Una de las magias más evidentes, y por ello también más cautivadoras de la música, es que el motivo de su trascendencia nunca ha sido claro para nadie, pero el hecho es indiscutible. Sabemos que la música nos traduce otros mundos a este, o vigoriza nuestro entendimiento y sabemos que sobrevive a todas las cosas. Pero no podemos explicarlo. Por años, filósofos y científicos han intentado determinar el propósito de la música en la vida humana. Para Darwin era la única facultad humana que está más allá de nuestro entendimiento, y Kant decía que la música era esencialmente inútil porque no confiere ventaja de sobrevivencia, pero aun así se preguntaba de dónde viene y cómo funciona.

Cada estudio ha proporcionado una estupenda pieza al tablero de una respuesta, pero un físico investigador de Harvard llamado Leonid Perlovsky parece haberlos unificado para dar un argumento que, por cierto, no suena tan descabellado. Él cree que la música tiene una profunda función evolutiva. En un artículo para The Conversation resume años de investigaciones para argumentar que “la música es una adaptación evolutiva, una que nos ayuda a navegar un mundo plagado de contradicciones”.

Perlovsky plantea que el “propósito universal” de la música viene de su habilidad para ayudar a los seres humanos a sobrellevar la disonancia cognitiva, ese sentimiento de incomodidad emocional que experimentamos cuando aprendemos información nueva que contradice o se opone a creencias ya existentes. Es una poderosísima fuente de ansiedad que afecta nuestra toma de decisiones y capacidad de aprendizaje. Es, de hecho, unos de los fenómenos de psicología social más estudiados de todos, y uno que todos experimentamos varias veces al día.

La tendencia del individuo es buscar consistencia entre sus cogniciones (ya sean opiniones o creencias). Cuando hay una inconsistencia entre actitudes o comportamientos, algo debe hacerse para eliminar la disonancia. Una manera de aliviarla es suprimiendo o rechazando este conocimiento contradictorio. Aquí, de acuerdo a Perlovsky, entra la música.

“Mientras el lenguaje divide al mundo en pedazos destallados, distintos, la música unifica al mundo en un todo”, escribe Perlovsky. “Nuestra psique requiere ambos”.

La música, de acuerdo a sus investigaciones, suaviza las dificultades para procesar información nueva. Como prueba de ello describe algunos experimentos llevados a cabo desde el año 2012. En uno de ellos, por ejemplo, le pidieron a un grupo de niños de 4 años que calificaran un grupo de juguetes de “favorito” a “menos favorito”, y luego les pidieron que no jugaran con su “segundo favorito”.

Ello llevó, por supuesto, a disonancia. Los niños disfrutaban jugar con su segundo juguete favorito, pero les costó trabajo cuadrar eso con su declaración definitiva de que no les gustaba tanto como el más favorito. Cuando los investigadores intentaron reinspirar a los niños a jugar, encontraron que habían devaluado por completo el juguete elegido: suprimieron su amor original por él. Sin embargo, cuando este mismo experimento se realizó con música de fondo, “el juguete recobró su valor original”, anota Perlovsky. “El conocimiento contradictorio no llevó a los niños a simplemente desechar el juguete”.

En otras palabras, la música afecta nuestra perspectiva de manera que los conflictos, ya sean cotidianos o profundos, adquieren un ritmo conciliatorio en nuestra mente. Su teoría podría ser el terreno donde algunos de los más fascinantes descubrimientos sobre la música logren unificarse. Tenemos que la música ha existido desde que existe el lenguaje mismo porque es, como este, un extraordinario beneficio de adaptación evolutiva. Y sabemos que hasta los sentidos más torpes no pueden resistirse a la música.

Y es que si la gente está dispuesta a engañarse a sí misma o ignorar nueva información, ¿cómo evoluciona entonces la cultura humana? Después de todo, la base de la cultura es la acumulación de nuevos conocimientos, muchos de los cuales contradicen al conocimiento existente. Para eso está la música. Solo queda pendiente la respuesta a la pregunta que alguna vez hizo Aristóteles: “¿Por qué la música, siendo solo sonidos, nos recuerda a los estados del alma?”.

