Muchos consideran que la meditación es una disciplina sólo mental. Pareciera que es un ejercicio que se dirige a los pensamientos, a la capacidad de dejarlos pasar o a la posibilidad de clarificar la mente, entre otros –los ojos entrecerrados, la concentración privilegiada, la quietud de su postura–.

Sin embargo, como bien han explicado maestros espirituales, filósofos e incluso científicos, la mente no está desligada del cuerpo, no puede estar. Entre ambos existe una relación íntima, de injerencia mutua.

Un ejemplo notable de cómo cuerpo y mente tienen un punto de encuentro en la meditación se revela en los monjes budistas. Desde un punto de vista estrictamente científico, diversas investigaciones han examinado durante los últimos 30 años a monjes budistas que meditan varias horas al día. Y las observaciones recabadas son sorprendentes.

A mediados de los 80, por ejemplo, Herbert Benson, médico y profesor en la Universidad de Harvard, atestiguó cómo a través una técnica de respiración conocida como “tummo” es posible manipular la temperatura corporal. En idioma tibetano, tummo se traduce como “fuego interno”, y de hecho hay otro caso mucho más reciente de su presencia en el asombro occidental: Wim Hof, un hombre de origen holandés de 57 años a quien se ha apodado “Iceman”, “hombre de hielo”, pues gracias al ejercicio de esta técnica ha sido capaz de escalar el monte Everest vistiendo nada más que pantalones cortos y zapatos (2007) o pasar más de 1 hora sumergido en hielo (2008), entre otras hazañas.

 

 

Otras investigaciones también han notado las transformaciones increíbles que la meditación opera a nivel cerebral. En 2011, el neurocientífico de la Universidad de Nueva York, Zoran Josipovic, dirigió un estudio en el que por medio de resonancias magnéticas encontró evidencia de los efectos de la meditación en los circuitos neuronales que posibilitan la atención. A nivel cerebral ésta requiere de dos redes: la extrínseca, que se activa con una tarea externa (servirnos un vaso de agua) y la intrínseca, relacionada con la conciencia de sí, nuestras emociones y aquello que entendemos como “mundo interno”.

Entre la mayoría de personas, operar simultáneamente ambas redes es muy complicado. Pero no así para los monjes budistas. Según Josipovic, la meditación les permite conectar sus acciones y sus emociones, enfocarse lo mismo en lo que hacen que en lo que sienten en ese instante. De acuerdo con el científico, esta manera de vivir una acción cotidiana se traduce en una experiencia general de vida mucho más plena, satisfactoria y armónica, pues los sintoniza con el presente.

Podríamos extendernos aún más en la exposición de estas cualidades que tienen el tinte de sobrehumanas, pero más allá de enlistar casos extraordinarios, quizá cabría detenerse en dicho adjetivo. ¿Son de verdad los monjes budistas seres humanos que están más allá de los límites de la naturaleza? ¿Son seres superiores que han trascendido la norma? O tal vez ése sea nuestro verdadero potencial, el de todos, que simplemente yace dormido esperando a que ciertos hábitos y decisiones vitales, al alcance de cualquiera, lo despierten.

Muchos consideran que la meditación es una disciplina sólo mental. Pareciera que es un ejercicio que se dirige a los pensamientos, a la capacidad de dejarlos pasar o a la posibilidad de clarificar la mente, entre otros –los ojos entrecerrados, la concentración privilegiada, la quietud de su postura–.

Sin embargo, como bien han explicado maestros espirituales, filósofos e incluso científicos, la mente no está desligada del cuerpo, no puede estar. Entre ambos existe una relación íntima, de injerencia mutua.

Un ejemplo notable de cómo cuerpo y mente tienen un punto de encuentro en la meditación se revela en los monjes budistas. Desde un punto de vista estrictamente científico, diversas investigaciones han examinado durante los últimos 30 años a monjes budistas que meditan varias horas al día. Y las observaciones recabadas son sorprendentes.

A mediados de los 80, por ejemplo, Herbert Benson, médico y profesor en la Universidad de Harvard, atestiguó cómo a través una técnica de respiración conocida como “tummo” es posible manipular la temperatura corporal. En idioma tibetano, tummo se traduce como “fuego interno”, y de hecho hay otro caso mucho más reciente de su presencia en el asombro occidental: Wim Hof, un hombre de origen holandés de 57 años a quien se ha apodado “Iceman”, “hombre de hielo”, pues gracias al ejercicio de esta técnica ha sido capaz de escalar el monte Everest vistiendo nada más que pantalones cortos y zapatos (2007) o pasar más de 1 hora sumergido en hielo (2008), entre otras hazañas.

 

 

Otras investigaciones también han notado las transformaciones increíbles que la meditación opera a nivel cerebral. En 2011, el neurocientífico de la Universidad de Nueva York, Zoran Josipovic, dirigió un estudio en el que por medio de resonancias magnéticas encontró evidencia de los efectos de la meditación en los circuitos neuronales que posibilitan la atención. A nivel cerebral ésta requiere de dos redes: la extrínseca, que se activa con una tarea externa (servirnos un vaso de agua) y la intrínseca, relacionada con la conciencia de sí, nuestras emociones y aquello que entendemos como “mundo interno”.

Entre la mayoría de personas, operar simultáneamente ambas redes es muy complicado. Pero no así para los monjes budistas. Según Josipovic, la meditación les permite conectar sus acciones y sus emociones, enfocarse lo mismo en lo que hacen que en lo que sienten en ese instante. De acuerdo con el científico, esta manera de vivir una acción cotidiana se traduce en una experiencia general de vida mucho más plena, satisfactoria y armónica, pues los sintoniza con el presente.

Podríamos extendernos aún más en la exposición de estas cualidades que tienen el tinte de sobrehumanas, pero más allá de enlistar casos extraordinarios, quizá cabría detenerse en dicho adjetivo. ¿Son de verdad los monjes budistas seres humanos que están más allá de los límites de la naturaleza? ¿Son seres superiores que han trascendido la norma? O tal vez ése sea nuestro verdadero potencial, el de todos, que simplemente yace dormido esperando a que ciertos hábitos y decisiones vitales, al alcance de cualquiera, lo despierten.

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