Aun rodeados de mares de personas, es fácil sentirse solo en una ciudad. Y es que existen dos clases de soledad, la íntima y la colectiva. A pesar de que ser solitario puede ser uno de los estados más disfrutables de la vida, está comprobado que los efectos de pasar mucho tiempo en aislamiento pueden ser nocivos para la salud, tanto emocional como física. Pero ¿cómo es que el entorno, específicamente el urbano, puede alienarnos?

La organización de una ciudad, su infraestructura y sus espacios públicos son capaces de afectar de muchas maneras el contacto social. Es posible sentirse profundamente solo caminando entre una multitud que cruza una calle, o bien acompañado en el parque del vecindario, hablando con un vecino o compañero de paseo —así de paradójica es la relación entre la ciudad y la soledad.

A pesar de que los lugares no necesariamente fomentan el contacto, sí pueden restringirlo por simples cuestiones espaciales. De la misma manera, el paisaje  de las ciudades, tanto el exterior como el interior, puede afectar de manera tangible la mente de quien las habita. Así, surge un cuestionamiento relevante: ¿podría una ciudad —su urbanismo, su arquitectura, sus espacios públicos, su configuración— combatir la soledad de sus habitantes?

Recientemente, Tanzil Shafique, investigador y doctor en diseño urbanístico por la Universidad de Melbourne, organizó Open Studio, un taller de propuestas con algunos estudiantes de urbanismo, que trabajaron en distintos proyectos para combatir la soledad en las metrópolis del mundo.

Una de estas estudiantes, Diana Ong, propuso la instalación de activaciones sensoriales en las estaciones de tren además de otros elementos para que la gente se acerque entre sí mientras espera. Otro de ellos, Zi Ye, propuso una aplicación que girara en torno a las mascotas, para a través de este vínculo, conectar a los dueños de perros de una zona específica en una red social. Por su parte, Denise Chan estudió los espacios (a menudo solitarios y abandonados) que funcionan como pasajes o pasillos entre los edificios y planteó la posibilidad de transformarlos en estrechos jardines, espacios de venta e intercambio de libros, venta de mercancías o comida, para que funcionaran como lugares de reunión y contacto, durante los horarios de oficina, por ejemplo.

Otra de las alumnas de Shafique, Fanhui Ding, habló de la posibilidad de crear comedores en las universidades atendidos por estudiantes, mismos que al trabajar en pequeños invernaderos de hidroponia (que en teoría surtirían estas cocinas de materia prima) podrían ganar créditos para pagar su comida; además, para evitar que la gente coma sola, el compartir la mesa con desconocidos daría descuentos para los alimentos. Esta propuesta toma en cuenta, sobre todo, a los estudiantes extranjeros que son más susceptibles a sentirse solos —usando la hidroponia y la cocina como puntos de contacto.

Enfocada en los adultos mayores, la estudiante Beverly Wang diseñó un jardín de niños que a la vez funcionara como casa para adultos mayores, y que tuviera espacios de convivencia para contar historias. Esto permite a los pequeños aprender de gente que ha vivido mucho más que ellos, y a los mayores a sentirse útiles y apreciados. Por su parte, Malak Mossaoui se centró en un tipo de soledad muy específica: aquella que siente alguien que ha perdido a un ser querido. A partir de esta idea, él diseñó una instalación en la que crecen flores para las tumbas de los cementerios. Este proyecto esta diseñado para que quienes visitan el panteón, en vez de comprar sus flores en un comercio, las cosechen las flores in situ y  convivan con otras personas en una situación similar. Algunos proyectos más incluyen el rediseño de supermercados y espacios de convivencia en conjuntos habitacionales y edificios.

El taller creado por Shafique es apenas el esbozo de algo que en futuro suena prometedor, un urbanismo que, además de cuestiones prácticas y espaciales tomará en cuenta a quienes habitan las ciudades del mundo y sus necesidades emocionales, ofreciendo un futuro menos solitario.

