Leer es para nosotros un ejercicio solitario, silencioso. Una actividad que requiere renunciar al mundo momentáneamente y sustituirlo con otro paralelo que surge de los signos y las palabras que al descifrar hacemos nuestras.

Por dichas características, por esa manera en que leemos ahora y al menos desde hace un par de siglos, la lectura es uno de los caminos más efectivos de autoconocimiento y libertad; un puente que, aunque se construye de manera individual e íntima, al final nos conecta con nuestros semejantes, nuestro tiempo y nuestra realidad.

Esta manera de entender y ejercer la lectura puede encontrarse en Virginia Woolf y Marcel Proust, quienes, entre su catálogo de obras personales, cuentan con algunos ensayos en los que reflexionan sobre el acto de leer.

En el caso de Woolf, hay impresiones sobre la lectura en al menos tres ensayos: “Hours in a Library”, “The Common Reader” y “How Should One Read a Book?”, los tres de distintas épocas pero con una insistencia en común: el carácter liberador de la lectura.

9fd9e62c8215148b9c5ee415ad440b8cbc81d6143654565A la tradición eminentemente masculina de la erudición y el estudio riguroso, Woolf opone una perspectiva más suelta de la lectura, un procedimiento más bien hedónico y espontáneo que, sin cegarse totalmente a consejos e indicaciones, confíe también en el azar, el capricho y la sorpresa, en la posibilidad de desdeñar las normas para encontrar la libertad que nos vuelve humanos: “volverse un especialista o una autoridad resulta muy adecuado para matar eso que nos mueve a considerar la lectura pura y desinteresada como la pasión más humana”, escribe en “Hours in a Library”.

Leer, para Woolf, es un ejercicio intelectual en el que cedemos nuestro pensamiento al pensamiento de otro para ser devueltos a nosotros mismos: nos perdemos para encontrarnos:

Entonces, repentinamente, queriéndolo o no, porque es así como la Naturaleza emprende estas transiciones, el libro vuelve, pero diferente. Emerge hacia lo más elevado de la mente como un todo.

(“How Should One Read a Book?”)

En Proust, por otro lado, la consideración al respecto de la lectura es un poco menos explícita pero no por ello menos fascinante. Su texto “Sur la lecture”, que escribió originalmente como un prólogo para su traducción de al francés de Sesame and Lilies, una novela de John Ruskin, rememora los días “más plenamente vividos” de la infancia, “aquellos que pasamos con un libro favorito”.

Con el método proustiano por antonomasia en el que una hipótesis se combina y se comprueba con los recuerdos y las invenciones de la memoria, el texto transcurre con emotividad por escenas de una época perdida pero recuperada con agrado. Al motivo inicial del niño que lee a solas en un rincón de la casa, se suman otras impresiones, otras escenas, detalles que pierden su posible nimiedad en el preciosismo de la descripción, y de pronto, como lectores, descubrimos que hemos atestiguado el surgimiento inesperado de un mundo. ¿De qué manera? Remontando el curso de la lectura.

Proust nos muestra que leer nos otorga la llave, el mapa y la brújula para explorar lo que somos, para sumergirnos en esas zonas profundas en las que él creía que se encontraba lo verdadero, lo auténtico de nosotros mismos. Un primer paso que, con todo, no es conclusivo:

Y es ésta, efectivamente, una de las grandes y maravillosas cualidades de los bellos libros (y que nos hará comprender el papel a la vez esencial y limitado que la lectura puede desempeñar en nuestra vida espiritual) algo que para el autor podrían llamarse “Conclusiones” y para el lector “Incitaciones”. Somos conscientes de que nuestra sabiduría empieza donde la del autor termina, y quisiéramos que nos diera respuestas cuando todo lo que puede hacer por nosotros es excitar nuestros deseos. Y esos deseos, él no puede despertárnoslos más que haciéndonos contemplar la suprema belleza que el último esfuerzo de su arte le ha permitido alcanzar. Pero por una singular ley, providencial por añadidura, de la óptica de la mente (ley que significa tal vez que no podemos recibir la verdad de nadie y que debemos crearla nosotros mismos), aquello que es el término de su sabiduría no se nos presenta más que como el comienzo de la nuestra, de manera que cuando ya nos han dicho todo lo que podían decirnos surge en nosotros la sospecha de que todavía no nos han dicho nada.

