En 1867, Mark Twain viajó a Medio Oriente y algunos otros países del Mediterráneo, tanto europeo como africano. Sea por las condiciones de viaje de la época o por ese esfuerzo simbólico pero también real que implica cruzar un océano para pasar de un continente a otro, el viaje no pasó desapercibido en la vida del escritor.

Profesionalmente, aprovechó la ocasión para ejercitar sus dotes periodísticas y de cronista, que para entonces tenía bien dominadas. Ya antes, en 1860, había realizado un trabajo muy parecido, cuando el diario Sacramento Union pagó por los textos que Twain escribiera con motivo de su viaje a Hawái a bordo del buque de vapor Ajax. Como resultado del entusiasmo con el que los lectores recibieron los escritos de Twain, poco después otro periódico, el Alta California, lo contrató para una tarea similar, también en barco, pero esta vez en un trayecto de de San Francisco a Nueva York con una escala en Panamá.

Sin embargo, el viaje de 1867 fue un tanto más especial, pues permitió a Twain liberar sin restricciones el estilo irónico por el que era bien conocido. El viaje, a bordo del Quaker City, fue uno de los primeros en la historia en anticipar eso que hoy conocemos como recorrido o tour turístico. De hecho, podría considerarse un punto inaugural ya no de la literatura de viajes, de la que existe una amplia tradición mucho más antigua que Twain, sino de la literatura de turismo, indisociable de esta otra forma de viajar, tan común en el siglo XX, en la que se visitan decenas de lugares en un mismo itinerario, muchas veces distanciados entre sí y sin profundizar del todo en la importancia de cada uno.

“Excursión a Tierra Santa, Egipto, Crimea, Grecia y lugares de interés intermedio” fue la descripción con que se promocionaba ese viaje al que se unió Twain junto con algunos compatriotas suyos y durante el cual realizó algunas de sus observaciones más agudas (en especial sobre los hábitos de los países que visitó), pero también uno de sus apuntes más lúcidos sobre el beneficio primordial de viajar. Dice Twain:

No hay ningún error que pueda señalar en la manera en que se realizó nuestra excursión. Su programa se llevó a cabo fielmente, algo que me sorprendió, ya que las grandes empresas generalmente prometen mucho más de lo que realizan. Sería bueno que una excursión así pudiera incorporarse cada año y el sistema se inaugurara regularmente. Viajar es fatal para los prejuicios, el fanatismo y la estrechez de miras, y mucha de nuestra gente lo necesita sobre todo en estos días. Los puntos de vista amplios, benéficos y caritativos sobre los hombres y las cosas no se pueden adquirir vegetando en un pequeño rincón de la tierra durante toda la vida.

Como vemos especialmente en las últimas líneas de este párrafo, para Twain viajar, por encima de todo, nos hace ver algo obvio que a veces olvidamos: la cultura, la identidad, las fronteras que separan unos países de otros, son en todos los casos accidentes de la historia, producto de circunstancias específicas y en modo alguno rasgos “naturales”. Esto, en buena medida, es liberador, pues nos hace ver lo absurdo que es pensar que una cultura es mejor que otra, que un idioma es superior o que un país tiene preferencia sobre otros. Todo eso, aunque a veces se le rodee de importancia y solemnidad, es apenas una línea y acaso unas cuantas palabras en el libro inconmensurable del Tiempo.

Cuando lo entendemos así, dejamos de concentrarnos en eso accidental y buscamos entonces la esencia. No el lenguaje de una persona, sino a la persona en sí; no las barreras culturales, sino los puntos de encuentro que nos permiten convivir con los otros; no las fronteras, sino los detalles de este territorio común y compartido en el que nos encontramos.

La obra de Twain que reúne estas crónicas y donde puede encontrarse el pasaje citado se titula The Innocents Abroad. En español se ha traducido Guía para viajeros inocentes.

