Históricamente las madres han sido una pieza definitiva tanto en nuestra narrativa íntima, como en nuestro universo simbólico y en la estructura convencional de la familia. Ahí vemos desfilar a voluptuosas Venus paleolíticas y matronas históricas, hasta deidades que manifiestan el arquetipo maternal y la figura de una madre soltera que se lanza a conquistar el mundo –y que lo logra. Pero todo, como el río, cambia. Y desde hace tiempo la figura de la madre, y el concepto de familia, comenzaron a mutar. Ahora es más complejo, más libre y definitivamente más incluyente y comprensivo.

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Por un lado, la autonomía femenina, generalmente supeditada a cánones culturales e inercias sociales, esta más cerca que nunca de consumarse y auto-diseñar sus roles futuros. Por otro, el modelo de familia ha ido abriéndose con el reconocimiento jurídico de las uniones, la relativa posibilidad de adopción y, sobretodo, la maduración del imaginario. Se trata de un reacomodo necesario y, como toda transformación de la psique social, no exento de un cierto desgarre cultural (con sus implícitas controversias); los resultados se antojan más justos y genuinos. 

La familia, vista desde el punto de vista biológico, implica simplemente eso, un hombre, una mujer y los hijos que son fruto de su unión. En el pasado, las familias fueron una institución que respondía no sólo a los lazos biológicos, sino también a cuestiones políticas, económicas y a cánones sociales: los hijos heredaban los títulos nobiliarios, propiedades, apellidos y puestos de poder de los padres. Pero desde una visión social y sobre todo emocional, la familia es algo mucho más trascendente. Se trata de una construcción que comprende a un grupo de personas unidas por la cercanía, la empatía, la colaboración, el amor y, generalmente, una historia en común. Vista desde este ángulo, la familia no necesariamente debe consistir en personas relacionadas genéticamente, sino en grupos de gente cuya relación implica lazos mucho menos arbitrarios. Esto nos permite replantear justamente una pregunta cuya respuesta muchas veces damos por hecho: ¿quién es realmente nuestra familia?/p>

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Dentro de este nuevo escenario, la madre —símbolo arquetípico y universal de lo femenino, la fertilidad, la reproducción, la protección, el sacrificio, la compasión y la sabiduría— también ha podido replantear su papel. Las mujeres, que durante siglos estuvieron supeditadas a quedarse en casa y criar a los hijos, han encontrado las maneras de desarrollar paralelamente una vida profesional, sin necesariamente renunciar a la maternidad (o hacerlo si así lo desean, sin que su femineidad se entienda como incompleta). Además, la tecnología actual permite que una mujer pueda embarazarse sin la necesidad de una pareja o, incluso, que una pareja que no puede tener hijos los tenga a través de los muchos métodos que existen hoy. 

Así, la madre en el mundo contemporáneo, en la amplia posibilidad que es la familia contemporánea, sostiene un papel que se perfila sobre todo emocionante, sin que esto implique que lo arquetípico y sagrado de su capacidad de dar vida se diluya de ninguna manera. Todos estos cambios son, finalmente, el origen de muchos otros esquemas de familia que se alejan de lo que hasta hace pocos años se pensaba debía ser y que nos obligan a replantear nuestros relaciones de una manera más verdadera y profunda.

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Imágenes: 1) Public domain 2) Steven Zucker – flickr 3) Mother and child, Rudolf Dührkoop (c. 1900) – National Media Museum 4) La familia, Rufino Tamayo (1987) – Gandalf’s Gallery – flickr

Históricamente las madres han sido una pieza definitiva tanto en nuestra narrativa íntima, como en nuestro universo simbólico y en la estructura convencional de la familia. Ahí vemos desfilar a voluptuosas Venus paleolíticas y matronas históricas, hasta deidades que manifiestan el arquetipo maternal y la figura de una madre soltera que se lanza a conquistar el mundo –y que lo logra. Pero todo, como el río, cambia. Y desde hace tiempo la figura de la madre, y el concepto de familia, comenzaron a mutar. Ahora es más complejo, más libre y definitivamente más incluyente y comprensivo.

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Por un lado, la autonomía femenina, generalmente supeditada a cánones culturales e inercias sociales, esta más cerca que nunca de consumarse y auto-diseñar sus roles futuros. Por otro, el modelo de familia ha ido abriéndose con el reconocimiento jurídico de las uniones, la relativa posibilidad de adopción y, sobretodo, la maduración del imaginario. Se trata de un reacomodo necesario y, como toda transformación de la psique social, no exento de un cierto desgarre cultural (con sus implícitas controversias); los resultados se antojan más justos y genuinos. 

La familia, vista desde el punto de vista biológico, implica simplemente eso, un hombre, una mujer y los hijos que son fruto de su unión. En el pasado, las familias fueron una institución que respondía no sólo a los lazos biológicos, sino también a cuestiones políticas, económicas y a cánones sociales: los hijos heredaban los títulos nobiliarios, propiedades, apellidos y puestos de poder de los padres. Pero desde una visión social y sobre todo emocional, la familia es algo mucho más trascendente. Se trata de una construcción que comprende a un grupo de personas unidas por la cercanía, la empatía, la colaboración, el amor y, generalmente, una historia en común. Vista desde este ángulo, la familia no necesariamente debe consistir en personas relacionadas genéticamente, sino en grupos de gente cuya relación implica lazos mucho menos arbitrarios. Esto nos permite replantear justamente una pregunta cuya respuesta muchas veces damos por hecho: ¿quién es realmente nuestra familia?/p>

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Dentro de este nuevo escenario, la madre —símbolo arquetípico y universal de lo femenino, la fertilidad, la reproducción, la protección, el sacrificio, la compasión y la sabiduría— también ha podido replantear su papel. Las mujeres, que durante siglos estuvieron supeditadas a quedarse en casa y criar a los hijos, han encontrado las maneras de desarrollar paralelamente una vida profesional, sin necesariamente renunciar a la maternidad (o hacerlo si así lo desean, sin que su femineidad se entienda como incompleta). Además, la tecnología actual permite que una mujer pueda embarazarse sin la necesidad de una pareja o, incluso, que una pareja que no puede tener hijos los tenga a través de los muchos métodos que existen hoy. 

Así, la madre en el mundo contemporáneo, en la amplia posibilidad que es la familia contemporánea, sostiene un papel que se perfila sobre todo emocionante, sin que esto implique que lo arquetípico y sagrado de su capacidad de dar vida se diluya de ninguna manera. Todos estos cambios son, finalmente, el origen de muchos otros esquemas de familia que se alejan de lo que hasta hace pocos años se pensaba debía ser y que nos obligan a replantear nuestros relaciones de una manera más verdadera y profunda.

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Imágenes: 1) Public domain 2) Steven Zucker – flickr 3) Mother and child, Rudolf Dührkoop (c. 1900) – National Media Museum 4) La familia, Rufino Tamayo (1987) – Gandalf’s Gallery – flickr