En Occidente, los monjes budistas suelen ser representados en series o películas como maestros iluminados y enigmáticos, que plantean acertijos imposibles de resolver que desafían la inteligencia e imaginación de sus discípulos. Los escuchamos hacer preguntas como “¿Cuál es el sonido que hace la palma de una sola mano?”, o el clásico “Si un árbol cae en medio del bosque, ¿alguien lo escucha?”.

Pero la práctica del zen (o zazen) no busca el conocimiento en un sentido occidental, esto es, no busca conocer algo que no conoce a través de un método científico o experimental. La meta es llegar al satori o iluminación, la cual, sin embargo, nadie puede conocer si no la ha experimentado por sí mismo. El kōan es una herramienta didáctica que funciona mediante paradojas: el alumno aprende desaprendiendo, y el maestro enseña negándose a enseñar, de manera que la mente reconozca su verdadera naturaleza.

No se trata solamente de aforismos o juegos de palabras. Mientras las máximas o frases célebres de los filósofos conforman un acervo de sabiduría que los lectores podemos encontrar más o menos útiles, los kōan no se dirigen a la mente “intelectual”, ni se responden con ingenio. Para ver cómo funcionan en la práctica, contemos una pequeña historia:

El alumno se sienta afuera de las habitaciones de su maestro y acciona tres veces un pequeño tambor. Cuando el maestro hace sonar una pequeña campana, el alumno está autorizado para entrar. El alumno franquea la entrada y hace una reverencia, luego de lo cual asume la posición de meditación y repite el kōan que su maestro le encomendó resolver; posteriormente, el alumno ofrece una respuesta.

Si la respuesta del alumno no es satisfactoria, el maestro hace sonar nuevamente la campanilla, lo que significa que el alumno debe seguir trabajando sobre el mismo kōan. Pero aquí “trabajar” no significa “pensar”, sino más bien, “dejar de pensar”. El maestro también puede dar pistas o hacer comentarios a la respuesta del alumno; sin embargo, y aunque se planteen en forma de pregunta, los kōan no son exactamente adivinanzas, y no tienen una respuesta correcta únicamente.

En ocasiones, la suma de rechazos del maestro lleva a los alumnos a la desesperación, e incluso a la violencia. Los maestros narran la historia de un alumno que, en su frustración al no poder ofrecer una respuesta a cierto kōan, tomó a un pobre sapo que pasaba por ahí y lo arrojó hacia su maestro, ante lo cual este replicó: “¡Demasiado intelectual!”

Y es que incluso las respuestas agresivas (y algo cómicas) como la anterior son respuestas aprendidas, y obra de la mente-dual, el cúmulo de ignorancia de la cual el alumno de zen busca desprenderse. El kōan no es solamente un desafío intelectual, sino una forma de que el alumno “observe la mente del corazón” (sesshin); que deje atrás las respuestas obvias y aprendidas, y se coloque en posición de ver las cosas y el mundo con una novedad inusitada.

Uno de los kōan más famosos se atribuye al maestro Linji: “Si te encuentras con Buda Gautama, mátalo.” En el ya clásico Mente Zen, Mente de Principiante, el maestro Suzuki ofrece una explicación a este acertijo: “Mata a Buda si Buda existe en alguna otra parte. Mátalo porque deberías asumir tu propia naturaleza de Buda.” Si crees que el Buda es una imagen devocional, estás creando una expectativa falsa, lo que te impedirá reconocer tu propia “budeidad”; es por ello que “matar al Buda” quiere decir “destruir las propias ideas y preconceptos acerca de lo que es el Buda”, para reconocerlo en uno mismo y en cualquier cosa.

Otro de los kōan más famosos reza de esta forma: “Un monje preguntó a Zhaozhōu, ‘¿Tiene un perro la naturaleza de Buda o no?’, a lo que Zhaozhōu responde ‘’”.

El kōan, dentro de la práctica zen, es un camino sin camino, pues el punto de llegada y el punto de arribo tienen lugar en la mente original del alumno. Ese aprender desaprendiendo constituye el día a día de los practicantes de zazen.