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Leer es para nosotros un ejercicio solitario, silencioso. Una actividad que requiere renunciar al mundo momentáneamente y sustituirlo con otro paralelo que surge de los signos y las palabras que al descifrar hacemos nuestras.

Por dichas características, por esa manera en que leemos ahora y al menos desde hace un par de siglos, la lectura es uno de los caminos más efectivos de autoconocimiento y libertad; un puente que, aunque se construye de manera individual e íntima, al final nos conecta con nuestros semejantes, nuestro tiempo y nuestra realidad.

Esta manera de entender y ejercer la lectura puede encontrarse en Virginia Woolf y Marcel Proust, quienes, entre su catálogo de obras personales, cuentan con algunos ensayos en los que reflexionan sobre el acto de leer.

En el caso de Woolf, hay impresiones sobre la lectura en al menos tres ensayos: “Hours in a Library”, “The Common Reader” y “How Should One Read a Book?”, los tres de distintas épocas pero con una insistencia en común: el carácter liberador de la lectura.

9fd9e62c8215148b9c5ee415ad440b8cbc81d6143654565A la tradición eminentemente masculina de la erudición y el estudio riguroso, Woolf opone una perspectiva más suelta de la lectura, un procedimiento más bien hedónico y espontáneo que, sin cegarse totalmente a consejos e indicaciones, confíe también en el azar, el capricho y la sorpresa, en la posibilidad de desdeñar las normas para encontrar la libertad que nos vuelve humanos: “volverse un especialista o una autoridad resulta muy adecuado para matar eso que nos mueve a considerar la lectura pura y desinteresada como la pasión más humana”, escribe en “Hours in a Library”.

Leer, para Woolf, es un ejercicio intelectual en el que cedemos nuestro pensamiento al pensamiento de otro para ser devueltos a nosotros mismos: nos perdemos para encontrarnos:

Entonces, repentinamente, queriéndolo o no, porque es así como la Naturaleza emprende estas transiciones, el libro vuelve, pero diferente. Emerge hacia lo más elevado de la mente como un todo.

(“How Should One Read a Book?”)

En Proust, por otro lado, la consideración al respecto de la lectura es un poco menos explícita pero no por ello menos fascinante. Su texto “Sur la lecture”, que escribió originalmente como un prólogo para su traducción de al francés de Sesame and Lilies, una novela de John Ruskin, rememora los días “más plenamente vividos” de la infancia, “aquellos que pasamos con un libro favorito”.

Con el método proustiano por antonomasia en el que una hipótesis se combina y se comprueba con los recuerdos y las invenciones de la memoria, el texto transcurre con emotividad por escenas de una época perdida pero recuperada con agrado. Al motivo inicial del niño que lee a solas en un rincón de la casa, se suman otras impresiones, otras escenas, detalles que pierden su posible nimiedad en el preciosismo de la descripción, y de pronto, como lectores, descubrimos que hemos atestiguado el surgimiento inesperado de un mundo. ¿De qué manera? Remontando el curso de la lectura.

Proust nos muestra que leer nos otorga la llave, el mapa y la brújula para explorar lo que somos, para sumergirnos en esas zonas profundas en las que él creía que se encontraba lo verdadero, lo auténtico de nosotros mismos. Un primer paso que, con todo, no es conclusivo:

Y es ésta, efectivamente, una de las grandes y maravillosas cualidades de los bellos libros (y que nos hará comprender el papel a la vez esencial y limitado que la lectura puede desempeñar en nuestra vida espiritual) algo que para el autor podrían llamarse “Conclusiones” y para el lector “Incitaciones”. Somos conscientes de que nuestra sabiduría empieza donde la del autor termina, y quisiéramos que nos diera respuestas cuando todo lo que puede hacer por nosotros es excitar nuestros deseos. Y esos deseos, él no puede despertárnoslos más que haciéndonos contemplar la suprema belleza que el último esfuerzo de su arte le ha permitido alcanzar. Pero por una singular ley, providencial por añadidura, de la óptica de la mente (ley que significa tal vez que no podemos recibir la verdad de nadie y que debemos crearla nosotros mismos), aquello que es el término de su sabiduría no se nos presenta más que como el comienzo de la nuestra, de manera que cuando ya nos han dicho todo lo que podían decirnos surge en nosotros la sospecha de que todavía no nos han dicho nada.

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