La naturaleza no conoce la idea de belleza pero la encarna, inadvertidamente, en todo su esplendor. Desde el plumaje de un pavorreal, las danzas de algunas aves del paraíso y su construcción de llamativos nidos, una parte de la supervivencia de las especies tiene en la belleza y la extravagancia, en el color y el brillo, algunos de sus más poderosos aliados (incluso, tal vez, en el mundo de los hombres). La ciencia, se sabe, ha comprobado que la evolución de las especies; sus procesos de adaptación, existen para ser útiles, para asegurar que un individuo mantenga viva a su especie. Pero eso, ahora, ya no es una verdad absoluta. En un artículo reciente del New York Times, Ferris Jabr describe cómo lo que nosotros entendemos como belleza ha transformado la manera en que muchos científicos estudian actualmente la evolución de las especies, y habla sobre una nueva escuela de pensamiento dentro de la biología evolutiva que pone en duda muchas hipótesis que hasta ahora se habían mantenido como absolutas en torno a estos temas.

Existe una gran cantidad de especies con ornamentos para reproducirse que son tan costosos metabólicamente, como pesados o difíciles de portar. Arañas con vientres iridiscentes, lagartijas con gargantas descomunales o aves con colores y plumajes impensables son sólo algunos ejemplos de los trabajos que se toma la naturaleza para asegurar que las especies subsistan. Todo esto hace a los científicos pensar que la belleza en la naturaleza es, más que un elemento decorativo, un código.

De acuerdo con esta teoría, los ornamentos en ciertos animales se presentan como señales de cualidades positivas como buena salud, inteligencia y habilidades de sobrevivencia; además, por supuesto, del hecho de que dichos genes pasarán a los hijos. Un plumaje brillante, por ejemplo, puede ser muestra de un sistema inmunológico robusto. De esta manera, la belleza se plantea como parte de la selección natural.

Para Darwin, descubridor y estudioso de la selección natural, la belleza de los animales no necesariamente reflejaba salud o “buenos genes”; para él, los animales tenían ciertas preferencias estéticas, algo que llamó “selección sexual”. El científico dedicó, de hecho, varias páginas a este tema en su famoso libro El origen del hombre (1871). Esta teoría fue descartada rápidamente por científicos posteriores que sostuvieron, precisamente, que la belleza es sinónimo de una genética privilegiada. Pero ahora, más de un siglo después, nuevas generaciones de biólogos retoman los planteamientos de Darwin y sostienen que la belleza no es necesariamente un indicador de buena salud o genes favorables: puede ser simplemente una arbitrariedad genética y, en ese sentido, de belleza en el reino animal puede ser uno de los motores de la evolución. Esta escuela también sostiene la posibilidad de que las preferencias estéticas de un animal pueden responder a factores psicológicos o ambientales que no tienen nada que ver con genética o supervivencia.

Esta nueva escuela de pensamiento implica un replanteamiento no solamente de la evolución de la belleza, sino también de la forma en que concebimos la evolución misma. Durante décadas, se ha pensado que la selección natural (el elegir como pareja reproductiva al individuo con mejor información genética) era lo que condicionaba la evolución genética, pero ahora esta nueva corriente plantea que hay otras fuerzas en juego, formas de evolución que toman en cuenta la percepción de un animal del mundo que lo rodea, y cómo su muy única e individual manera de percibirlo puede influenciar determinantemente la apariencia física y el comportamiento de las especies. Esto plantea dos universos en juego al momento de hablar sobre evolución: el mundo físico y el mundo interior, que es una construcción.

Dentro de este grupo de científicos, destaca el ornitólogo de la Universidad de Yale Richard Prum, que defiende las teorías darwinianas sobre la selección sexual y que publicó, en 2017, el libro La evolución de la belleza. En dicho volumen detalla sus teorías sobre la evolución y la estética.

Los estudios de Prum y muchos otros científicos que comparten sus posturas sobre la evolución y la belleza plantean una realidad fascinante e inspiradora: la existencia de una sofisticada percepción de los animales (una que quizá no habíamos imaginado) y la posibilidad de que éstos reconozcan la belleza de formas que apenas comenzamos a entender.

