La peculiar blancura de las gaviotas animó una antigua superstición de que son los espíritus de marineros perdidos. Los colibríes, para los aztecas, eran las almas de guerreros muertos. La aparición del búho, esa avis turpissima, es un anuncio profético para algunos, o el presagio de una inminente muerte, para otros. Los pájaros residen en el corazón de la experiencia humana. Cuando vemos pájaros, estos dan un golpecito a nuestro inconsciente y lo despiertan.

Hay una fascinante relación entre las aves,  los espíritus, la sabiduría divina y las profecías, y están tan simbólicamente relacionadas con nosotros que a menudo lo olvidamos. Cada ave tiene una carga simbólica específica acordada por tradiciones –como veremos– pero también cada ave tiene un símbolo único, subjetivo, de acuerdo al momento en que se presenta. Si los vemos como significantes arquetípicos, los pájaros resultan particularmente adecuados para la auto-iluminación.

A veces, por ejemplo, a la mitad de una tribulación vemos un pájaro e inmediatamente le conferimos agencia sobre nuestros pensamientos. Su presencia puede significar una epifanía, un presagio, una tranquilidad. Si uno está meditando en el pasado y un ave del paraíso abre sus alas a mitad del cielo podemos quizá comprender algo allí, en ese momento, y abrir las alas con él.  O si, por otro lado, extrañamos a algún fallecido y un cuervo se posa en nuestra ventana (como le sucede al personaje de Poe), ese cuervo será un mensajero de la muerte, o bien el espíritu mismo de nuestro ser querido.

Las sincronicidades entre la naturaleza y el pensamiento despiertan un elemento esotérico en el aire. Y son precisamente estas asociaciones siniestras lo más asombroso de nuestra relación con los pájaros. El extraño reconocimiento de  lo familiar en lo Otro dice más del sujeto que percibe “lo otro” que del objeto (en este caso el ave) percibido. Pero hay ciertas características en las aves que sugieren que saben mucho más de lo que nos muestran.

Las aves como augurios de muerte

El supuesto poder predictivo de los pájaros se extiende a todas las culturas. Los pájaros negros en particular son muchas veces víctimas de evaluación por perfil, como apunta Christopher Moreman en su fascinante ensayo sobre la relación entre espíritus y aves. En Gales, por ejemplo, hay un dicho que dice que un cuervo volando sobre una casa presagia una muerte dentro. En Inglaterra se cree que los cuervos hacen predicciones similares si aterrizan en una casa o en la cerca de un jardín. Una leyenda danesa mantiene que la aparición de un cuervo o zanate en el pueblo presagia la muerte del cura local. Pero innumerables presagios sobre la muerte están relacionados con el rey de los pájaros nocturnos, el búho, descrito por los antiguos griegos como “el ave más maligna de todas, el profeta del final”.

Ovidio llamó al búho “un terrible presagio para los mortales”. En China se dice que el búho grita “wā, wā!” (caven, caven), urgiendo que una tumba será pronto necesitada. En el sur de India, uno puede predecir el futuro contando el ulular de los búhos: uno solo significa muerte y ocho significan muerte repentina (aunque otros números son más auspiciosos). Entre algunos apaches, los búhos son inminentes fantasmas. En México, el tecolote (del náhuatl tecolotl) porta el mismo nombre que los brujos y nahuales y aparece a las mismas horas del día (el ocaso o la noche). En el folclor judío, el búho es a menudo vinculado con Lilith, el legendario demonio femenino culpado por las muertes infantiles y presunto precursor de la figura del vampiro.

Los pájaros, sin embargo, también son psicopompos esotéricos que roban o transportan las almas de los muertos hacia el otro lado. Los romanos, en apoteosis, liberaban un águila a la muerte de un emperador para que pudiera conducir su alma a las alturas. Algunos nativos americanos describen a los zopilotes como cargando a los muertos al mundo de los espíritus. Y no podemos dejar de lado la historia bíblica de Jesús (Mateo 3:16) en que este desciende de los cielos ya transformado en Dios en la forma de una paloma.

Múltiples investigadores han explicado la relación pájaro-muerte o pájaro-transmigración en términos naturalistas. “Las características naturales del búho, su súbito abalance sobre las víctimas, su siniestro ulular, su preferencia por la oscuridad y el olor a carroña de su nido lo hizo el mensajero más tenebroso de las diosas de la muerte” explican. Su teoría es que las alas, el canto (a veces terroríficamente parecido a la voz humana, como en el caso del cuervo), su capacidad de migrar y de volar en lo alto componen un perfecto símbolo de la otredad: aquello que está velado para los seres humanos. Pero está relación no es suficiente.

