Cualquier cosa relacionada con el sexo, aunque sea indirectamente, estimula reflejos. Si estás trabajando en un café, por ejemplo, y estás cansado y disperso, el solo hecho de que una persona atractiva se siente cerca de ti eleva inmediatamente tus niveles de energía. Esa intensificación energética, en términos de medicina china, representa la activación de nuestro “dantian” inferior (centro de energía que se encuentra debajo del ombligo), el cual almacena nuestra energía sexual.

En su libro The Master Key: Qigong Secrets, Robert Peng explica la naturaleza sexual de una manera bastante clara y, por lo demás, lógica. La energía sexual pura, dice, tiene la capacidad de llevarnos al más puro goce, o lanzarnos a los pozos más profundos de dolor y angustia. Y justo esa naturaleza volátil y salvaje que viene con el sexo es lo que ha llevado a varias tradiciones religiosas a considerarlo un impedimento para el desarrollo espiritual. Debido al mal uso del sexo en la publicidad, y a la confusión y el dolor que la intimidad puede causar, esta creencia sigue, hasta cierto punto, permeando la imaginación popular. Por ello la espiritualidad se puede relacionar inmediatamente con la sabiduría y el amor, pero cuando se le trata de relacionarse con la sexualidad, es mucho más complicada de vender.

Pero, ¿cómo redimimos el sexo y lo elevamos al estatus espiritual que merece? ¿Cómo reconciliamos ambas energías cuando el placer sexual es responsable de tantos traumas, vergüenzas y dolores?

Desde la perspectiva del Qigong, la noción antitética entre la sexualidad y la espiritualidad no tiene cabida, porque la sexualidad es una de las fuentes de la felicidad. Si esperamos algún día asegurar una felicidad duradera en una relación de pareja, apunta Peng, debemos sanar nuestras condicionadas distorsiones sociales acerca de la sexualidad. En esencia, debemos espiritualizar el sexo.

gustavklimt

Estereotípicamente, la energía sexual del hombre se enciende y agota pronto, como un cerillo; mientras que la energía sexual de la mujer se enciende lentamente y permanece caliente por mucho tiempo, como un balde de agua hirviendo. Estos tempos distintos son productores de muchos problemas, aunados al hecho de que, cuando la energía sexual del hombre se activa, su emocionalidad tiende a inhibirse y no puede relacionarse tan fácil con los sentimientos.

Evidentemente no podemos alterar nuestros instintos sexuales. Pero podemos usar la práctica espiritual para vencer las limitaciones impuestas por la naturaleza en torno a la sexualidad. No por nada somos seres con la capacidad de tomar nuestra evolución en nuestras propias manos. Si tenemos claro que el sexo puede arrebatarnos el control y con ello generar dolor, ¿por qué no intentar dirigirlo a un lugar más limpio de daño? De hecho, podemos transformar la discordia inherente entre la sexualidad masculina y femenina por medio de distintos tipos de prácticas.

El Qigong es una de las maneras más efectivas de ayudar al hombre a emplear su energía sexual, escribe Peng. Cuando se enciende la energía sexual de un hombre, se intensifica localmente alrededor de los genitales y rápidamente fluye fuera del cuerpo. Ese es el patrón normal. Pero los hombres también pueden aprender a revertir ese flujo y dirigir su esencia sexual hacia arriba, hacia el dantian medio (centro de energía localizado al nivel del corazón). Al hacer esto, el hombre logra dos cosas: primero, reduce la urgencia por eyacular, y segundo, mientras la energía sexual se eleva a su pecho, la pasión se mezcla con el amor y la ternura. Un hombre que domine esta habilidad es capaz de prolongar la interacción indefinidamente y profundizar su conexión emocional mientras hace el amor.

Cuando la energía sexual femenina se enciende, esta fluye naturalmente hacia dentro y hacia arriba desde los genitales hasta el corazón. Según el Qigong, la estimulación de los pechos activa aún más el dantien medio y refuerza la respuesta emocional. Contrario a los hombres, las mujeres no necesitan practicar Qigong para integrar su vitalidad sexual con su amor. Estas cualidades se mezclan naturalmente, y, en este sentido, la sexualidad femenina esta inherentemente más integrada.

Sin embargo, mediante la práctica espiritual enfocada, tanto hombres como mujeres pueden aprender a integrar su energía sexual a niveles aún más elevados. La vitalidad sexual (elixir de elixires) puede ser dirigida hacia arriba, desde el corazón a la punta de nuestra cabeza, donde se permea de la regocijante cualidad de lo sagrado. Y desde ahí, la vitalidad puede ser circulada a través del Meridiano Central (el canal energético que unifica los tres centros de energía principales: los dantians) hacia el firmamento, donde se experimenta como el mayor de los clímax.

Este clímax es más intenso y placentero que incuso el mejor de los sexos pasionales. “Comparar los dos”, apunta Peng, “es como comparar una bañera con el océano”.

