Esta historia comienza sencillamente: un hombre y una mujer, una pareja, espera a su primer hijo. Eso pasa diariamente, ¿no es cierto? Todos los días hay mujeres que descubren o confirman que están embarazadas, hombres que se enteran de que serán padres, parejas que lo celebran… Todo, a veces, parece tan común y tan sencillo, pero sólo hasta cierto punto. A la vida basta mirarla un poco más de cerca para descubrir la densidad de su tejido.

Esa pareja, feliz por la próxima llegada de su hijo, experimenta pronto una dificultad: el niño nacerá con una malformación capaz de afectar seriamente sus capacidades cognitivas e intelectuales. Aún en su etapa de gestación, los médicos aconsejan a los padres interrumpirla y evitar el nacimiento, pero ellos se niegan. El niño llega a este mundo y, conforme a lo diagnosticado, su condición es delicada. Para sobrevivir, necesita que los médicos remuevan quirúrgicamente la malformación adherida a su cráneo. Los padres acceden a la operación y aunque ésta es exitosa, tiene secuelas en el desarrollo posterior del niño.

El hombre y la mujer son padres de un niño que parece incapaz de establecer contacto con ellos mismos, con su alrededor y con todo en el mundo donde se encuentra. Eso que el ser humano necesita tanto –la correspondencia, la mirada que devuelve la mirada, la sonrisa que responde a la palabra–, ellos no lo encuentran en su hijo. El hombre, en especial, vive días oscuros y pensamientos terribles e irrefrenables pasan por su cabeza: hay días en que piensa que hubiera sido mejor no tener a su hijo y noches en que piensa que hubiera sido mejor dejarlo morir. Es un momento difícil.

Pero el ser humano es esto también. El ser humano puede ser terrible, pero también compasivo. Por una cuestión de trabajo, el hombre viaja a Hiroshima. Han pasado ya varios años desde la tragedia del 6 de agosto de 1945, pero en la ciudad la muerte y la enfermedad conviven a diario con el riesgo del olvido y el abandono, que, sin embargo, algunos buscan atajar a toda costa. Hay médicos en Hiroshima que no han dejado de tratar a los pacientes, incluso a sabiendas de que ellos mismos pueden contaminarse de radiación y desarrollar alguna enfermedad por esta causa. También hay personas que no se abandonan a sí mismas, a pesar de todo. El hombre se arrepiente de haber querido dejar de amar a su hijo. De vuelta a su casa, junto con la mujer ambos se dan cuenta de que su hijo, en su condición, es como “una flor preciosa”.

Un día, mirando juntos la televisión, el niño reacciona a un sonido en especial: el trino de un ave. Sus padres no lo pueden creer. Algo ha ocurrido. Es como si la existencia de su hijo estuviera luchando por abrirse paso. Y sus padres están entusiasmados y comprometidos para hacer todo lo que esté a su alcance para que así suceda.

Consiguen un disco en el que se han grabado los tinos de distintas aves acompañados de la voz de una mujer que dice el nombre de éstas. Los padres hacen que su hijo lo escuche.

Otro día, paseando por el campo, se escucha el trino de un ave. El niño lo identifica y repite el nombre de la especie. De nueva cuenta, sus padres no pueden creerlo. El niño que no hablaba, que parecía incapaz de fijar su atención y establecer un vínculo con el mundo, ha encontrado un punto de encuentro con la realidad exterior en la que vive.

Sus padres deciden encauzarlo hacia la música. Tiene ya 11 años, toma clases de piano en su casa y, aunque por su condición ha perdido cierta habilidad motriz, la disciplina y el entusiasmo lo mantienen a flote. Su profesora acompaña las lecciones de técnica con otras de notación musical. El esfuerzo rinde sus frutos. Un día, el niño lleva a la clase una partitura: se trata de una composición propia.

El niño que no hablaba, que aprendió después a identificar los trinos de los pájaros, ahora es capaz de expresarse por medio de la notación musical. Su punto de contacto con los otros se ha consolidado: esos otros que el ser humano necesita para convertir su vida en existencia.

Eventualmente el niño se convirtió en adulto y en compositor. Su nombre es Hikari y es hijo de Kenzaburo Oé y Yukari Ikeuchi. Su padre, que ganó el Premio Nobel de Literatura en 1994, navegó por esta adversidad también gracias a la literatura. Una cuestión personal (1964) fue la primera de al menos tres novelas donde abordó esta circunstancia de vida. En Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura (1969) y Un amor especial (1996) también escribió sobre su hijo.

Por otro lado, su paso por Hiroshima, por otro lado, imprescindible para su propia comprensión subjetiva de lo que estaba viviendo y cómo su dolor o su confusión estaban conectadas con las de otros seres humanos, está consignado en Cuadernos de Hiroshima (1963).

Títulos de los libros en inglés: A Personal Matter, Teach Us to Outgrow Our Madness, A Healing Family, Hiroshima Notes.