Quizá el arquetipo junguiano lo esclarece mejor. Cuando uno encuentra un símbolo común reconocido a lo largo de un gran número de tradiciones culturales, como la relación de las aves y la muerte, se trata de un arquetipo colectivo. Ello no quiere decir que el pájaro en sí sea el arquetipo, si no que algo en los pájaros manifiesta ese arquetipo. “No es que haya una imagen de pájaro instintivamente incrustada en nuestra psique”, apunta Moreman, “sino que contenidos particulares de nuestro inconsciente son evocados más claramente por características particulares a los pájaros”. En otras palabras, no es que proyectemos significados a las aves; más bien reconocemos la “voz” del animal –lo que “significa”– a un nivel inconsciente.

Los pájaros tienen acceso a locaciones y conocimientos que son difíciles si no imposibles para los humanos de acceder; el misterio de la muerte encaja en esta descripción. Y la incertidumbre de la muerte es la más profunda en toda la humanidad. Las aves pueden conocer lo incognoscible y su vuelo les permite acceder a información de mundos desconocidos. Su conocimiento de estos mundos puede llevar a pensar que podrían transportar mensajes o espíritus a esos lugares, o bien de regreso de estos lugares.

En su vuelo altivo y su habilidad para alcanzar sitios que no están disponibles para nosotros, los pájaros son perfectos mensajeros ya sea entre los dioses y los hombres o entre la conciencia y la subconsciencia. “Las aves son asociadas con la muerte no porque algunos son negros, comen carroña o tienen hábitos nocturnos, sino porque encarnan la riqueza de la vida”, observa Moreman.

Los pájaros están a nuestros ojos tan vivos y son tan movedizos que pueden sugerir a complacencia. Al no entender su lenguaje –sus ojos siempre abiertos, su canto, su vuelo geométrico– lo asociamos con aquello que nos está velado por siempre: la muerte, el mundo detrás del velo, la anticipación de sucesos. Los convertimos en un lenguaje brujo que leemos toda la vida.

Imagen:  Histoire Naturelle des Oiseaux de Paradis et des Rolliers, suivie de celle des Toucans et des Barbus, François Levaillant y Jacques Barraband

La peculiar blancura de las gaviotas animó una antigua superstición de que son los espíritus de marineros perdidos. Los colibríes, para los aztecas, eran las almas de guerreros muertos. La aparición del búho, esa avis turpissima, es un anuncio profético para algunos, o el presagio de una inminente muerte, para otros. Los pájaros residen en el corazón de la experiencia humana. Cuando vemos pájaros, estos dan un golpecito a nuestro inconsciente y lo despiertan.

Hay una fascinante relación entre las aves,  los espíritus, la sabiduría divina y las profecías, y están tan simbólicamente relacionadas con nosotros que a menudo lo olvidamos. Cada ave tiene una carga simbólica específica acordada por tradiciones –como veremos– pero también cada ave tiene un símbolo único, subjetivo, de acuerdo al momento en que se presenta. Si los vemos como significantes arquetípicos, los pájaros resultan particularmente adecuados para la auto-iluminación.

A veces, por ejemplo, a la mitad de una tribulación vemos un pájaro e inmediatamente le conferimos agencia sobre nuestros pensamientos. Su presencia puede significar una epifanía, un presagio, una tranquilidad. Si uno está meditando en el pasado y un ave del paraíso abre sus alas a mitad del cielo podemos quizá comprender algo allí, en ese momento, y abrir las alas con él.  O si, por otro lado, extrañamos a algún fallecido y un cuervo se posa en nuestra ventana (como le sucede al personaje de Poe), ese cuervo será un mensajero de la muerte, o bien el espíritu mismo de nuestro ser querido.

Las sincronicidades entre la naturaleza y el pensamiento despiertan un elemento esotérico en el aire. Y son precisamente estas asociaciones siniestras lo más asombroso de nuestra relación con los pájaros. El extraño reconocimiento de  lo familiar en lo Otro dice más del sujeto que percibe “lo otro” que del objeto (en este caso el ave) percibido. Pero hay ciertas características en las aves que sugieren que saben mucho más de lo que nos muestran.

