas, fuentes de información histórica y social invaluables. De la misma forma, el lenguaje utilizado en la inscripción (en caso de que ésta no indique fechas) es capaz de indicar la época en que se hizo y, por lo tanto, el contexto histórico de quien ahí descansa.

Por ejemplo, en la mayoría de las inscripciones en las tumbas norteamericanas del siglo XVII y XVIII es posible encontrar un lenguaje que proviene de la cultura calvinista, caracterizada por mensajes directos y poco adornados. “Aquí yace el cuerpo de Elisabeth la esposa de Wiliam Pabodie que murió el 31 de marzo de 1717 a los 94 años de edad”; en este epitafio es posible notar no solamente la sobriedad tan característica de ese discurso protestante, sino también el hecho de que en esta época las mujeres eran definidas a partir de su relación con los hombres. Así, estos pequeños grupos de palabras “señora de…”, “consorte de…” o “viuda de…” también dan información sobre las relaciones de género que existían en ese periodo y en ese lugar específicamente.

El siglo XIX, sostiene Ciregna, trajo consigo epitafios más elaborados y adornados, además de un cambio evidente en el tono: éstos se volvieron menos oscuros y más inclinados hacia la celebración, algo como “Ella no está muerta, sólo duerme”. Estos cambios son atribuidos por expertos a las transformaciones que sufrió el calvinismo hacia un protestantismo menos sombrío. Así vemos entonces, que una pequeña frase inscrita en la piedra es capaz de dar muchas más información de lo que pareciera.

Además, existen muchos otros elementos que, como mensajes ocultos, pueden hablarnos sobre los muertos, un lenguaje que se inclina, preciosamente, hacia lo simbólico y lo metafórico. Un manojo de trigo, en las tumbas norteamericanas, generalmente indicaba que el fallecido había sido un acaudalado hombre de negocios; una columna o rama de árbol rota, significaba que alguien había muerto prematuramente; finalmente y a pesar de que muchos podrían relacionarlos con la piratería, un cráneo y dos huesos cruzados eran simplemente un memento mori al estilo más clásico, un recordatorio de que la muerte nos llegará a todos algún día.

Finalmente, las tumbas de esta época que pertenecían a personas afroamericanas contenían, frecuentemente, mensajes que reflejaban la ideología racista que permeaba dichas sociedades y que, por ejemplo, podía afirmar que una persona fallecida, a pesar de haber sido “negra” en vida, podía acercarse a la comunidad blanca a través de la verdadera religión.

 

 

 

Imagen: Dominio público

La muerte tiene su propio lenguaje. Esto es verdad tanto en el plano de la estética (propiamente la cultura visual funeraria), como en el plano de lo lingüístico. Más allá de los datos más obvios que puede darnos lo que está inscrito en una tumba —un nombre, años de nacimiento y de muerte—, los epitafios son también breves e inesperados cúmulos de información sobre la vida de alguien que ya no existe, además de ser mensajes sobre los cuales el dueño de la tumba, generalmente, no tiene ingerencia, una fuente opaca y poco estudiada en la actualidad de material lingüístico.

La profesora de estudios religiosos de Harvard Elise Ciregna explica que, a pesar de que las inscripciones en tumbas existen desde que el hombre pudo tallar una piedra, en el caso de la cultura funeraria europea y norteamericana, fue durante el siglo XVII cuando los epitafios comenzaron a echar mano de la poesía, de citas bíblicas y de descripciones de la vida de quien falleció. Esta información puede dar a los lingüistas e investigadores de otras disciplinas pistas sobre la vida de quien se encuentra enterrado en una tumba y de la sociedad en la que vivió.

Una de las características más importantes de los epitafios (una que, además, es fácil de pasar por alto) es que éstos están hechos para los vivos, para quienes se quedan en este mundo. Son una forma de honrar, recordar o reafirmar la pertenencia del fallecido a un grupo, a una familia, a una religión o a un sistema moral. Por esta razón son, entre otras cosas, fuentes de información histórica y social invaluables. De la misma forma, el lenguaje utilizado en la inscripción (en caso de que ésta no indique fechas) es capaz de indicar la época en que se hizo y, por lo tanto, el contexto histórico de quien ahí descansa.

Por ejemplo, en la mayoría de las inscripciones en las tumbas norteamericanas del siglo XVII y XVIII es posible encontrar un lenguaje que proviene de la cultura calvinista, caracterizada por mensajes directos y poco adornados. “Aquí yace el cuerpo de Elisabeth la esposa de Wiliam Pabodie que murió el 31 de marzo de 1717 a los 94 años de edad”; en este epitafio es posible notar no solamente la sobriedad tan característica de ese discurso protestante, sino también el hecho de que en esta época las mujeres eran definidas a partir de su relación con los hombres. Así, estos pequeños grupos de palabras “señora de…”, “consorte de…” o “viuda de…” también dan información sobre las relaciones de género que existían en ese periodo y en ese lugar específicamente.

El siglo XIX, sostiene Ciregna, trajo consigo epitafios más elaborados y adornados, además de un cambio evidente en el tono: éstos se volvieron menos oscuros y más inclinados hacia la celebración, algo como “Ella no está muerta, sólo duerme”. Estos cambios son atribuidos por expertos a las transformaciones que sufrió el calvinismo hacia un protestantismo menos sombrío. Así vemos entonces, que una pequeña frase inscrita en la piedra es capaz de dar muchas más información de lo que pareciera.

Además, existen muchos otros elementos que, como mensajes ocultos, pueden hablarnos sobre los muertos, un lenguaje que se inclina, preciosamente, hacia lo simbólico y lo metafórico. Un manojo de trigo, en las tumbas norteamericanas, generalmente indicaba que el fallecido había sido un acaudalado hombre de negocios; una columna o rama de árbol rota, significaba que alguien había muerto prematuramente; finalmente y a pesar de que muchos podrían relacionarlos con la piratería, un cráneo y dos huesos cruzados eran simplemente un memento mori al estilo más clásico, un recordatorio de que la muerte nos llegará a todos algún día.

Finalmente, las tumbas de esta época que pertenecían a personas afroamericanas contenían, frecuentemente, mensajes que reflejaban la ideología racista que permeaba dichas sociedades y que, por ejemplo, podía afirmar que una persona fallecida, a pesar de haber sido “negra” en vida, podía acercarse a la comunidad blanca a través de la verdadera religión.

 

 

 

Imagen: Dominio público