 

 

Imagen: Dominio público

Aun rodeados de mares de personas, es fácil sentirse solo en una ciudad. Y es que existen dos clases de soledad, la íntima y la colectiva. A pesar de que ser solitario puede ser uno de los estados más disfrutables de la vida, está comprobado que los efectos de pasar mucho tiempo en aislamiento pueden ser nocivos para la salud, tanto emocional como física. Pero ¿cómo es que el entorno, específicamente el urbano, puede alienarnos?

La organización de una ciudad, su infraestructura y sus espacios públicos son capaces de afectar de muchas maneras el contacto social. Es posible sentirse profundamente solo caminando entre una multitud que cruza una calle, o bien acompañado en el parque del vecindario, hablando con un vecino o compañero de paseo —así de paradójica es la relación entre la ciudad y la soledad.

A pesar de que los lugares no necesariamente fomentan el contacto, sí pueden restringirlo por simples cuestiones espaciales. De la misma manera, el paisaje  de las ciudades, tanto el exterior como el interior, puede afectar de manera tangible la mente de quien las habita. Así, surge un cuestionamiento relevante: ¿podría una ciudad —su urbanismo, su arquitectura, sus espacios públicos, su configuración— combatir la soledad de sus habitantes?

Recientemente, Tanzil Shafique, investigador y doctor en diseño urbanístico por la Universidad de Melbourne, organizó Open Studio, un taller de propuestas con algunos estudiantes de urbanismo, que trabajaron en distintos proyectos para combatir la soledad en las metrópolis del mundo.

Una de estas estudiantes, Diana Ong, propuso la instalación de activaciones sensoriales en las estaciones de tren además de otros elementos para que la gente se acerque entre sí mientras espera. Otro de ellos, Zi Ye, propuso una aplicación que girara en torno a las mascotas, para a través de este vínculo, conectar a los dueños de perros de una zona específica en una red social. Por su parte, Denise Chan estudió los espacios (a menudo solitarios y abandonados) que funcionan como pasajes o pasillos entre los edificios y planteó la posibilidad de transformarlos en estrechos jardines, espacios de venta e intercambio de libros, venta de mercancías o comida, para que funcionaran como lugares de reunión y contacto, durante los horarios de oficina, por ejemplo.

Otra de las alumnas de Shafique, Fanhui Ding, habló de la posibilidad de crear comedores en las universidades atendidos por estudiantes, mismos que al trabajar en pequeños invernaderos de hidroponia (que en teoría surtirían estas cocinas de materia prima) podrían ganar créditos para pagar su comida; además, para evitar que la gente coma sola, el compartir la mesa con desconocidos daría descuentos para los alimentos. Esta propuesta toma en cuenta, sobre todo, a los estudiantes extranjeros que son más susceptibles a sentirse solos —usando la hidroponia y la cocina como puntos de contacto.

Enfocada en los adultos mayores, la estudiante Beverly Wang diseñó un jardín de niños que a la vez funcionara como casa para adultos mayores, y que tuviera espacios de convivencia para contar historias. Esto permite a los pequeños aprender de gente que ha vivido mucho más que ellos, y a los mayores a sentirse útiles y apreciados. Por su parte, Malak Mossaoui se centró en un tipo de soledad muy específica: aquella que siente alguien que ha perdido a un ser querido. A partir de esta idea, él diseñó una instalación en la que crecen flores para las tumbas de los cementerios. Este proyecto esta diseñado para que quienes visitan el panteón, en vez de comprar sus flores en un comercio, las cosechen las flores in situ y  convivan con otras personas en una situación similar. Algunos proyectos más incluyen el rediseño de supermercados y espacios de convivencia en conjuntos habitacionales y edificios.

El taller creado por Shafique es apenas el esbozo de algo que en futuro suena prometedor, un urbanismo que, además de cuestiones prácticas y espaciales tomará en cuenta a quienes habitan las ciudades del mundo y sus necesidades emocionales, ofreciendo un futuro menos solitario.

 

 

Imagen: Dominio público