Una de las magias más evidentes, y por ello también más cautivadoras de la música, es que el motivo de su trascendencia nunca ha sido claro para nadie, pero el hecho es indiscutible. Sabemos que la música nos traduce otros mundos a este, o vigoriza nuestro entendimiento y sabemos que sobrevive a todas las cosas. Pero no podemos explicarlo. Por años, filósofos y científicos han intentado determinar el propósito de la música en la vida humana. Para Darwin era la única facultad humana que está más allá de nuestro entendimiento, y Kant decía que la música era esencialmente inútil porque no confiere ventaja de sobrevivencia, pero aun así se preguntaba de dónde viene y cómo funciona.

Cada estudio ha proporcionado una estupenda pieza al tablero de una respuesta, pero un físico investigador de Harvard llamado Leonid Perlovsky parece haberlos unificado para dar un argumento que, por cierto, no suena tan descabellado. Él cree que la música tiene una profunda función evolutiva. En un artículo para The Conversation resume años de investigaciones para argumentar que “la música es una adaptación evolutiva, una que nos ayuda a navegar un mundo plagado de contradicciones”.

Perlovsky plantea que el “propósito universal” de la música viene de su habilidad para ayudar a los seres humanos a sobrellevar la disonancia cognitiva, ese sentimiento de incomodidad emocional que experimentamos cuando aprendemos información nueva que contradice o se opone a creencias ya existentes. Es una poderosísima fuente de ansiedad que afecta nuestra toma de decisiones y capacidad de aprendizaje. Es, de hecho, unos de los fenómenos de psicología social más estudiados de todos, y uno que todos experimentamos varias veces al día.

La tendencia del individuo es buscar consistencia entre sus cogniciones (ya sean opiniones o creencias). Cuando hay una inconsistencia entre actitudes o comportamientos, algo debe hacerse para eliminar la disonancia. Una manera de aliviarla es suprimiendo o rechazando este conocimiento contradictorio. Aquí, de acuerdo a Perlovsky, entra la música.

“Mientras el lenguaje divide al mundo en pedazos destallados, distintos, la música unifica al mundo en un todo”, escribe Perlovsky. “Nuestra psique requiere ambos”.

La música, de acuerdo a sus investigaciones, suaviza las dificultades para procesar información nueva. Como prueba de ello describe algunos experimentos llevados a cabo desde el año 2012. En uno de ellos, por ejemplo, le pidieron a un grupo de niños de 4 años que calificaran un grupo de juguetes de “favorito” a “menos favorito”, y luego les pidieron que no jugaran con su “segundo favorito”.

Ello llevó, por supuesto, a disonancia. Los niños disfrutaban jugar con su segundo juguete favorito, pero les costó trabajo cuadrar eso con su declaración definitiva de que no les gustaba tanto como el más favorito. Cuando los investigadores intentaron reinspirar a los niños a jugar, encontraron que habían devaluado por completo el juguete elegido: suprimieron su amor original por él. Sin embargo, cuando este mismo experimento se realizó con música de fondo, “el juguete recobró su valor original”, anota Perlovsky. “El conocimiento contradictorio no llevó a los niños a simplemente desechar el juguete”.

En otras palabras, la música afecta nuestra perspectiva de manera que los conflictos, ya sean cotidianos o profundos, adquieren un ritmo conciliatorio en nuestra mente. Su teoría podría ser el terreno donde algunos de los más fascinantes descubrimientos sobre la música logren unificarse. Tenemos que la música ha existido desde que existe el lenguaje mismo porque es, como este, un extraordinario beneficio de adaptación evolutiva. Y sabemos que hasta los sentidos más torpes no pueden resistirse a la música.

Y es que si la gente está dispuesta a engañarse a sí misma o ignorar nueva información, ¿cómo evoluciona entonces la cultura humana? Después de todo, la base de la cultura es la acumulación de nuevos conocimientos, muchos de los cuales contradicen al conocimiento existente. Para eso está la música. Solo queda pendiente la respuesta a la pregunta que alguna vez hizo Aristóteles: “¿Por qué la música, siendo solo sonidos, nos recuerda a los estados del alma?”.

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