Las aves como augurios de muerte

El supuesto poder predictivo de los pájaros se extiende a todas las culturas. Los pájaros negros en particular son muchas veces víctimas de evaluación por perfil, como apunta Christopher Moreman en su fascinante ensayo sobre la relación entre espíritus y aves. En Gales, por ejemplo, hay un dicho que dice que un cuervo volando sobre una casa presagia una muerte dentro. En Inglaterra se cree que los cuervos hacen predicciones similares si aterrizan en una casa o en la cerca de un jardín. Una leyenda danesa mantiene que la aparición de un cuervo o zanate en el pueblo presagia la muerte del cura local. Pero innumerables presagios sobre la muerte están relacionados con el rey de los pájaros nocturnos, el búho, descrito por los antiguos griegos como “el ave más maligna de todas, el profeta del final”.

Ovidio llamó al búho “un terrible presagio para los mortales”. En China se dice que el búho grita “wā, wā!” (caven, caven), urgiendo que una tumba será pronto necesitada. En el sur de India, uno puede predecir el futuro contando el ulular de los búhos: uno solo significa muerte y ocho significan muerte repentina (aunque otros números son más auspiciosos). Entre algunos apaches, los búhos son inminentes fantasmas. En México, el tecolote (del náhuatl tecolotl) porta el mismo nombre que los brujos y nahuales y aparece a las mismas horas del día (el ocaso o la noche). En el folclor judío, el búho es a menudo vinculado con Lilith, el legendario demonio femenino culpado por las muertes infantiles y presunto precursor de la figura del vampiro.

Los pájaros, sin embargo, también son psicopompos esotéricos que roban o transportan las almas de los muertos hacia el otro lado. Los romanos, en apoteosis, liberaban un águila a la muerte de un emperador para que pudiera conducir su alma a las alturas. Algunos nativos americanos describen a los zopilotes como cargando a los muertos al mundo de los espíritus. Y no podemos dejar de lado la historia bíblica de Jesús (Mateo 3:16) en que este desciende de los cielos ya transformado en Dios en la forma de una paloma.

Múltiples investigadores han explicado la relación pájaro-muerte o pájaro-transmigración en términos naturalistas. “Las características naturales del búho, su súbito abalance sobre las víctimas, su siniestro ulular, su preferencia por la oscuridad y el olor a carroña de su nido lo hizo el mensajero más tenebroso de las diosas de la muerte” explican. Su teoría es que las alas, el canto (a veces terroríficamente parecido a la voz humana, como en el caso del cuervo), su capacidad de migrar y de volar en lo alto componen un perfecto símbolo de la otredad: aquello que está velado para los seres humanos. Pero está relación no es suficiente.

Quizá el arquetipo junguiano lo esclarece mejor. Cuando uno encuentra un símbolo común reconocido a lo largo de un gran número de tradiciones culturales, como la relación de las aves y la muerte, se trata de un arquetipo colectivo. Ello no quiere decir que el pájaro en sí sea el arquetipo, si no que algo en los pájaros manifiesta ese arquetipo. “No es que haya una imagen de pájaro instintivamente incrustada en nuestra psique”, apunta Moreman, “sino que contenidos particulares de nuestro inconsciente son evocados más claramente por características particulares a los pájaros”. En otras palabras, no es que proyectemos significados a las aves; más bien reconocemos la “voz” del animal –lo que “significa”– a un nivel inconsciente.

Los pájaros tienen acceso a locaciones y conocimientos que son difíciles si no imposibles para los humanos de acceder; el misterio de la muerte encaja en esta descripción. Y la incertidumbre de la muerte es la más profunda en toda la humanidad. Las aves pueden conocer lo incognoscible y su vuelo les permite acceder a información de mundos desconocidos. Su conocimiento de estos mundos puede llevar a pensar que podrían transportar mensajes o espíritus a esos lugares, o bien de regreso de estos lugares.

En su vuelo altivo y su habilidad para alcanzar sitios que no están disponibles para nosotros, los pájaros son perfectos mensajeros ya sea entre los dioses y los hombres o entre la conciencia y la subconsciencia. “Las aves son asociadas con la muerte no porque algunos son negros, comen carroña o tienen hábitos nocturnos, sino porque encarnan la riqueza de la vida”, observa Moreman.

Los pájaros están a nuestros ojos tan vivos y son tan movedizos que pueden sugerir a complacencia. Al no entender su lenguaje –sus ojos siempre abiertos, su canto, su vuelo geométrico– lo asociamos con aquello que nos está velado por siempre: la muerte, el mundo detrás del velo, la anticipación de sucesos. Los convertimos en un lenguaje brujo que leemos toda la vida.

Imagen:  Histoire Naturelle des Oiseaux de Paradis et des Rolliers, suivie de celle des Toucans et des Barbus, François Levaillant y Jacques Barraband

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