De las varias obligaciones que contraemos inconscientemente a lo largo de nuestra vida, la del tiempo es una de las más difíciles de notar y entender. La mayoría de nosotros somos como esos peces de la historia que alguna vez contó David Foster Wallace, en la que un pez viejo se encuentra con dos jóvenes y al saludarlos les pregunta: “Ey, muchachos, ¿cómo está el agua?”; el viejo se va sin esperar una respuesta y los peces jóvenes se quedan confundidos y en silencio, hasta que uno dice al otro: “¿Qué demonios es el agua?”. Para nosotros, el tiempo es nuestra agua.

La dificultad de tomar conciencia del tiempo se debe a varios motivos. Uno de ellos es la propia naturaleza entre enigmática e incomprensible del tiempo: pasa, transcurre, y apenas creemos entenderlo, se fuga una vez más, a cada instante. Nuestra mente, podría decirse, es capaz de percibirlo pero no de entenderlo. Y quizá ese es un segundo motivo por el cual todo lo que vemos del tiempo es su efecto sobre la realidad en la que vivimos. Al tiempo lo miramos en las manecillas del reloj que miden su paso, en la sucesión del día y la noche, en el paso de la infancia a la juventud, de la juventud a la madurez y de ésta a la edad última. Mirar el tiempo es de algún modo confrontarnos con la muerte y con el fin de las cosas, y para muchas personas eso tampoco resulta agradable, pues la cultura en la que nos formamos nos enseña a temer la muerte, a eludirla, e incluso nos hace creer que es posible vivir como si nunca fuera a arribar o como si no existiera. El tiempo pasa, sin embargo.

En nuestra época es común que muchas personas vivan bajo la impresión persistente de “no tener tiempo”. Con cierta frecuencia, esta idea está acompañada de una doble realidad: sus ocupaciones son diversas y, por otro lado, se siente cierta insatisfacción por no hacer del todo lo que se quisiera.

De nuevo, no podemos dejar de notar el contexto en el que nos encontramos, en el cual se nos anima a hacer siempre más: a trabajar más, a disfrutar más, a tener más experiencia, etc. Nuestra cultura nos invita al exceso antes que a la sobriedad, y el exceso es por definición insaciable. No hay vida que alcance para hacer todo lo que supuestamente estamos “llamados” a hacer o que creemos que es “vivir la vida”.

¿Pero entonces cuál es la opresión en sí? ¿El tiempo o todas las ocupaciones que creemos que debemos tener para cumplir con ese ideal de vida?

El tiempo, en efecto, es un río que arrebata y un tigre que destroza y un fuego que consume, como escribió Borges. ¿Pero qué podemos hacer respecto a ello? ¿Qué podemos hacer con el tiempo? ¿Detenerlo? ¿Retrasarlo? ¿Hacer que pase más lento? No es posible.

Sí podemos, sin embargo, hacer algo: tomar conciencia del paso del tiempo en nuestra propia vida. Reconocernos como seres finitos y en tránsito, que vivimos bajo esta conciencia sólo por este momento. Darnos cuenta de que el tiempo existe, pero no es el de los calendarios y los relojes, sino más bien este flujo imparable que llamamos vida y que se expresa sólo en este momento presente.

Parece poco, ¿no? Nada más que un instante para vivir tu vida. Mejor si lo aprovechas, ¿no crees?

También en Faena Aleph: 3 proyectos que te ayudarán a repensar tu relación con el tiempo

 

 

 

Imagen: Wikimedia Commons

De las varias obligaciones que contraemos inconscientemente a lo largo de nuestra vida, la del tiempo es una de las más difíciles de notar y entender. La mayoría de nosotros somos como esos peces de la historia que alguna vez contó David Foster Wallace, en la que un pez viejo se encuentra con dos jóvenes y al saludarlos les pregunta: “Ey, muchachos, ¿cómo está el agua?”; el viejo se va sin esperar una respuesta y los peces jóvenes se quedan confundidos y en silencio, hasta que uno dice al otro: “¿Qué demonios es el agua?”. Para nosotros, el tiempo es nuestra agua.

La dificultad de tomar conciencia del tiempo se debe a varios motivos. Uno de ellos es la propia naturaleza entre enigmática e incomprensible del tiempo: pasa, transcurre, y apenas creemos entenderlo, se fuga una vez más, a cada instante. Nuestra mente, podría decirse, es capaz de percibirlo pero no de entenderlo. Y quizá ese es un segundo motivo por el cual todo lo que vemos del tiempo es su efecto sobre la realidad en la que vivimos. Al tiempo lo miramos en las manecillas del reloj que miden su paso, en la sucesión del día y la noche, en el paso de la infancia a la juventud, de la juventud a la madurez y de ésta a la edad última. Mirar el tiempo es de algún modo confrontarnos con la muerte y con el fin de las cosas, y para muchas personas eso tampoco resulta agradable, pues la cultura en la que nos formamos nos enseña a temer la muerte, a eludirla, e incluso nos hace creer que es posible vivir como si nunca fuera a arribar o como si no existiera. El tiempo pasa, sin embargo.

En nuestra época es común que muchas personas vivan bajo la impresión persistente de “no tener tiempo”. Con cierta frecuencia, esta idea está acompañada de una doble realidad: sus ocupaciones son diversas y, por otro lado, se siente cierta insatisfacción por no hacer del todo lo que se quisiera.

De nuevo, no podemos dejar de notar el contexto en el que nos encontramos, en el cual se nos anima a hacer siempre más: a trabajar más, a disfrutar más, a tener más experiencia, etc. Nuestra cultura nos invita al exceso antes que a la sobriedad, y el exceso es por definición insaciable. No hay vida que alcance para hacer todo lo que supuestamente estamos “llamados” a hacer o que creemos que es “vivir la vida”.

¿Pero entonces cuál es la opresión en sí? ¿El tiempo o todas las ocupaciones que creemos que debemos tener para cumplir con ese ideal de vida?

El tiempo, en efecto, es un río que arrebata y un tigre que destroza y un fuego que consume, como escribió Borges. ¿Pero qué podemos hacer respecto a ello? ¿Qué podemos hacer con el tiempo? ¿Detenerlo? ¿Retrasarlo? ¿Hacer que pase más lento? No es posible.

Sí podemos, sin embargo, hacer algo: tomar conciencia del paso del tiempo en nuestra propia vida. Reconocernos como seres finitos y en tránsito, que vivimos bajo esta conciencia sólo por este momento. Darnos cuenta de que el tiempo existe, pero no es el de los calendarios y los relojes, sino más bien este flujo imparable que llamamos vida y que se expresa sólo en este momento presente.

Parece poco, ¿no? Nada más que un instante para vivir tu vida. Mejor si lo aprovechas, ¿no crees?

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Imagen: Wikimedia Commons