El multifacético ocultista británico Aleister Crowley consiguió ser llamado El Último Gran Mago de Occidente, al tiempo que la magia para la mente popular se convertía en un espectáculo de trucos e ilusiones para entretener a los niños –o de fantasías literarias que poco tenían que ver con la experiencia cotidiana.

Crowley formó parte de varias sociedades secretas, incluyendo la afamada Golden Dawn, en la que participó también el poeta irlandés W.B. Yeats, y pudo aprender el cuerpo hermético de la magia occidental, particularmente lo que se conoce como magia salomónica (del Rey Salomón que supuestamente utilizó espíritus ayudantes para construir su templo). La magia salomónica o teurgia, postula un complejo sistema para invocar entidades angélicas o demoníacas y operar a través de ellas cambios en la naturaleza. Esta es la magia que popularmente vemos representada con hechizos, conjuros y ritos.

El lenguaje enochiano o lenguaje de los ángeles, la cábala, la goetia, los sígilos y sistemas oraculares como las runas, conforman una base teórica para articular una intención y conseguir una resonancia operativa en la naturaleza. Pero curiosamente toda esta ciencia arcana no figura entre lo que Aleister Crowley considera como la verdadera magia –acaso como aquellos maestros que recomiendan aprender toda la teoría para después simplemente desecharla. Para Crowley la magia es fundamentalmente un sistema psicológico orientado a conducir la voluntad del ser humano al dominio de su individualidad.

La ritualización de un proceso psíquico como potencialización de la capacidad mental a través del símbolo y la emoción. Que el mismo Crowley reconocía que las entidades invocadas en un acto de magia eran parte de la psique humana queda en evidencia en su Introducción a Lemgeton Clavicula Salomonis, al decir “Los espíritus de la Goetia son porciones del cerebro humano”.

Crowley llamó a su sistema “Thelema”, palabra que significa voluntad. La voluntad, como en la filosofía de Schopenhauer y en la de Nietzsche, está en el centro de su modelo de la naturaleza. La intención, como concentración o vuelo dirigido de la voluntad, es el tema recurrente en su visión de la magia.

La magia es “la Ciencia y el Arte de provocar que ocurra un Cambio en conformidad con la Voluntad”. Y “todo acto intencional es un acto mágico”. Como Schopenhauer, Crowley notó que en la voluntad confluía la corriente primordial de energía del universo –por lo que para operar sobre la naturaleza solo era necesario canalizar esa voluntad, con la intención.

El ser humano, por naturaleza, tiene la capacidad de efectuar cambios en su entorno, lo único que tiene que hacer es seguir su propio camino, hacer lo que quiere. Este flujo solamente se interrumpe si no logra seguir su propio camino, si fracasa en autoconocerse. “Cualquiera que es forzado a desviarse de su propio curso, ya sea por no entenderse a sí mismo, o a través de una oposición externa, entra en conflicto con el orden del universo”, dice Crowley en su libro Magick in Theory and Practice. Y es que “la Magia es la Ciencia de entenderse a sí mismo y las propias condiciones. Es el Arte de aplicar ese entendimiento a la acción”. Una definición de la magia que parecería propia de un manual elemental de psicología, sobre la importancia de ser uno mismo.

El secreto de este sistema de magia basado en la individualidad, en el auto-entendimiento y en el ejercicio del autoconocimiento yace en el principio de que el individuo es una imagen microcósmica del universo (o de Dios). Entonces, si una persona aplica este entendimiento, al usar su intención, estará usando la intención del universo –una intención con una potencia de identidad divina.

De esta forma, tal vez, opera la magia.

El multifacético ocultista británico Aleister Crowley consiguió ser llamado El Último Gran Mago de Occidente, al tiempo que la magia para la mente popular se convertía en un espectáculo de trucos e ilusiones para entretener a los niños –o de fantasías literarias que poco tenían que ver con la experiencia cotidiana.

Crowley formó parte de varias sociedades secretas, incluyendo la afamada Golden Dawn, en la que participó también el poeta irlandés W.B. Yeats, y pudo aprender el cuerpo hermético de la magia occidental, particularmente lo que se conoce como magia salomónica (del Rey Salomón que supuestamente utilizó espíritus ayudantes para construir su templo). La magia salomónica o teurgia, postula un complejo sistema para invocar entidades angélicas o demoníacas y operar a través de ellas cambios en la naturaleza. Esta es la magia que popularmente vemos representada con hechizos, conjuros y ritos.

El lenguaje enochiano o lenguaje de los ángeles, la cábala, la goetia, los sígilos y sistemas oraculares como las runas, conforman una base teórica para articular una intención y conseguir una resonancia operativa en la naturaleza. Pero curiosamente toda esta ciencia arcana no figura entre lo que Aleister Crowley considera como la verdadera magia –acaso como aquellos maestros que recomiendan aprender toda la teoría para después simplemente desecharla. Para Crowley la magia es fundamentalmente un sistema psicológico orientado a conducir la voluntad del ser humano al dominio de su individualidad.

La ritualización de un proceso psíquico como potencialización de la capacidad mental a través del símbolo y la emoción. Que el mismo Crowley reconocía que las entidades invocadas en un acto de magia eran parte de la psique humana queda en evidencia en su Introducción a Lemgeton Clavicula Salomonis, al decir “Los espíritus de la Goetia son porciones del cerebro humano”.

Crowley llamó a su sistema “Thelema”, palabra que significa voluntad. La voluntad, como en la filosofía de Schopenhauer y en la de Nietzsche, está en el centro de su modelo de la naturaleza. La intención, como concentración o vuelo dirigido de la voluntad, es el tema recurrente en su visión de la magia.

La magia es “la Ciencia y el Arte de provocar que ocurra un Cambio en conformidad con la Voluntad”. Y “todo acto intencional es un acto mágico”. Como Schopenhauer, Crowley notó que en la voluntad confluía la corriente primordial de energía del universo –por lo que para operar sobre la naturaleza solo era necesario canalizar esa voluntad, con la intención.

El ser humano, por naturaleza, tiene la capacidad de efectuar cambios en su entorno, lo único que tiene que hacer es seguir su propio camino, hacer lo que quiere. Este flujo solamente se interrumpe si no logra seguir su propio camino, si fracasa en autoconocerse. “Cualquiera que es forzado a desviarse de su propio curso, ya sea por no entenderse a sí mismo, o a través de una oposición externa, entra en conflicto con el orden del universo”, dice Crowley en su libro Magick in Theory and Practice. Y es que “la Magia es la Ciencia de entenderse a sí mismo y las propias condiciones. Es el Arte de aplicar ese entendimiento a la acción”. Una definición de la magia que parecería propia de un manual elemental de psicología, sobre la importancia de ser uno mismo.

El secreto de este sistema de magia basado en la individualidad, en el auto-entendimiento y en el ejercicio del autoconocimiento yace en el principio de que el individuo es una imagen microcósmica del universo (o de Dios). Entonces, si una persona aplica este entendimiento, al usar su intención, estará usando la intención del universo –una intención con una potencia de identidad divina.

De esta forma, tal vez, opera la magia.

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