También en Faena Aleph: ¿Quieres saber qué se siente ser libre? Escucha jazz (Sartre lo recomienda)

 

 

 

Imagen: Creative Commons

Esta historia comienza sencillamente: un hombre y una mujer, una pareja, espera a su primer hijo. Eso pasa diariamente, ¿no es cierto? Todos los días hay mujeres que descubren o confirman que están embarazadas, hombres que se enteran de que serán padres, parejas que lo celebran… Todo, a veces, parece tan común y tan sencillo, pero sólo hasta cierto punto. A la vida basta mirarla un poco más de cerca para descubrir la densidad de su tejido.

Esa pareja, feliz por la próxima llegada de su hijo, experimenta pronto una dificultad: el niño nacerá con una malformación capaz de afectar seriamente sus capacidades cognitivas e intelectuales. Aún en su etapa de gestación, los médicos aconsejan a los padres interrumpirla y evitar el nacimiento, pero ellos se niegan. El niño llega a este mundo y, conforme a lo diagnosticado, su condición es delicada. Para sobrevivir, necesita que los médicos remuevan quirúrgicamente la malformación adherida a su cráneo. Los padres acceden a la operación y aunque ésta es exitosa, tiene secuelas en el desarrollo posterior del niño.

El hombre y la mujer son padres de un niño que parece incapaz de establecer contacto con ellos mismos, con su alrededor y con todo en el mundo donde se encuentra. Eso que el ser humano necesita tanto –la correspondencia, la mirada que devuelve la mirada, la sonrisa que responde a la palabra–, ellos no lo encuentran en su hijo. El hombre, en especial, vive días oscuros y pensamientos terribles e irrefrenables pasan por su cabeza: hay días en que piensa que hubiera sido mejor no tener a su hijo y noches en que piensa que hubiera sido mejor dejarlo morir. Es un momento difícil.

Pero el ser humano es esto también. El ser humano puede ser terrible, pero también compasivo. Por una cuestión de trabajo, el hombre viaja a Hiroshima. Han pasado ya varios años desde la tragedia del 6 de agosto de 1945, pero en la ciudad la muerte y la enfermedad conviven a diario con el riesgo del olvido y el abandono, que, sin embargo, algunos buscan atajar a toda costa. Hay médicos en Hiroshima que no han dejado de tratar a los pacientes, incluso a sabiendas de que ellos mismos pueden contaminarse de radiación y desarrollar alguna enfermedad por esta causa. También hay personas que no se abandonan a sí mismas, a pesar de todo. El hombre se arrepiente de haber querido dejar de amar a su hijo. De vuelta a su casa, junto con la mujer ambos se dan cuenta de que su hijo, en su condición, es como “una flor preciosa”.

Un día, mirando juntos la televisión, el niño reacciona a un sonido en especial: el trino de un ave. Sus padres no lo pueden creer. Algo ha ocurrido. Es como si la existencia de su hijo estuviera luchando por abrirse paso. Y sus padres están entusiasmados y comprometidos para hacer todo lo que esté a su alcance para que así suceda.

Consiguen un disco en el que se han grabado los tinos de distintas aves acompañados de la voz de una mujer que dice el nombre de éstas. Los padres hacen que su hijo lo escuche.

Otro día, paseando por el campo, se escucha el trino de un ave. El niño lo identifica y repite el nombre de la especie. De nueva cuenta, sus padres no pueden creerlo. El niño que no hablaba, que parecía incapaz de fijar su atención y establecer un vínculo con el mundo, ha encontrado un punto de encuentro con la realidad exterior en la que vive.

Sus padres deciden encauzarlo hacia la música. Tiene ya 11 años, toma clases de piano en su casa y, aunque por su condición ha perdido cierta habilidad motriz, la disciplina y el entusiasmo lo mantienen a flote. Su profesora acompaña las lecciones de técnica con otras de notación musical. El esfuerzo rinde sus frutos. Un día, el niño lleva a la clase una partitura: se trata de una composición propia.

El niño que no hablaba, que aprendió después a identificar los trinos de los pájaros, ahora es capaz de expresarse por medio de la notación musical. Su punto de contacto con los otros se ha consolidado: esos otros que el ser humano necesita para convertir su vida en existencia.

Eventualmente el niño se convirtió en adulto y en compositor. Su nombre es Hikari y es hijo de Kenzaburo Oé y Yukari Ikeuchi. Su padre, que ganó el Premio Nobel de Literatura en 1994, navegó por esta adversidad también gracias a la literatura. Una cuestión personal (1964) fue la primera de al menos tres novelas donde abordó esta circunstancia de vida. En Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura (1969) y Un amor especial (1996) también escribió sobre su hijo.

Por otro lado, su paso por Hiroshima, por otro lado, imprescindible para su propia comprensión subjetiva de lo que estaba viviendo y cómo su dolor o su confusión estaban conectadas con las de otros seres humanos, está consignado en Cuadernos de Hiroshima (1963).

Títulos de los libros en inglés: A Personal Matter, Teach Us to Outgrow Our Madness, A Healing Family, Hiroshima Notes.

También en Faena Aleph: ¿Quieres saber qué se siente ser libre? Escucha jazz (Sartre lo recomienda)

 

 

 

Imagen: Creative Commons