Desde tiempos remotos ha sido necesaria la mano experta y responsable de una persona que resguarde, estudie y divulgue la creación humana. Curare, el verbo latino del que proviene “curar”, hace referencia a salvaguardar algo, cuidarlo; en la Roma antigua había gran variedad de curatores encargados de adquirir la ropa y alimento del soberano, de salvaguardar el dinero de la ciudad y hasta de limpiar y vigilar el estado de las cloacas y acueductos.

El referente histórico más apegado a la práctica curatorial que actualmente se solicita en instituciones relacionadas con la cultura y las artes fue la labor que ejecutaron multitudes de conservadores de imágenes de Dios, principalmente desde la Edad Media y el Renacimiento. En la actualidad el término curador se ha afianzado en áreas especializadas como la ciencia y el Internet. En biología sistemática, por ejemplo, el curador se encarga de la colección de especímenes necesarios para el uso de laboratorio. Desde principios del siglo XXI está tomando cada vez más fuerza la profesión del curador de contenidos, encargado de clasificar, ordenar, conservar y divulgar el contenido digital de calidad en un área específica de interés que se encuentra en la Red.

La curaduría de arte es un importante puesto en los museos, galerías y colecciones. La labor del curador para la actual industria cultural es muy apreciada, aunque también criticada por parte de ciertos artistas, académicos y público en general. Las múltiples tareas que desarrolla este profesional del arte pululan entre la conservación, la museografía, la investigación, los negocios, la promoción y difusión del arte. Los curadores desempeñan un papel creativo y están en constante diálogo con todos los involucrados, desde casas de subastas hasta museos, coleccionistas, artistas y gobiernos.

Por la gran variedad de tareas que cumplen, las licencias que un curador se puede otorgar son muchas y van desde designar qué funciona como arte y qué no, hasta decidir quién expone los museos y galerías más conocidos. Para muchos, el trabajo del curador está sobrevaluado y para otros es de crucial importancia. Uno de los más celebrados curadores actualmente es el suizo Hans Ulrich Obrist, director de los proyectos internacionales de la Serpentine Gallery. Recientemente, en entrevista con The Guardian, Obrist señala cuatro ejes principales que desempeña un curador: conservar colecciones y obras, seleccionar nuevas obras, conectar con la historia del arte y organizar exposiciones. En el artículo se dice que “detrás de todo buen artista se encuentra un gran curador”, pero vale la pena reflexionar quién se encuentra detrás de todo buen curador.

Obrist se refiere al curador como un asesor, un motivador y amigo de los artistas que debe poner atención a sus proyectos realizados y a los que todavía no ejecutan; es un compañero creativo que sabe lo que mejor conviene a la carrera, obra y exhibiciones del artista. También es un aliado de diversas instituciones las cuales se benefician de sus conocimientos, contactos y proyectos. El público que asiste a las exposiciones disfruta también de la labor de los curadores, encargados de hermanar una historia en las paredes y pasillos de los museos. Ciertamente la labor del curador es una pieza relevante, pero si recordamos que el arte es algo profundo, grande y primigenio de la especie humana, entonces ni la historia, ni los artistas, ni las instituciones y curadores son el arte.

El arte es una necesidad, un misterio, una inquietud de nuestra especie que se alimenta de pasión, creatividad, deseo, pensamiento, juego y todo aquello que tiene que ver con lo humano. Ni más, ni menos.

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Desde tiempos remotos ha sido necesaria la mano experta y responsable de una persona que resguarde, estudie y divulgue la creación humana. Curare, el verbo latino del que proviene “curar”, hace referencia a salvaguardar algo, cuidarlo; en la Roma antigua había gran variedad de curatores encargados de adquirir la ropa y alimento del soberano, de salvaguardar el dinero de la ciudad y hasta de limpiar y vigilar el estado de las cloacas y acueductos.

El referente histórico más apegado a la práctica curatorial que actualmente se solicita en instituciones relacionadas con la cultura y las artes fue la labor que ejecutaron multitudes de conservadores de imágenes de Dios, principalmente desde la Edad Media y el Renacimiento. En la actualidad el término curador se ha afianzado en áreas especializadas como la ciencia y el Internet. En biología sistemática, por ejemplo, el curador se encarga de la colección de especímenes necesarios para el uso de laboratorio. Desde principios del siglo XXI está tomando cada vez más fuerza la profesión del curador de contenidos, encargado de clasificar, ordenar, conservar y divulgar el contenido digital de calidad en un área específica de interés que se encuentra en la Red.

La curaduría de arte es un importante puesto en los museos, galerías y colecciones. La labor del curador para la actual industria cultural es muy apreciada, aunque también criticada por parte de ciertos artistas, académicos y público en general. Las múltiples tareas que desarrolla este profesional del arte pululan entre la conservación, la museografía, la investigación, los negocios, la promoción y difusión del arte. Los curadores desempeñan un papel creativo y están en constante diálogo con todos los involucrados, desde casas de subastas hasta museos, coleccionistas, artistas y gobiernos.

Por la gran variedad de tareas que cumplen, las licencias que un curador se puede otorgar son muchas y van desde designar qué funciona como arte y qué no, hasta decidir quién expone los museos y galerías más conocidos. Para muchos, el trabajo del curador está sobrevaluado y para otros es de crucial importancia. Uno de los más celebrados curadores actualmente es el suizo Hans Ulrich Obrist, director de los proyectos internacionales de la Serpentine Gallery. Recientemente, en entrevista con The Guardian, Obrist señala cuatro ejes principales que desempeña un curador: conservar colecciones y obras, seleccionar nuevas obras, conectar con la historia del arte y organizar exposiciones. En el artículo se dice que “detrás de todo buen artista se encuentra un gran curador”, pero vale la pena reflexionar quién se encuentra detrás de todo buen curador.

Obrist se refiere al curador como un asesor, un motivador y amigo de los artistas que debe poner atención a sus proyectos realizados y a los que todavía no ejecutan; es un compañero creativo que sabe lo que mejor conviene a la carrera, obra y exhibiciones del artista. También es un aliado de diversas instituciones las cuales se benefician de sus conocimientos, contactos y proyectos. El público que asiste a las exposiciones disfruta también de la labor de los curadores, encargados de hermanar una historia en las paredes y pasillos de los museos. Ciertamente la labor del curador es una pieza relevante, pero si recordamos que el arte es algo profundo, grande y primigenio de la especie humana, entonces ni la historia, ni los artistas, ni las instituciones y curadores son el arte.

El arte es una necesidad, un misterio, una inquietud de nuestra especie que se alimenta de pasión, creatividad, deseo, pensamiento, juego y todo aquello que tiene que ver con lo humano. Ni más, ni menos.

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