Una de las cualidades distintivas del jazz es la improvisación y, de hecho, es el rasgo que lo convirtió en un género revolucionario. Gracias al talento de grandes jazzistas, la posibilidad de improvisar se volvió un elemento de la música, tanto en la composición como en la ejecución, con lo cual se rompió con una sólida tradición canónica de formas y procedimiento establecidos.

Por esa característica y en un sentido más simbólico, el jazz se ha visto también como un ejercicio de libertad. En nuestra cultura no son muchos los espacios en donde se permite la expresión espontánea, subjetiva, y sin duda por ello la improvisación adquiere de pronto el valor de una metáfora: eso es lo que sucede cuando damos rienda suelta a lo que pensamos, sentimos y somos capaces de expresar.

Con profunda lucidez y sensibilidad, uno de los primeros en notar esto fue Jean-Paul Sartre, el filósofo existencialista que en su novela La náusea dejó un claro testimonio del potencial liberador del jazz.

Una canción recorre el relato, de principio a fin: “Some of These Days”. El protagonista, Antoine Roquentin, parece tenerla adherida a su corazón y se aferra a ella como si fuera una de las pocas cosas que lo mantienen a flote. En su primera aparición en la novela, este es el efecto de la canción en Roquentin:

El último acorde se ha aniquilado. En el breve silencio que sigue, siento fuertemente que ya está, que algo ha sucedido.

Silencio.

Some of these days
You’ll miss me honey.

Lo que acaba de suceder es que la Náusea ha desaparecido. Cuando la voz se elevó en el silencio, sentí que mi cuerpo se endurecía; y la Náusea se desvaneció. De golpe; era casi penoso ponerse así de duro, de rutilante. Al mismo tiempo la duración de la música se dilataba, se hinchaba como una bomba. Llenaba la sala con su transparencia metálica, aplastando contra las paredes nuestro tiempo miserable.

La música es para el personaje un vehículo de liberación en la medida en que le permite expresar de otra manera lo que hasta ese momento no había encontrado expresión por los medios habituales: su propia angustia, su indiferencia, su deseo de pertenecer.

 

 

En el contexto de la filosofía sartreana, esta actitud es ejemplo de cómo la angustia por la existencia puede tener “redención” por medio del arte. Puede llegar el momento para el ser humano en que se dé cuenta de que vivir implica libertad, pero también contingencia, que somos libres pero dentro de un marco definido de circunstancias, y eso, según Sartre, es motivo de angustia. Esa es nuestra realidad.

Y por ello creamos el arte como una suerte de espejo “irreal” que al reflejar nuestra angustia nos devuelve una imagen redentora, la famosa catarsis del pensamiento aristotélico que opera una transformación en nuestra forma de experimentar el mundo.

Este argumento es profundamente nietzscheano. Desde sus primeras obras, Nietzsche sostuvo que las artes conforman una vía de conocimiento, tanto de la realidad como de nosotros mismos, que sigue otros métodos, distintos a los de la razón platónica y apolínea, por los cuales se presenta la posibilidad de obtener una revelación no gradual ni lógica sino súbita, improvisada. Por ejemplo, de pronto, al escuchar una canción, al ver una película o admirar una pintura, nos podemos dar cuenta, sin más, de que podemos ser libres, cualquiera de nosotros, en medio de nuestras propias circunstancias.

 

*Imagen: Ed Uthman – Flickr / Creative Commons

Una de las cualidades distintivas del jazz es la improvisación y, de hecho, es el rasgo que lo convirtió en un género revolucionario. Gracias al talento de grandes jazzistas, la posibilidad de improvisar se volvió un elemento de la música, tanto en la composición como en la ejecución, con lo cual se rompió con una sólida tradición canónica de formas y procedimiento establecidos.

Por esa característica y en un sentido más simbólico, el jazz se ha visto también como un ejercicio de libertad. En nuestra cultura no son muchos los espacios en donde se permite la expresión espontánea, subjetiva, y sin duda por ello la improvisación adquiere de pronto el valor de una metáfora: eso es lo que sucede cuando damos rienda suelta a lo que pensamos, sentimos y somos capaces de expresar.

Con profunda lucidez y sensibilidad, uno de los primeros en notar esto fue Jean-Paul Sartre, el filósofo existencialista que en su novela La náusea dejó un claro testimonio del potencial liberador del jazz.

Una canción recorre el relato, de principio a fin: “Some of These Days”. El protagonista, Antoine Roquentin, parece tenerla adherida a su corazón y se aferra a ella como si fuera una de las pocas cosas que lo mantienen a flote. En su primera aparición en la novela, este es el efecto de la canción en Roquentin:

El último acorde se ha aniquilado. En el breve silencio que sigue, siento fuertemente que ya está, que algo ha sucedido.

Silencio.

Some of these days
You’ll miss me honey.

Lo que acaba de suceder es que la Náusea ha desaparecido. Cuando la voz se elevó en el silencio, sentí que mi cuerpo se endurecía; y la Náusea se desvaneció. De golpe; era casi penoso ponerse así de duro, de rutilante. Al mismo tiempo la duración de la música se dilataba, se hinchaba como una bomba. Llenaba la sala con su transparencia metálica, aplastando contra las paredes nuestro tiempo miserable.

La música es para el personaje un vehículo de liberación en la medida en que le permite expresar de otra manera lo que hasta ese momento no había encontrado expresión por los medios habituales: su propia angustia, su indiferencia, su deseo de pertenecer.

 

 

En el contexto de la filosofía sartreana, esta actitud es ejemplo de cómo la angustia por la existencia puede tener “redención” por medio del arte. Puede llegar el momento para el ser humano en que se dé cuenta de que vivir implica libertad, pero también contingencia, que somos libres pero dentro de un marco definido de circunstancias, y eso, según Sartre, es motivo de angustia. Esa es nuestra realidad.

Y por ello creamos el arte como una suerte de espejo “irreal” que al reflejar nuestra angustia nos devuelve una imagen redentora, la famosa catarsis del pensamiento aristotélico que opera una transformación en nuestra forma de experimentar el mundo.

Este argumento es profundamente nietzscheano. Desde sus primeras obras, Nietzsche sostuvo que las artes conforman una vía de conocimiento, tanto de la realidad como de nosotros mismos, que sigue otros métodos, distintos a los de la razón platónica y apolínea, por los cuales se presenta la posibilidad de obtener una revelación no gradual ni lógica sino súbita, improvisada. Por ejemplo, de pronto, al escuchar una canción, al ver una película o admirar una pintura, nos podemos dar cuenta, sin más, de que podemos ser libres, cualquiera de nosotros, en medio de nuestras propias circunstancias.

 

*Imagen: Ed Uthman – Flickr / Creative Commons

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