Cualquier cosa relacionada con el sexo, aunque sea indirectamente, estimula reflejos. Si estás trabajando en un café, por ejemplo, y estás cansado y disperso, el solo hecho de que una persona atractiva se siente cerca de ti eleva inmediatamente tus niveles de energía. Esa intensificación energética, en términos de medicina china, representa la activación de nuestro “dantian” inferior (centro de energía que se encuentra debajo del ombligo), el cual almacena nuestra energía sexual.

En su libro The Master Key: Qigong Secrets, Robert Peng explica la naturaleza sexual de una manera bastante clara y, por lo demás, lógica. La energía sexual pura, dice, tiene la capacidad de llevarnos al más puro goce, o lanzarnos a los pozos más profundos de dolor y angustia. Y justo esa naturaleza volátil y salvaje que viene con el sexo es lo que ha llevado a varias tradiciones religiosas a considerarlo un impedimento para el desarrollo espiritual. Debido al mal uso del sexo en la publicidad, y a la confusión y el dolor que la intimidad puede causar, esta creencia sigue, hasta cierto punto, permeando la imaginación popular. Por ello la espiritualidad se puede relacionar inmediatamente con la sabiduría y el amor, pero cuando se le trata de relacionarse con la sexualidad, es mucho más complicada de vender.

Pero, ¿cómo redimimos el sexo y lo elevamos al estatus espiritual que merece? ¿Cómo reconciliamos ambas energías cuando el placer sexual es responsable de tantos traumas, vergüenzas y dolores?

Desde la perspectiva del Qigong, la noción antitética entre la sexualidad y la espiritualidad no tiene cabida, porque la sexualidad es una de las fuentes de la felicidad. Si esperamos algún día asegurar una felicidad duradera en una relación de pareja, apunta Peng, debemos sanar nuestras condicionadas distorsiones sociales acerca de la sexualidad. En esencia, debemos espiritualizar el sexo.

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Estereotípicamente, la energía sexual del hombre se enciende y agota pronto, como un cerillo; mientras que la energía sexual de la mujer se enciende lentamente y permanece caliente por mucho tiempo, como un balde de agua hirviendo. Estos tempos distintos son productores de muchos problemas, aunados al hecho de que, cuando la energía sexual del hombre se activa, su emocionalidad tiende a inhibirse y no puede relacionarse tan fácil con los sentimientos.

Evidentemente no podemos alterar nuestros instintos sexuales. Pero podemos usar la práctica espiritual para vencer las limitaciones impuestas por la naturaleza en torno a la sexualidad. No por nada somos seres con la capacidad de tomar nuestra evolución en nuestras propias manos. Si tenemos claro que el sexo puede arrebatarnos el control y con ello generar dolor, ¿por qué no intentar dirigirlo a un lugar más limpio de daño? De hecho, podemos transformar la discordia inherente entre la sexualidad masculina y femenina por medio de distintos tipos de prácticas.

El Qigong es una de las maneras más efectivas de ayudar al hombre a emplear su energía sexual, escribe Peng. Cuando se enciende la energía sexual de un hombre, se intensifica localmente alrededor de los genitales y rápidamente fluye fuera del cuerpo. Ese es el patrón normal. Pero los hombres también pueden aprender a revertir ese flujo y dirigir su esencia sexual hacia arriba, hacia el dantian medio (centro de energía localizado al nivel del corazón). Al hacer esto, el hombre logra dos cosas: primero, reduce la urgencia por eyacular, y segundo, mientras la energía sexual se eleva a su pecho, la pasión se mezcla con el amor y la ternura. Un hombre que domine esta habilidad es capaz de prolongar la interacción indefinidamente y profundizar su conexión emocional mientras hace el amor.

Cuando la energía sexual femenina se enciende, esta fluye naturalmente hacia dentro y hacia arriba desde los genitales hasta el corazón. Según el Qigong, la estimulación de los pechos activa aún más el dantien medio y refuerza la respuesta emocional. Contrario a los hombres, las mujeres no necesitan practicar Qigong para integrar su vitalidad sexual con su amor. Estas cualidades se mezclan naturalmente, y, en este sentido, la sexualidad femenina esta inherentemente más integrada.

Sin embargo, mediante la práctica espiritual enfocada, tanto hombres como mujeres pueden aprender a integrar su energía sexual a niveles aún más elevados. La vitalidad sexual (elixir de elixires) puede ser dirigida hacia arriba, desde el corazón a la punta de nuestra cabeza, donde se permea de la regocijante cualidad de lo sagrado. Y desde ahí, la vitalidad puede ser circulada a través del Meridiano Central (el canal energético que unifica los tres centros de energía principales: los dantians) hacia el firmamento, donde se experimenta como el mayor de los clímax.

Este clímax es más intenso y placentero que incuso el mejor de los sexos pasionales. “Comparar los dos”, apunta Peng, “es como comparar una bañera con el océano”.

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