 

 

 Imagen: Creative Commons

En Occidente, los monjes budistas suelen ser representados en series o películas como maestros iluminados y enigmáticos, que plantean acertijos imposibles de resolver que desafían la inteligencia e imaginación de sus discípulos. Los escuchamos hacer preguntas como “¿Cuál es el sonido que hace la palma de una sola mano?”, o el clásico “Si un árbol cae en medio del bosque, ¿alguien lo escucha?”.

Pero la práctica del zen (o zazen) no busca el conocimiento en un sentido occidental, esto es, no busca conocer algo que no conoce a través de un método científico o experimental. La meta es llegar al satori o iluminación, la cual, sin embargo, nadie puede conocer si no la ha experimentado por sí mismo. El kōan es una herramienta didáctica que funciona mediante paradojas: el alumno aprende desaprendiendo, y el maestro enseña negándose a enseñar, de manera que la mente reconozca su verdadera naturaleza.

No se trata solamente de aforismos o juegos de palabras. Mientras las máximas o frases célebres de los filósofos conforman un acervo de sabiduría que los lectores podemos encontrar más o menos útiles, los kōan no se dirigen a la mente “intelectual”, ni se responden con ingenio. Para ver cómo funcionan en la práctica, contemos una pequeña historia:

El alumno se sienta afuera de las habitaciones de su maestro y acciona tres veces un pequeño tambor. Cuando el maestro hace sonar una pequeña campana, el alumno está autorizado para entrar. El alumno franquea la entrada y hace una reverencia, luego de lo cual asume la posición de meditación y repite el kōan que su maestro le encomendó resolver; posteriormente, el alumno ofrece una respuesta.

Si la respuesta del alumno no es satisfactoria, el maestro hace sonar nuevamente la campanilla, lo que significa que el alumno debe seguir trabajando sobre el mismo kōan. Pero aquí “trabajar” no significa “pensar”, sino más bien, “dejar de pensar”. El maestro también puede dar pistas o hacer comentarios a la respuesta del alumno; sin embargo, y aunque se planteen en forma de pregunta, los kōan no son exactamente adivinanzas, y no tienen una respuesta correcta únicamente.

En ocasiones, la suma de rechazos del maestro lleva a los alumnos a la desesperación, e incluso a la violencia. Los maestros narran la historia de un alumno que, en su frustración al no poder ofrecer una respuesta a cierto kōan, tomó a un pobre sapo que pasaba por ahí y lo arrojó hacia su maestro, ante lo cual este replicó: “¡Demasiado intelectual!”

Y es que incluso las respuestas agresivas (y algo cómicas) como la anterior son respuestas aprendidas, y obra de la mente-dual, el cúmulo de ignorancia de la cual el alumno de zen busca desprenderse. El kōan no es solamente un desafío intelectual, sino una forma de que el alumno “observe la mente del corazón” (sesshin); que deje atrás las respuestas obvias y aprendidas, y se coloque en posición de ver las cosas y el mundo con una novedad inusitada.

Uno de los kōan más famosos se atribuye al maestro Linji: “Si te encuentras con Buda Gautama, mátalo.” En el ya clásico Mente Zen, Mente de Principiante, el maestro Suzuki ofrece una explicación a este acertijo: “Mata a Buda si Buda existe en alguna otra parte. Mátalo porque deberías asumir tu propia naturaleza de Buda.” Si crees que el Buda es una imagen devocional, estás creando una expectativa falsa, lo que te impedirá reconocer tu propia “budeidad”; es por ello que “matar al Buda” quiere decir “destruir las propias ideas y preconceptos acerca de lo que es el Buda”, para reconocerlo en uno mismo y en cualquier cosa.

Otro de los kōan más famosos reza de esta forma: “Un monje preguntó a Zhaozhōu, ‘¿Tiene un perro la naturaleza de Buda o no?’, a lo que Zhaozhōu responde ‘’”.

El kōan, dentro de la práctica zen, es un camino sin camino, pues el punto de llegada y el punto de arribo tienen lugar en la mente original del alumno. Ese aprender desaprendiendo constituye el día a día de los practicantes de zazen.

 

 

 Imagen: Creative Commons