 

 

Imagen: George Grantham Bain Collection, Library of Congress Wikimedia Commons

En 1867, Mark Twain viajó a Medio Oriente y algunos otros países del Mediterráneo, tanto europeo como africano. Sea por las condiciones de viaje de la época o por ese esfuerzo simbólico pero también real que implica cruzar un océano para pasar de un continente a otro, el viaje no pasó desapercibido en la vida del escritor.

Profesionalmente, aprovechó la ocasión para ejercitar sus dotes periodísticas y de cronista, que para entonces tenía bien dominadas. Ya antes, en 1860, había realizado un trabajo muy parecido, cuando el diario Sacramento Union pagó por los textos que Twain escribiera con motivo de su viaje a Hawái a bordo del buque de vapor Ajax. Como resultado del entusiasmo con el que los lectores recibieron los escritos de Twain, poco después otro periódico, el Alta California, lo contrató para una tarea similar, también en barco, pero esta vez en un trayecto de de San Francisco a Nueva York con una escala en Panamá.

Sin embargo, el viaje de 1867 fue un tanto más especial, pues permitió a Twain liberar sin restricciones el estilo irónico por el que era bien conocido. El viaje, a bordo del Quaker City, fue uno de los primeros en la historia en anticipar eso que hoy conocemos como recorrido o tour turístico. De hecho, podría considerarse un punto inaugural ya no de la literatura de viajes, de la que existe una amplia tradición mucho más antigua que Twain, sino de la literatura de turismo, indisociable de esta otra forma de viajar, tan común en el siglo XX, en la que se visitan decenas de lugares en un mismo itinerario, muchas veces distanciados entre sí y sin profundizar del todo en la importancia de cada uno.

“Excursión a Tierra Santa, Egipto, Crimea, Grecia y lugares de interés intermedio” fue la descripción con que se promocionaba ese viaje al que se unió Twain junto con algunos compatriotas suyos y durante el cual realizó algunas de sus observaciones más agudas (en especial sobre los hábitos de los países que visitó), pero también uno de sus apuntes más lúcidos sobre el beneficio primordial de viajar. Dice Twain:

No hay ningún error que pueda señalar en la manera en que se realizó nuestra excursión. Su programa se llevó a cabo fielmente, algo que me sorprendió, ya que las grandes empresas generalmente prometen mucho más de lo que realizan. Sería bueno que una excursión así pudiera incorporarse cada año y el sistema se inaugurara regularmente. Viajar es fatal para los prejuicios, el fanatismo y la estrechez de miras, y mucha de nuestra gente lo necesita sobre todo en estos días. Los puntos de vista amplios, benéficos y caritativos sobre los hombres y las cosas no se pueden adquirir vegetando en un pequeño rincón de la tierra durante toda la vida.

Como vemos especialmente en las últimas líneas de este párrafo, para Twain viajar, por encima de todo, nos hace ver algo obvio que a veces olvidamos: la cultura, la identidad, las fronteras que separan unos países de otros, son en todos los casos accidentes de la historia, producto de circunstancias específicas y en modo alguno rasgos “naturales”. Esto, en buena medida, es liberador, pues nos hace ver lo absurdo que es pensar que una cultura es mejor que otra, que un idioma es superior o que un país tiene preferencia sobre otros. Todo eso, aunque a veces se le rodee de importancia y solemnidad, es apenas una línea y acaso unas cuantas palabras en el libro inconmensurable del Tiempo.

Cuando lo entendemos así, dejamos de concentrarnos en eso accidental y buscamos entonces la esencia. No el lenguaje de una persona, sino a la persona en sí; no las barreras culturales, sino los puntos de encuentro que nos permiten convivir con los otros; no las fronteras, sino los detalles de este territorio común y compartido en el que nos encontramos.

La obra de Twain que reúne estas crónicas y donde puede encontrarse el pasaje citado se titula The Innocents Abroad. En español se ha traducido Guía para viajeros inocentes.

 

 

Imagen: George Grantham Bain Collection, Library of Congress Wikimedia Commons