La eterna pregunta de por qué existe el universo (o cómo es que algo surgió de la nada) es revisitada por el escritor Jim Holt en su libro Why Does the World Exist?: An Existential Detective Story, donde trata este fascinante e inagotable tema a través de un abanico de múltiples perspectivas, una visión poliédrica. Holt se sirve de las mente más brillantes de la actualidad y de tiempos pasados para abordar la ontología cósmica. Una pregunta “tan profunda que sólo se le ocurriría a un metafísico, y al mismo tiempo tan simple que sólo se le ocurriría a un niño”.

Para promover este libro, se ha publicado en Internet la intervención del novelista estadounidense John Updike, quien parece inclinarse al asombro como el estado que mayor sintonía consigue con este predicamento. Updike responde:

Una opinión que he encontrado es que, ya que llegar de nada a algo involucra tiempo, y el tiempo no existe antes de que haya algo, la pregunta es insignificante y deberíamos de dejar de preguntárnosla. Va más allá de nuestros límites intelectuales como especie. Ponte en la posición de un perro. Un perro es responsivo, muestra intuición, nos ve desde ojos en los que yace una cierta inteligencia, pero un perro no entiende la mayoría de las cosas que ve hacer a las personas. No debe de tener ninguna idea de cómo se inventó, por ejemplo, el motor de combustión interna. Así que tal vez debamos de imaginar que somos perros y que existen reinos que van más allá de nuestro entendimiento. Tengo problemas creyendo –y esto te ofenderá— la explicación científica estándar de cómo creció rápidamente el universo de la nada. Sólo piensa en ello. La noción de que todos los planetas y estrellas que vemos, y miles de veces más de las que vemos —que todo esto estaba comprimido en un punto del tamaño de, ¿qué, un punto o una uva? ¿Cómo, me pregunto, puede ser esto? Y luego pienso en otra cosa.

El novelista estadounidense concuerda con el filósofo Ludwig Wittgenstein, quien dijo que “no es cómo es el mundo lo que es místico, sino que es”. La simple existencia, inefable, es lo místico.

Updike juega con la idea de un creador divino: “¿Dije yo que Dios creó el mundo por aburrimiento? Bueno, [Tomás de] Aquino dijo que Dios creó el mundo “en jugo”. En juego. En un espíritu lúdico hizo el mundo. Eso a mí me suena más cerca de la verdad”.

¿El universo, un juego misterioso? Tal vez sí. Un juego infinito en el que no se trata de ganar sino de que el juego siga existiendo, de que siga creando, de que se lleven a cabo todos los movimientos concebibles. Un juego en un tablero invisible cuya razón de ser podría ser el juego mismo (la razón del universo sería el propio universo). Y entonces, también, se trata de invocar a un creador: la creación (el mundo) sería el creador mismo.

 

 

*Imagen: Los pilares de la creación / Wikimedia Commons

La eterna pregunta de por qué existe el universo (o cómo es que algo surgió de la nada) es revisitada por el escritor Jim Holt en su libro Why Does the World Exist?: An Existential Detective Story, donde trata este fascinante e inagotable tema a través de un abanico de múltiples perspectivas, una visión poliédrica. Holt se sirve de las mente más brillantes de la actualidad y de tiempos pasados para abordar la ontología cósmica. Una pregunta “tan profunda que sólo se le ocurriría a un metafísico, y al mismo tiempo tan simple que sólo se le ocurriría a un niño”.

Para promover este libro, se ha publicado en Internet la intervención del novelista estadounidense John Updike, quien parece inclinarse al asombro como el estado que mayor sintonía consigue con este predicamento. Updike responde:

Una opinión que he encontrado es que, ya que llegar de nada a algo involucra tiempo, y el tiempo no existe antes de que haya algo, la pregunta es insignificante y deberíamos de dejar de preguntárnosla. Va más allá de nuestros límites intelectuales como especie. Ponte en la posición de un perro. Un perro es responsivo, muestra intuición, nos ve desde ojos en los que yace una cierta inteligencia, pero un perro no entiende la mayoría de las cosas que ve hacer a las personas. No debe de tener ninguna idea de cómo se inventó, por ejemplo, el motor de combustión interna. Así que tal vez debamos de imaginar que somos perros y que existen reinos que van más allá de nuestro entendimiento. Tengo problemas creyendo –y esto te ofenderá— la explicación científica estándar de cómo creció rápidamente el universo de la nada. Sólo piensa en ello. La noción de que todos los planetas y estrellas que vemos, y miles de veces más de las que vemos —que todo esto estaba comprimido en un punto del tamaño de, ¿qué, un punto o una uva? ¿Cómo, me pregunto, puede ser esto? Y luego pienso en otra cosa.

El novelista estadounidense concuerda con el filósofo Ludwig Wittgenstein, quien dijo que “no es cómo es el mundo lo que es místico, sino que es”. La simple existencia, inefable, es lo místico.

Updike juega con la idea de un creador divino: “¿Dije yo que Dios creó el mundo por aburrimiento? Bueno, [Tomás de] Aquino dijo que Dios creó el mundo “en jugo”. En juego. En un espíritu lúdico hizo el mundo. Eso a mí me suena más cerca de la verdad”.

¿El universo, un juego misterioso? Tal vez sí. Un juego infinito en el que no se trata de ganar sino de que el juego siga existiendo, de que siga creando, de que se lleven a cabo todos los movimientos concebibles. Un juego en un tablero invisible cuya razón de ser podría ser el juego mismo (la razón del universo sería el propio universo). Y entonces, también, se trata de invocar a un creador: la creación (el mundo) sería el creador mismo.

 

 

*Imagen: Los pilares de la creación / Wikimedia Commons