 

 

 

Imagen: Pixabay

La naturaleza no conoce la idea de belleza pero la encarna, inadvertidamente, en todo su esplendor. Desde el plumaje de un pavorreal, las danzas de algunas aves del paraíso y su construcción de llamativos nidos, una parte de la supervivencia de las especies tiene en la belleza y la extravagancia, en el color y el brillo, algunos de sus más poderosos aliados (incluso, tal vez, en el mundo de los hombres). La ciencia, se sabe, ha comprobado que la evolución de las especies; sus procesos de adaptación, existen para ser útiles, para asegurar que un individuo mantenga viva a su especie. Pero eso, ahora, ya no es una verdad absoluta. En un artículo reciente del New York Times, Ferris Jabr describe cómo lo que nosotros entendemos como belleza ha transformado la manera en que muchos científicos estudian actualmente la evolución de las especies, y habla sobre una nueva escuela de pensamiento dentro de la biología evolutiva que pone en duda muchas hipótesis que hasta ahora se habían mantenido como absolutas en torno a estos temas.

Existe una gran cantidad de especies con ornamentos para reproducirse que son tan costosos metabólicamente, como pesados o difíciles de portar. Arañas con vientres iridiscentes, lagartijas con gargantas descomunales o aves con colores y plumajes impensables son sólo algunos ejemplos de los trabajos que se toma la naturaleza para asegurar que las especies subsistan. Todo esto hace a los científicos pensar que la belleza en la naturaleza es, más que un elemento decorativo, un código.

De acuerdo con esta teoría, los ornamentos en ciertos animales se presentan como señales de cualidades positivas como buena salud, inteligencia y habilidades de sobrevivencia; además, por supuesto, del hecho de que dichos genes pasarán a los hijos. Un plumaje brillante, por ejemplo, puede ser muestra de un sistema inmunológico robusto. De esta manera, la belleza se plantea como parte de la selección natural.

Para Darwin, descubridor y estudioso de la selección natural, la belleza de los animales no necesariamente reflejaba salud o “buenos genes”; para él, los animales tenían ciertas preferencias estéticas, algo que llamó “selección sexual”. El científico dedicó, de hecho, varias páginas a este tema en su famoso libro El origen del hombre (1871). Esta teoría fue descartada rápidamente por científicos posteriores que sostuvieron, precisamente, que la belleza es sinónimo de una genética privilegiada. Pero ahora, más de un siglo después, nuevas generaciones de biólogos retoman los planteamientos de Darwin y sostienen que la belleza no es necesariamente un indicador de buena salud o genes favorables: puede ser simplemente una arbitrariedad genética y, en ese sentido, de belleza en el reino animal puede ser uno de los motores de la evolución. Esta escuela también sostiene la posibilidad de que las preferencias estéticas de un animal pueden responder a factores psicológicos o ambientales que no tienen nada que ver con genética o supervivencia.

Esta nueva escuela de pensamiento implica un replanteamiento no solamente de la evolución de la belleza, sino también de la forma en que concebimos la evolución misma. Durante décadas, se ha pensado que la selección natural (el elegir como pareja reproductiva al individuo con mejor información genética) era lo que condicionaba la evolución genética, pero ahora esta nueva corriente plantea que hay otras fuerzas en juego, formas de evolución que toman en cuenta la percepción de un animal del mundo que lo rodea, y cómo su muy única e individual manera de percibirlo puede influenciar determinantemente la apariencia física y el comportamiento de las especies. Esto plantea dos universos en juego al momento de hablar sobre evolución: el mundo físico y el mundo interior, que es una construcción.

Dentro de este grupo de científicos, destaca el ornitólogo de la Universidad de Yale Richard Prum, que defiende las teorías darwinianas sobre la selección sexual y que publicó, en 2017, el libro La evolución de la belleza. En dicho volumen detalla sus teorías sobre la evolución y la estética.

Los estudios de Prum y muchos otros científicos que comparten sus posturas sobre la evolución y la belleza plantean una realidad fascinante e inspiradora: la existencia de una sofisticada percepción de los animales (una que quizá no habíamos imaginado) y la posibilidad de que éstos reconozcan la belleza de formas que apenas comenzamos a entender.

 

 

 

Imagen: Pixabay